Bokar Rimpoche

 

¿Por qué meditamos?

Bokar Rimpoché 

Edición: María Mercedes Márquez

Agosto, 2013

Los seres humanos vivimos afligidos por sufrimientos, angustias y numerosos miedos que somos incapaces de evitar. La meditación tiene como fin eliminar estas angustias y sufrimientos. Tendemos a pensar que la felicidad y el sufrimiento vienen de las circunstancias externas. De una forma u otra, estamos continuamente ocupados tratando de arreglar el mundo.  Tratamos de quitar un poco de sufrimiento por aquí, obtener un poco de felicidad por allá, sin conseguir nunca el resultado que esperábamos.

El punto de vista budista -que es también el de la meditación-  considera, por el contrario, que tanto la felicidad como el sufrimiento, no dependen fundamentalmente de las circunstancias externas sino de la propia mente.  Una actitud positiva da lugar a la felicidad, una actitud negativa produce sufrimiento.

¿Cómo comprender esta confusión que nos hace buscar fuera lo que no podemos encontrar más que en nuestro interior?  Cuando una persona que tiene la cara limpia y aseada se mira al espejo, ve una cara limpia y aseada.  Una persona que tenga la cara sucia y manchada de barro verá en el espejo una cara sucia y manchada.  El reflejo no tiene, en realidad, ninguna existencia; lo único que existe es la cara de la persona. 

Pero olvidándonos de la cara, tomamos su reflejo como real.  La naturaleza positiva o negativa de nuestra mente se refleja en las apariencias exteriores que nos devuelven nuestra propia imagen.  Las manifestaciones que se presentan en el exterior no son más que una respuesta a la calidad de nuestro mundo interior.

La felicidad que buscamos no vendrá porque recompongamos el mundo que nos rodea, sino de la reforma que hagamos dentro de nosotros mismos.  El sufrimiento que no deseamos no desaparecerá hasta que eliminemos de nuestra mente toda clase de negatividades. 

Hasta que no reconozcamos que la felicidad y el sufrimiento tienen su origen en nuestra propia mente, mientras no sepamos distinguir lo que es beneficioso o lo que es negativo para nuestra mente, continuaremos siendo incapaces de obtener un estado de auténtica felicidad e impotentes para evitar que el sufrimiento vuelva a aparecer. Independientemente de cuáles fuesen nuestras esperanzas, siempre experimentaremos decepción.

Si al descubrir en el espejo la suciedad de nuestro rostro nos ponemos a lavar el espejo, por mucho que frotemos con fuerza, jabón y abundante agua, no conseguiremos nada.  Ni la menor suciedad, ni la menor mancha, podrán desaparecer del reflejo.  Si no orientamos nuestros esfuerzos hacia el objeto correcto, estos resultarán completamente vanos.

De allí que el budismo con su metodología de la meditación considere de primordial importancia comprender que la felicidad y el sufrimiento no dependen en el fondo del mundo exterior sino de nuestra propia mente.  Si no comprendemos esto, nunca nos orientaremos hacia nuestro interior y seguiremos gastando nuestra energía y nuestras esperanzas en una inútil persecución externa. Pero cuando tengamos esta comprensión, podremos lavar nuestro rostro: el reflejo aparecerá por sí mismo, limpio en el espejo.

La meditación tiene que ver con la mente.  Para llevar a cabo la práctica se hacen necesarias una serie de condiciones auxiliares sin las cuales nuestro intento no podrá ser exitoso. En primer lugar -habiendo comprendido que felicidad y sufrimiento dependen esencialmente de nuestra mente- es necesario estar imbuido de una fuerte aspiración por meditar y al mismo tiempo experimentar la alegría ante esta perspectiva.

En segundo lugar, es indispensable ser guiado por un instructor(a) que nos enseñe a meditar.  Si nos proponemos ir a un lugar en un país desconocido para nosotros sin la ayuda de alguien que lo conozca bien, nos será imposible llegar a nuestro destino.  Abandonados a la aventura, no podríamos más que perdernos y dar vueltas. De la misma manera, sin un maestro que nos guíe en nuestra meditación, no podremos más que perdernos por caminos adyacentes.

Por último, el lugar que utilizamos para practicar meditación reviste cierta importancia, sobre todo para los principiantes.  Las circunstancias en las que vivimos ejercen actualmente sobre nosotros una influencia muy fuerte y conllevan un abundante flujo de pensamientos que paralizan nuestros intentos por meditar.  Por tanto, es necesario retirarse a un lugar al menos un poco alejado de las actividades mundanas. 

Así como un animal salvaje que vive en los bosques de la montaña no puede soportar la agitación de la ciudad, nuestra mente de meditación tampoco puede desarrollarse en medio de condiciones en las que gobiernan las distracciones y las demandas externas son continuas.

Habiéndonos instalado en un lugar aislado, tenemos que dejar nuestro cuerpo libre de toda actividad, nuestra mente libre de cualquier pensamiento del pasado o del futuro, y nuestra palabra libre de cualquier conversación banal.  Nuestro cuerpo, palabra y mente deben permanecer en reposo, en su estado natural.

La postura corporal es importante. Nuestro cuerpo es recorrido por una red de canales sutiles (nadis) por los que circulan aires sutiles (prajna). La producción de pensamientos está relacionada con la circulación de estos aires.  La agitación del cuerpo da lugar a la agitación de los canales y los aires, los que a su vez ocasionan las turbulencias mentales.  La actividad oral, la formación de sonidos, depende también de la actividad de los aires. Hablar demasiado perturba y aumenta la producción de pensamientos.  Guardar silencio favorece la meditación.

Mantener el cuerpo y la palabra en calma predispone a la paz interior y evita que se genere un flujo de pensamientos demasiado abundante.  Igual que un jinete que bien sujeto en su montura está cómodamente sentado, cuando el cuerpo y la palabra se controlan, la mente está predispuesta a la calma.

Hay muchas ideas falsas acerca de lo que es la meditación.  Para algunos, meditar es pasar revista y analizar los acontecimientos de su vida cotidiana ocurridos a lo largo de los días, los meses y los años pasados. Para otros, meditar es imaginar el futuro, reflexionar sobre la conducta a tener, hacer proyectos a más o menos largo plazo.  Estas dos ideas son, evidentemente erróneas.

La producción de pensamientos relativos al pasado o al futuro está, por sí misma, en contradicción con lo que es establecer la mente en calma, incluso, aún cuando el cuerpo y la palabra permanezcan inactivos.  En la medida en que el ejercicio no conduzca a la paz interior, no es meditación.

También hay otras personas que al practicar meditación no van tras el pasado ni el futuro, pero se instalan en un estado vacío y desvaído cercano a una especie de embotamiento que da lugar a un gran cansancio.  La mente permanece en una indeterminación oscura, estado que puede parecer positivo en la medida en que produce al principio una sensación de agradable tranquilidad, pero estando realmente falto de lucidez pronto se convierte en somnolencia si es que no desemboca en un fuerte flujo de pensamientos incontrolados.

La verdadera meditación evita estos dos peligros.  Cuando la mente no se ocupa del pasado y tampoco especula sobre el futuro, puede establecerse en un presente lúcido, claro y tranquilo.  Esto lo aprendemos practicando la meditación. La noche sólo permite una percepción muy oscura del mar, mientras que el día deja ver con precisión todos los detalles: los colores, las olas, la espuma, las rocas, el fondo submarino... 

Nuestra mente es como el mar. 

La persona que practica meditación debe estar plenamente consciente de su situación interior y percibirla tan claramente como el mar en pleno día.  Deje entonces su mente relajada y las olas se apaciguan de forma natural.  Esta es la calma interior denominada técnicamente pacificación mental (shámata en sánscrito; shiné en tibetano).

Hay numerosos métodos que se pueden utilizar para desarrollar shiné. Un principiante puede, por ejemplo, visualizar una pequeña esfera de luz blanca a la altura de la frente y centrar su mente en ella lo mejor que pueda. También nos podemos centrar en la respiración, o incluso, sin tomar un objeto concreto, mantener la mente centrada en la no-distracción.

Se pueden utilizar estos tres métodos y así, ir aprendiendo progresivamente cómo practicar meditación. Además, es importante abordar la sesión de meditación con la mente muy espaciosa, muy abierta, sin estar pendientes de que la meditación sea buena, ni temer que no lo sea.  La mente debe estar relajada, abierta y espaciosa.  Esperar tener una buena meditación o temer una mala, son por sí mismos dos obstáculos de los que nos tenemos que desembarazar.

A veces, la meditación nos proporciona experiencias de paz y felicidad.  Satisfechos de nosotros mismos, nos alegramos de haber hecho una buena meditación.  Otras veces, por el contrario, nuestra mente está muy perturbada por numerosos pensamientos a lo largo de toda la sesión y entonces nos juzgamos como malos meditadores. 

Tanto aferrarse a experiencias agradables, regocijándonos de una buena meditación, como entristecernos por una mala sesión, son dos actitudes equivocadas.  Encuentre usted la meditación buena o mala, lo importante es, simplemente poder practicar.  

Algunas personas, desde que empiezan, obtienen rápidamente buenas experiencias, pero se aferran a ellas esperando que se repitan constantemente y como esto no ocurre, se decepcionan y abandonan la meditación.

Por ejemplo, en el curso de un largo viaje tenemos que recorrer tanto buenos caminos como malos.  Si las maravillas de un tramo agradable nos llevaran a pararnos para poder disfrutar, o si las dificultades de un mal camino nos hicieran renunciar a seguir adelante, nunca  alcanzaremos nuestro destino. 

Bien sea que consideremos el camino como bueno o malo, hay que continuar.  De la misma manera, en el camino de la meditación hay que perseverar sin preocuparse por las dificultades ni aferrarse a los momentos felices.

Para los principiantes es preferible limitarse a sesiones cortas de quince minutos o veinte minutos. Incluso si la meditación está siendo buena, hay que parar.  Después, si se dispone del tiempo necesario, se puede hacer una segunda sesión corta después de una pausa.  Es mejor hacer una sucesión de sesiones cortas, que embarcarse en una larga sesión que, aunque sea buena al principio, corre el peligro de caer en dificultades y cansar al meditador.

Al principio, nuestra mente casi no podrá permanecer estable y en calma mucho tiempo, pero la perseverancia y la regularidad conducen al desarrollo progresivo de la calma y la estabilidad.  También nos vamos sintiendo más cómodos tanto física como interiormente. 

Por otra parte, la influencia tan fuerte que ejercen las circunstancias externas en nosotros -ya sea que las encontremos buenas o malas- va disminuyendo y nos vamos liberando de esta esclavitud. La profundización en nuestra experiencia de la verdadera naturaleza de la mente tiene como efecto que el mundo exterior pierda su influencia en nosotros y resulte incapaz de hacernos daño.

El fruto último de la meditación es la obtención de la perfecta iluminación, el estado de Buda. Nos hemos liberado completamente del ciclo de las existencias condicionadas y los sufrimientos que conlleva, y además posee el poder de ayudar a los demás de forma efectiva.

El camino de la meditación tiene dos fases:  la primera, llamada shiné o shámata (pacificación mental), que apacigua gradualmente nuestra agitación interior y la segunda llamada lagtong o vipáshyana (visión superior), que conduce a erradicar el aferramiento egocéntrico, fundamento del ciclo de las existencias.  El camino interior, por sí mismo, conduce a la iluminación.  Ninguna sustancia, ni ningún invento exterior, tienen el poder de hacerlo.

Emprender el camino de la meditación implica:

-que se conoce su finalidad;

-que se conocen los medios utilizados  y sus resultados;

-que sabemos que la causa de todo sufrimiento y de toda felicidad es la propia mente;

-que sabemos que sólo trabajando con la mente podremos eliminar el sufrimiento y establecer la felicidad de manera auténtica y definitiva;

-que conocemos las condiciones auxiliares necesarias:

-el deseo de meditar;

-un instructor(a) cualificado(a):

-un lugar apropiado;

-saber cómo dejar reposar la mente en meditación, sin seguir los pensamientos acerca del pasado o del futuro;

-establecer la mente en el presente, abierta, relajada, lúcida y fijarla en el objeto de meditación elegido

-y saber cuáles son los frutos temporales y últimos de la meditación:

-la serenidad;

-la no dependencia de las circunstancias

-el estado de Buda.