Reinos de existencia
Chögyam Trungpa Rimpoché
Traducción, edición y Comentarios: María Mercedes Márquez
Palabras introductorias
“En nuestra vida diaria, el sufrimiento invisible es el más difícil de percibir pues se origina en el propio seno de la ceguera de nuestra mente y permanece allí mientras continuamos bajo el dominio de la ignorancia y del egocentrismo. La confusión, unida a la falta de discernimiento y de sensatez, nos ciega sobre lo que es oportuno hacer y evitar a fin de que nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos engendren felicidad y no malestar. Esta confusión y las tendencias asociadas a ella nos incitan a perpetuar los comportamientos que originan nuestros tormentos. Para acabar con un engaño tan perjudicial, es preciso despertar del sueño de la ignorancia y abrir los ojos a los aspectos más sutiles del proceso de la felicidad y del sufrimiento.”
Matthieu Ricard
“En defensa de la felicidad”
Para cortar a través de la ambición del ego debemos comenzar por entender cómo es que llegamos a establecer las nociones de “yo” y “mi territorio”. Debemos entender la forma en la que utilizamos nuestras proyecciones como credenciales para probar nuestra existencia. El punto de partida del esfuerzo para confirmar nuestra solidez es la incertidumbre sobre si existimos o no.
Movidos por ella, buscamos probar nuestra existencia encontrando puntos de referencia fuera de nosotros, es decir, algo con lo que podamos tener una relación, algo sólido de lo cual nos podamos sentir separados. Pero si miramos hacia atrás, toda esta empresa es algo dudosa.
El sentimiento de solidez de “yo” y “el otro” es un chiste pues esta fijación dualista surge de la nada. Para comenzar, todo lo que hay en la mente es espacio abierto sin ninguna relación, es decir: “cero”.
Pero, para confirmar ese “cero” pensamos que debemos crear a alguien. Entonces creamos “uno” para probar que “cero” existe. Sin embargo, esto todavía parece no ser suficiente. Podríamos habernos quedado atascados con “uno” y “cero” solamente, entonces comenzamos a desarrollarnos, a aventurarnos cada vez más hacia fuera y así creamos “dos” para confirmar la existencia de “uno” y volvemos a salir de nuevo para confirmar a “dos” con “tres”, a “tres” con “cuatro” y así sucesivamente.
Elaboramos o construimos un trasfondo, una base desde donde podamos seguir más y más hacia el infinito. Esto es lo que se llama Samsara, el círculo vicioso de continuas auto-confirmaciones de existencia. Una confirmación necesita otra, y ésta, de otra, y esta otra de otra.
El esfuerzo para confirmar nuestra solidez es muy doloroso. Constantemente nos resbalamos fuera del borde de un piso que parecía extenderse indefinidamente y entonces tratamos de salvarnos de la muerte construyendo inmediatamente una extensión de tal manera que vuelva a parecer interminable. Creemos que estamos seguros en nuestro aparente piso sólido, pero, de pronto, nos resbalamos.
Chogyam Trungpa Rimpoché
“Estilos de aprisionamiento”
Los seis reinos de existencia samsárica
Los seis reinos, o, los diferentes estilos de ocupación samsárica, son llamados “reinos” en el sentido de que cada persona vive dentro de una versión particular de realidad. Estamos tan habituados a la confusión, que nos fascina mantener entornos, deseos y anhelos que nos resulten familiares con tal de no ceder a un estado mental caracterizado por la apertura y el espacio. Nos aferramos a nuestros patrones habituales porque la confusión nos ofrece una estructura tremendamente familiar en la que podemos mantenernos, así como una forma de ocupación.
C. A medida que vamos creciendo, lo que vamos conociendo por imitación es este patrón que nos lleva a crear una versión personalizada de la realidad, y no conociendo otra cosa y mucho menos la apertura y el espacio, ni siquiera pensamos en eso como algo que existe. Nuestra única realidad es la que nosotros mismos nos hemos inventado. El problema adicional está en que también llegamos a creer que esta versión personalizada constituye lo que llamamos realidad, cuando solamente se trata de la nuestra en particular.
Por eso es que, cuando decidimos aprender meditación, trayendo con nosotros estos patrones, como dice Trungpa Rimpoché, tememos prescindir de la seguridad y el entretenimiento, tememos aventurarnos en el espacio abierto, en el estado mental meditativo, porque la perspectiva de un estado despierto nos resulta muy molesta, no estamos seguros sobre cómo relacionarnos con ella y por eso preferimos regresar corriendo a nuestra prisión en vez de liberarnos, es decir, a nuestros patrones habituales, conocidos, familiares como es el simple hecho de volver a pensar en algo cuando debemos estar enfocados en la respiración.
La confusión y el sufrimiento se vuelven una ocupación con frecuencia bastante segura y agradable.
C. Estamos tan familiarizados con nuestros patrones negativos, que los preferimos a cualquier otra opción y los alimentamos repitiendo los mismos hábitos de comportamiento, ya sean pensamientos, la utilización de formas de expresarnos y determinadas acciones, una y otra vez.
Los seis reinos son: el reino de los dioses, el reino de los dioses celosos, el reino humano, el reino animal, el reino de los espíritus hambrientos y el reino infernal. Los reinos consisten, predominantemente, en actitudes emocionales hacia nosotros mismos y hacia lo que nos rodea, actitudes emocionales coloreadas y reforzadas por racionalizaciones conceptuales.
Como seres humanos podemos, durante el transcurso de un día, experimentar las emociones de todos los reinos, desde el orgullo del reino de los dioses hasta el odio y la paranoia del reino infernal. Sin embargo, la psicología de cada persona está comúnmente asentada en forma firme en un reino particular.
El Reino de los dioses
Este reino nos provee de un cierto estilo de confusión, de una forma de entretenernos, algo en que ocuparnos y así no tener que enfrentarnos a nuestra inseguridad fundamental, el temor máximo de que podríamos no existir.
C. Como nosotros pensamos que existimos.
La ocupación fundamental en el reino de los dioses es la fijación mental.
C. Creer que las cosas son de determinada manera, es una fijación, es decir, la absorción meditativa basada en el ego, el enfoque materialista de la espiritualidad. Estamos enfocando la espiritualidad y todo lo que es inmaterial, etéreo, vacío de atributos capaces de ser expresados en palabras, como si se tratase de algo material. Es entonces cuando decimos, porque creemos, que las cosas son así, porque le estamos atribuyendo una esencia material a todo lo que experimentamos.
Cuando practicamos meditación de esa manera, el que medita se mantiene a sí mismo en relación con algo. El tema específico de la meditación no importa qué tan profundo sea aparentemente, es experimentado más como algo sólido que como algo transparente. Esta práctica de meditación comienza con una gran cantidad de preparativos o autodesarrollo. En sí, la finalidad de tal práctica no es tanto la de crear solidez, un lugar dónde estar o residir mentalmente, como la de crear la autoconciencia del que lo hace. Hay entonces, una gran “autoconciencia” que, por lo tanto, reafirma la existencia del que medita. Obtenemos de tal práctica resultados muy dramáticos si tenemos éxito con ella.
C. Trungpa Rimpoché nos está mostrando formas equivocadas de ver el propósito de la meditación. No se trata de ir a un lugar donde residir mentalmente; tampoco de crear la autoconciencia de quien lo hace, y mucho menos de reafirmar la existencia personal.
Podemos experimentar visiones o sonidos muy inspiradores, estados mentales aparentemente profundos, bienaventuranza física y mental, todo tipo de “estados alterados de conciencia” pueden ser experimentados o fabricados a través de los esfuerzos de la mente autoconsciente.
Sin embargo, estas experiencias son imitaciones, flores de plástico, son hechas por el hombre, fabricadas, prefabricadas. Podríamos igualmente ocuparnos de una técnica como la repetición de un mantra o la visualización, pero aquí no estaremos completamente absortos en la visualización o el mantra sino que, por el contrario, “nosotros” estaremos visualizando, “nosotros” estaremos repitiendo el mantra. Tal práctica, basada en el “yo”, en que “yo estoy haciendo esto” es, una vez más, desarrollo de autoconciencia, es decir, desarrollo de la conciencia de uno mismo.
C. Ninguna de esta clase de experiencias constituye el resultado que buscamos a través de la práctica de la meditación dentro del contexto budista.
El reino de los dioses se logra a través de una enorme lucha porque es fabricado a partir de la esperanza y el temor. El temor al fracaso y la esperanza de lograr algo crecen y crecen hasta un tope. En un momento pensamos que vamos a lograrlo y enseguida pensamos que vamos a fracasar. El alternar entre estos extremos produce una enorme tensión. El éxito y el fracaso significan mucho para nosotros y pensamos: “Este es mi fin” o “esta es mi mayor felicidad”.
Finalmente nos emocionamos tanto que comenzamos a perder los puntos de referencia de nuestra esperanza y nuestro temor. Perdemos el rastro de dónde estamos y de lo que estamos haciendo, y luego se da un repentino destello en el cual el placer y el dolor se unen y el estado meditativo de completa identificación con el ego despunta sobre nosotros y pensamos: ¡Que enorme satisfacción! ¡Qué logro tan extraordinario!
C. Fíjense que no difiere en nada de nuestras experiencias mundanas. Todo ese clima de esperanza y temor que llevamos consigo cada vez que tratamos de lograr algo.
La experiencia meditativa continúa variando y comienza el placer de saturar nuestro sistema psicológica y físicamente. Ya no tenemos que ocuparnos más de la esperanza y el temor y es muy posible que creamos que este es un logro permanente de iluminación o de unión con dios. En este momento, todo lo que vemos parece ser hermoso, amoroso, aún las situaciones más grotescas de la vida parecen celestiales.
Todo aquello que es desagradable o agresivo parece hermoso porque logramos la unidad con el ego, es decir, el ego le pierde la pista a su inteligencia. Es lo máximo, el logro absoluto de la confusión, las profundidades de la ignorancia; es extremadamente poderoso, una especie de bomba atómica espiritual, autodestructiva en cuanto a la compasión, en cuanto a la comunicación, en cuanto a zafarse del encadenamiento del ego.
Todo el enfoque en el reino de los dioses es algo así como enrollarse más, más y más. A medida que desarrollamos más nuestra práctica creamos más cadenas. Las escrituras mencionan la analogía del gusano de seda que se ata a sí mismo en su propio hilo de seda hasta sofocarse.
Hasta ahora, hemos discutido sólo uno de los dos aspectos del reino de los dioses: la perversión autodestructiva de la espiritualidad en materialismo. Sin embargo, la versión materialista del reino de los dioses puede también aplicarse a los llamados quehaceres mundanos, a la búsqueda de placeres extremos tanto físicos como mentales, al tratar de establecerse y permanecer en metas seductoras de todo tipo, salud, dinero, belleza, fama, virtud o lo que sea.
El enfoque siempre está orientado hacia el placer en el sentido del mantenimiento del ego. Lo que caracteriza al reino de los dioses es la pérdida de la esperanza y del temor, y esto puede ser logrado en términos de intereses sensuales o espirituales. En ambos casos, con el fin de lograr una felicidad tan extraordinaria, tenemos que perder la pista de quién está buscando y cuál es la meta.
Si nuestra ambición se expresa a sí misma en términos de propósitos mundanos, al principio buscamos la felicidad, pero luego comenzamos a disfrutar de la lucha por la consecución de la felicidad y comenzamos a relajarnos dentro de nuestra propia lucha. A mitad de camino para alcanzar el placer y la comodidad absolutos, comenzamos a rendirnos y a acomodarnos a nuestra situación.
La lucha se convierte en una aventura y luego en unas vacaciones o en unos días de fiesta. Aún estamos involucrados en nuestra jornada aventurera hacia la meta final, pero, al mismo tiempo, consideramos cada etapa en el camino como unas vacaciones o un día libre.
Así pues, el reino de los dioses no es particularmente doloroso.
El dolor proviene de la eventual desilusión. Pensamos que hemos logrado un estado continuo de bienaventuranza espiritual o mundana y vivimos en eso. Sin embargo, repentinamente, algo nos sacude y nos hace caer en cuenta de que lo que hemos alcanzado no va a durar para siempre.
La bienaventuranza se vuelve insegura e irregular y el pensamiento de tener que mantenerla comienza a reaparecer en la mente a medida que tratamos de regresar a un estado beatífico. La situación kármica nos trae todo tipo de irritaciones y en algún momento comenzamos a perder la fe en la continuidad de tal estado. Una violencia repentina surge, el sentimiento de que hemos sido engañados, de que no podemos permanecer en el reino de los dioses para siempre.
Cuando la situación kármica nos sacude y nos proporciona situaciones extraordinarias con las cuales nos debemos relacionar, todo el proceso se vuelve profundamente decepcionante. Nos culpamos a nosotros mismos o a la persona que nos colocó en el reino de los dioses o a aquello que nos sacó del mismo.
Desarrollamos ira y decepción porque pensamos que hemos sido engañados y nos cambiamos a un nuevo estilo de relacionarnos con el mundo, a otro “reino de existencia”. Esto es lo que se llama “samsara” que, literalmente significa “círculo continuo” o “remolino”. El océano de la confusión que gira una y otra vez, indefinidamente.
El reino de los dioses celosos o asuras.
La característica predominante en el siguiente reino, el de los dioses celosos o asuras, es la paranoia. Si estamos tratando de ayudar a alguien que tiene una mentalidad “asura”, esta persona interpretará nuestra acción como un intento de oprimirlo o infiltrar su territorio. Pero si decidimos no ayudarlo, entonces interpretará esto como un acto egoísta: estamos buscando nuestra propia comodidad. Si le presentamos las dos alternativas, entonces pensará que estamos jugando con ella.
La mentalidad asura es bastante inteligente; ve en todos los rincones ocultos. Pensamos que nos estamos comunicando con un asura cara a cara, pero, en realidad, él nos está mirando por la espalda. Esta intensa paranoia se combina con una extrema eficiencia y precisión, inspirada por una forma defensiva de orgullo. La mentalidad asura está asociada con el viento corriendo de un lado a otro, tratando de conseguirlo todo al instante y evitando toda posibilidad de ser atacada constantemente está tratando de lograr algo más alto, y más grande, y, con el fin de lograrlo, tiene que estar atenta a toda posibilidad de cometer un error.
No hay tiempo para prepararse, para estar lista y poner su acción en práctica. Simplemente actúa sin preparación y así se empieza a desarrollar una falsa espontaneidad, un sentimiento de libertad de acción.
La mentalidad asura se preocupa mucho por las comparaciones. En la lucha constante por mantener la seguridad y lograr cosas más grandes, necesitamos puntos de referencia, marcas que nos indiquen nuestros movimientos, que nos sirvan para situar a nuestro oponente, para medir nuestro propio progreso. Vemos las situaciones de la vida como juegos en el sentido de que hay un oponente y nosotros; estamos constantemente interactuando entre ellos y nosotros, nosotros y nuestros amigos, nosotros y nosotros mismos.
Todos los rincones son considerados sospechosos o amenazantes y, por lo tanto, debemos mirar dentro de ellos y tenerles cuidado, aunque no seamos cuidadosos en el sentido de escondernos o disfrazarnos. Somos muy directos y estamos dispuestos a salir y enfrentarnos cara a cara si hay un problema o un complot en contra nuestra. Al tiempo que salimos al descubierto y nos enfrentamos a la situación, desconfiamos de los mensajes que recibimos de ella y por esto los ignoramos. Rehusamos aceptar cualquier cosa o aprender cualquier cosa que nos sea presentada por alguien o algo fuera de nosotros. Consideramos todo como “enemigo.”
El Reino Humano
La pasión es la mayor ocupación en el reino humano. La pasión, en este sentido, es una forma inteligente de comprensión en la cual el razonamiento lógico de la mente siempre está orientado hacia la creación de felicidad. Hay un sentimiento de separación muy agudo entre los objetos placenteros y el que los experimenta, lo que resulta en un sentimiento de pobreza frecuentemente acompañado por nostalgia.
Sentimos que sólo los objetos placenteros pueden proporcionarnos comodidad y felicidad, y al mismo tiempo, nos sentimos inadecuados, no lo suficientemente fuertes o con el suficiente magnetismo como para atraerlos hacia nuestro territorio. Sin embargo, tratamos activamente de hacerlo, lo que con frecuencia nos lleva a adoptar una actitud crítica hacia los demás. Deseamos magnetizar las mejores cualidades, las más placenteras, las más sofisticadas, las situaciones más civilizadas.
Este tipo de magnetismo es diferente al del reino de los asuras, el cual no es tan selectivo e inteligente. El reino humano implica un alto grado de selectividad y exigencia. Tenemos un sentimiento muy preciso de poseer nuestras propias ideas, nuestro propio estilo, de rechazar cosas que no vayan de acuerdo con nosotros. Debemos tener el correcto equilibrio en todo, criticamos y condenamos a aquellos que no van de acuerdo con nuestros patrones o quizás quedamos impresionados por alguien que sea la personificación de nuestro estilo o sea superior a nosotros en sus realizaciones, alguien que sea muy inteligente y tenga un gusto muy refinado; alguien que lleve un tipo de vida muy placentero y que tenga las cosas que quisiéramos tener.
Puede ser una figura histórica o una figura mitológica, o quizás un contemporáneo que nos haya impresionado mucho. Es una persona muy completa y nos gustaría tener sus cualidades. No es, simplemente, cuestión de estar celosos de la otra persona; quisiéramos atraer a esa persona hacia nuestro territorio. Son unos celos de tipo ambicioso en el sentido de que desearíamos ser iguales a la otra persona.
La esencia del reino humano es la lucha por lograr un alto ideal. Con frecuencia aquellos que se encuentran en este Reino tienen visiones de Cristo, de Buda, de Krishna, de Mahoma u otras figuras históricas que tienen para ellos un enorme significado debido a lo que alcanzaron. Estos grandes personajes han magnetizado todo lo que pudiéramos concebir: fama, poder, sabiduría.
Si ellos se hubieran querido enriquecer, lo habrían logrado debido a su enorme influencia sobre las demás personas. Nos gustaría ser como ellos, no necesariamente mejores, pero sí por lo menos iguales. Frecuentemente, la gente tiene visiones en las cuales se identifican con grandes políticos, hombres de estado, poetas, pintores, músicos, científicos u otros. Hay una actitud heroica, un tratar de crear monumentos, el más grande, el más fascinante monumento histórico.
Este enfoque heroico está basado en la fascinación con aquello que nos falta. Cuando oímos algo acerca de alguien que posee cualidades notables, lo consideramos una persona muy significativa en comparación con nosotros que somos insignificantes. Este proceso continuo de comparar y seleccionar genera una procesión infinita de deseos.
La mentalidad humana hace mucho énfasis en el conocimiento, en el aprendizaje y en la educación; en coleccionar todo tipo de información y sabiduría. El intelecto es tremendamente activo en el Reino Humano. Hay un sin fin de cosas danzando en la cabeza como consecuencia de haber coleccionado tantas ideas y de haber planificado tantos proyectos. La cúspide, del reino humano es encontrarnos atorados en medio de una tremenda congestión de pensamientos discursivos. Estamos tan ocupados pensando, que no podemos aprender nada en absoluto. El constante tráfico de ideas, planes, alucinaciones y sueños genera una mentalidad muy diferente a la del reino de los dioses donde estamos constantemente inmersos en un estado beatífico, de bienaventuranza, en un cierto tipo de auto-permanencia, en un sentimiento de satisfacción.
En el reino de los dioses celosos estamos completamente llenos de competitividad, hay una menor posibilidad de que se dé el pensamiento porque nuestras experiencias son tan fuertes que nos sobrecogen, nos hipnotizan.
En el caso del reino humano se da un mayor número de pensamientos; la mente lógica o intelectual se vuelve mucho más poderosa, tanto que estamos totalmente cautivados por las posibilidades de magnetizar nuevas situaciones y tratamos de aprender nuevas ideas, nuevas estrategias, casos históricos relevantes, citas de libros, incidentes significativos que han ocurrido en nuestras vidas y así hasta que la mente se llena totalmente de pensamientos; las cosas que han sido grabadas en el subconsciente se repiten constantemente, mucho más que en otros reinos.
Se trata de un reino muy intelectual, muy ocupado, y muy perturbador. La mentalidad humana tiene menos orgullo que la mentalidad de los otros reinos. En ellos, encontramos ocupación en aferrarnos a algo y en obtener satisfacción de algo, mientras que en el reino humano no se da tal satisfacción. Hay una búsqueda constante de nuevas situaciones o intentos de mejorar las situaciones o condiciones existentes; es el estado mental menos agradable, porque el sufrimiento no es visto como una ocupación ni como una posibilidad de superación, sino que es un constante recordatorio que crea nuevas ambiciones que, a su vez, conducen de nuevo a mayores sufrimientos.
El Reino Animal
Las descripciones de los distintos reinos están relacionadas con las diferencias sutiles en la forma en que los individuos se comportan en su vida diaria: cómo caminan, hablan, escriben, leen, comen, duermen y demás. Cada persona tiende a desarrollar un estilo que le es peculiar. Si escuchamos una grabación de nuestra voz o vemos una película de nosotros mismos, con frecuencia nos impresionamos al ver nuestro estilo como lo ve otra persona. Se siente tremendamente ajeno. Generalmente encontramos irritantes o embarazosos los puntos de vista de los demás.
Volvernos ciegos o cegarnos a nuestro propio estilo o a cómo nos ven los demás es algo muy propio del reino animal. No me refiero a renacer literalmente como un animal sino a la cualidad animal de la mente, una mentalidad que en forma testaruda empuja hacia delante, hacia metas predeterminadas.
La mentalidad animal es muy seria. Aún, el sentido del humor se convierte en una ocupación seria.
La persona, conscientemente, trata de crear un ambiente amistoso, trata de ser divertida, íntima y astuta. Sin embargo, los animales realmente no sonríen, no ríen; simplemente se comportan. Puede que jueguen, pero es algo muy raro que los animales realmente rían. Podrán hacer ruidos amistosos pero la sutileza del sentido del humor está ausente.
La mentalidad animal mira directamente al frente, como si llevara un par de tapaderas a ambos lados de los ojos. Nunca mira hacia la derecha o hacia la izquierda, sino que sigue sinceramente derecho, tratando de alcanzar la próxima situación disponible, tratando continuamente de ajustar las situaciones y hacer que éstas marchen según sus expectativas.
El reino animal está asociado con la estupidez y con preferir jugar al tonto y al sordo y seguir las reglas disponibles de los juegos en lugar de redefinirlas. Por supuesto, podremos tratar de manipular nuestra percepción respecto a cualquier juego dado, pero, en realidad, solamente estamos siguiendo nuestro instinto.
Tenemos algún deseo secreto o escondido que quisiéramos hacer efectivo, así que cuando nos enfrentamos a obstáculos, a irritaciones, simplemente empujamos hacia delante sin importarnos si podemos destruir algo de valor o herir a alguien. Simplemente salimos y perseguimos lo que está disponible y si algo nuevo se presenta también lo perseguimos y nos aprovechamos.
La ignorancia o estupidez del reino animal proviene de una mentalidad mortalmente honesta y seria. En la ignorancia animal poseemos un cierto estilo de relacionarnos con nosotros mismos y nos rehusamos a verlo desde otros puntos de vista. Ignoramos completamente todas las posibilidades. Si alguien nos ataca o reta nuestra torpeza, nuestra falta de habilidad para conducir una situación, encontramos la manera de justificarnos a nosotros mismos, encontramos una racionalización que nos permita mantener el respeto por nosotros mismos. No estamos interesados en ser veraces siempre y cuando nuestro engaño a los demás, se pueda mantener.
Nos sentimos orgullosos de ser lo suficientemente astutos como para poder engañar exitosamente. Si somos atacados, retados o criticados, salimos automáticamente a encontrar una respuesta. Esta estupidez es muy astuta. Es ignorancia o estupidez en el sentido de que no ve lo que le rodea, sólo ve su meta, su objetivo y las diversas formas de lograrlo. Inventamos todo tipo de excusas para probar que lo que estamos haciendo es lo correcto.
La mentalidad animal es supremamente terca y esta terquedad puede ser muy sofisticada, hábil e ingeniosa, aunque carece de sentido del humor. Lo último en sentido del humor es una forma libre de relacionarnos con las situaciones de la vida en su completo absurdo.
Es ver las cosas claramente, incluyendo el autoengaño, sin tapaderas, sin barreras y sin excusas. Es ser abiertos y ver con visión panorámica en vez de tratar de relajar las tensiones. Siempre y cuando el humor sea utilizado para aliviar las tensiones, la consciencia de nosotros mismos o las presiones, entonces se trata del humor del Reino Animal el cual es, realmente, muy serio. Es una forma de buscar apoyo.
La esencia del estilo animal es tratar de satisfacer los deseos con gran honestidad, sinceridad y seriedad. Tradicionalmente, esta forma directa y mezquina de relacionarse con el mundo se simboliza con el cerdo. El cerdo no mira ni a la derecha ni a la izquierda, sino que va siempre hacia delante comiéndose todo lo que encuentra delante de su nariz; sigue y sigue sin ningún sentido de discriminación. Un cerdo muy sincero.
Así sea que estemos tratando con simples tareas domésticas o con proyectos intelectuales muy sofisticados, podemos tener el estilo animal. No importa si el cerdo come finos manjares o basura, lo que importa es cómo lo hace. Lo último en cuanto a mentalidad animal es estar atrapados en un continuo círculo de actividades autocontenidas y autojustificadas.
No somos capaces de relacionarnos con los mensajes del ambiente que nos rodea. No nos vemos reflejados en los demás. Puede que estemos tratando con asuntos muy intelectuales, pero en el estilo es animal no hay sentido del humor, no hay amplitud, no hay soltura. Hay una exigencia constante por pasar de una cosa a la siguiente, sin importar los obstáculos o fracasos. Es como ser un tanque de guerra que rueda aplastando todo lo que encuentra en su camino. No importa si pisa a la gente o se estrella contra un edificio, simplemente sigue de largo.
El Reino de los Espíritus Hambrientos
En el reino de los pretas o los espíritus hambrientos estamos muy ocupados con el proceso de expansión, de volvernos ricos, de consumir. Fundamentalmente, nos sentimos pobres. No podemos mantener la pretensión de ser lo que quisiéramos ser. Todo lo que poseemos se utiliza como una prueba de la validez de nuestro orgullo.
Sin embargo, nunca es suficiente, siempre hay un sentimiento de insatisfacción. La mentalidad de pobreza se simboliza tradicionalmente con un espíritu hambriento que tiene una boca muy pequeña, del tamaño del ojo de una aguja, una garganta muy delgada, unos brazos y unas piernas muy flacas y una barriga gigantesca. Su boca y su garganta son demasiado pequeñas para dejar pasar suficiente alimento y llenar su enorme barriga. Consecuentemente, siempre está hambriento.
Su lucha por satisfacer su apetito es muy dolorosa porque le es muy difícil tragar lo que se come. La comida, por supuesto, simboliza cualquier cosa: amistad, riqueza, ropa, sexo, poder o lo que sea. Cualquier cosa que se presente en la vida es considerada como algo para consumir. Si vemos una hermosa hoja de otoño cayendo, la consideramos como nuestra presa. Nos la llevamos a casa o le tomamos una fotografía o le pintamos un cuadro o escribimos en nuestro diario sobre cuán bella es.
Si compramos una Coca-Cola, es excitante oír el crujido de la bolsa al desempacarla; el sonido de la Coca-Cola burbujeando y saliéndose de la botella nos proporciona una exquisita sensación de sed. Luego, en forma muy consciente, la probamos y nos la tomamos. Finalmente hemos logrado consumirla. ¡Que logro! ¡Fue fantástico! Logramos realizar nuestro sueño. Sin embargo, después de un rato comenzamos a inquietarnos de nuevo y a buscar otra cosa que consumir.
Estamos constantemente hambrientos de entretenimientos nuevos, espirituales, intelectuales, sensuales o lo que sea. Intelectualmente, nos podríamos sentir inadecuados y decidir estudiar y oír grandes respuestas llenas de significado, profundas palabras místicas.
Consumimos una idea tras otra tratando de grabárnosla, tratando de hacerla sólida y real. Cada vez que sentimos hambre abrimos nuestro cuaderno de notas o un libro de ideas que nos puedan satisfacer. Cuando estamos aburridos, deprimidos o no podemos dormir, tomamos nuestros libros, leemos nuestros apuntes y recortes y nos ponemos a pensar en ellos tratando de buscar alivio.
No obstante, esto se vuelve repetitivo. Nos gustaría volvernos a encontrar con nuestros profesores o encontrar unos nuevos. Y otro viajecito al restaurante o al supermercado o, al delicatessen no sería mala idea, aunque a veces no podemos hacer el viaje. Tal vez no tenemos suficiente dinero o el niño está enfermo, o nuestros padres se están muriendo o tenemos asuntos que atender. Nos damos cuenta de que entre más obstáculos tengamos, más hambre nos da. Y entre más queremos, más cuenta nos damos de lo que no podemos conseguir, lo cual es tremendamente doloroso.
Es doloroso sentirnos suspendidos en un deseo que no podemos realizar buscando satisfacción continuamente. Inclusive si alcanzáramos nuestra meta, estaría la frustración de llenarnos demasiado, tanto, que nos volveríamos insensibles a estímulos posteriores. Tratamos de aferrarnos a nuestras posesiones, de mantenernos en ellas, pero luego de un rato nos volvemos pesados y atontados, incapaces de apreciar nada. Quisiéramos poder estar hambrientos de nuevo para llenarnos otra vez.
Así satisfagamos un deseo o permanezcamos suspendidos en él, manteniendo la lucha, en cualquiera de los dos casos estamos invitando a la frustración.
El Reino Infernal
El reino infernal está impregnado por la agresividad. Esta agresividad está basada en una condición de odio perpetuo, a tal punto que comenzamos a perder la pista de contra quien la estamos construyendo, así como la de quién está siendo agresivo con nosotros.
Hay una confusión e incertidumbre constantes. Hemos creado un ambiente de agresividad a tal punto que, finalmente, aun cuando podríamos sentirnos más calmados con respecto a nuestra ira y nuestra agresividad, el ambiente que nos rodea nos responde con más agresividad. Es algo así como caminar en un clima muy caliente. Podemos sentirnos físicamente frescos durante algún tiempo, pero el aire caliente constantemente sopla hacia nosotros y la sensación de frescura no nos dura mucho.
La agresividad del reino infernal parece no ser la nuestra. Sin embargo, aparentemente, está presente en todo el espacio que nos rodea. Hay una sensación extrema de claustrofobia y abochornamiento No hay espacio para respirar, no hay lugar dónde poder actuar y la vida se torna avasalladora.
La agresividad es tan intensa que, si decidiéramos matar a alguien para satisfacer nuestra agresividad, sólo lograríamos una pequeña satisfacción. Incluso si tratáramos de matarnos a nosotros mismos, encontraríamos que aún queda el asesino, así que no podríamos eliminarnos completamente. Hay un ambiente de agresividad permanente en el que no sabemos quién está matando a quién.
Es algo así como tratar de comernos a nosotros mismos de adentro hacia fuera. Habiéndonos comido a nosotros mismos, el que ha comido permanece y debe a su vez ser comido y así sucesivamente. Cada vez que el cocodrilo se muerde su propia cola, se nutre con ella. Entre más come más crece. Esto no tiene fin.
No podemos eliminar el dolor a través de la agresividad. Mientras más matamos, más fortaleza le damos al asesino quien, a su vez, creará más cosas para matar. La agresividad crece hasta que finalmente no queda espacio: todo el ambiente ha sido solidificado. No hay ni siquiera espacios que nos permitan ver hacia atrás. Todo está lleno de agresividad. Es insoportable. No hay oportunidad de crear un observador para que sea testigo de nuestra agresividad y destrucción, de crear a alguien que nos dé un informe. Pero al mismo tiempo, crece la agresividad: mientras más destruimos más creamos.
Tradicionalmente, la agresividad se simboliza con el cielo y la tierra irradiando fuego. La tierra se convierte en un fuego candente y el espacio se convierte en un medio en llamas. No hay espacio para respirar aire fresco o sentir algo de frío. Todo lo que vemos a nuestro alrededor es candente, intenso, extremadamente claustrofóbico.
Entre más tratamos de destruir a nuestro enemigo o ganarle a nuestro oponente, más resistencia generamos. Es la agresividad rebotándonos. En el infierno estamos constantemente lanzando llamas e irradiaciones que se nos devuelven. No hay espacio en absoluto dónde experimentar alguna amplitud o apertura. Por el contrario, hay un esfuerzo constante, el cual puede ser muy efectivo, por encerrar todo el espacio.
El reino infernal sólo puede ser creado a través de nuestras relaciones con el mundo exterior, mientras que, en el reino de los dioses celosos, nuestros propios inventos psicológicos pueden ser el material para crear la mentalidad Asura. En el Reino Infernal hay una constante situación de relación con algo, estamos tratando de jugar con algo y el intento nos rebota, recreando constantemente situaciones claustrofóbicas de tal manera que finalmente no hay espacio en absoluto en el cual podamos comunicarnos.
En esta situación la única forma de comunicarnos es tratando de recrear nuestra propia ira. Creíamos que nos las habíamos arreglado para ganarle la guerra a nuestro único adversario, pero finalmente, no recibimos ninguna respuesta de esa persona, la sacamos de la existencia. Así que quedamos solos, enfrentados con nuestra propia agresividad la cual se nos devuelve completamente y llena todo el espacio.
Nos quedamos solos de nuevo, sin emociones, así que buscamos otra forma de jugar el partido, una y otra vez. No jugamos para distraernos o pasar un rato agradable, lo hacemos porque no nos sentimos lo suficientemente protegidos ni seguros. Si no tenemos ninguna forma de protegernos, sentimos frío, así que prendemos de nuevo el fuego. A fin de poder hacerlo, debemos pelear constantemente para mantenernos a nosotros mismos. No podemos hacer nada al respecto. Simplemente nos encontramos a nosotros mismos repitiendo un juego idéntico una y otra vez.