El yo y las emociones
Chogyam Trungpa Rimpoché
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Agosto, 2007
Ahora vamos a examinar el sentido de la palabra “despierto”, asociada con la práctica de vipáshyana o meditación del conocimiento intuitivo. Si queremos trabajar con el proceso de la meditación, antes que nada debemos entender nuestro temperamento, nuestra constitución psicológica básica.
Aunque el tema podría dar para rato, seremos ahora concisos y nos limitaremos a decir que la mente tiene dos aspectos. El primero es el conocer, y se refiere a la sensación de separación que existe entre yo y el otro, entre yo y tú.
Esta polarización fundamental nos ayuda a identificar lo que somos y quiénes somos. Para nuestra mayor comodidad, nos han puesto un nombre “me llamo Juana, me llamo Diego, etc.”, pero si indagamos más, en general no tenemos idea de quiénes somos. El nombre que hemos recibido resulta tan práctico que ya no necesitamos pensar qué hay detrás de él; simplemente aceptamos llamarnos fulano de tal.
Si alguien nos pregunta: ¿quién eres? y le contestamos “me llamo Pedro”, eso se considera una buena respuesta y rara vez se le ocurre a nuestro interlocutor preguntar: Sí, pero ¿quién es Pedro? ¿Qué es Pedro? . Y si alguien trata de averiguar más, entonces seguimos con “soy banquero” o “soy taxista”. Nos pasamos a la profesión. Acabamos saltando de una identificación externa a otra y por lo general nunca volvemos al nivel del “yo”.
Así solemos llevar nuestra vida. Ahora, en cambio, vamos a intentar ir más allá de los nombres y llegar a la mente básica. Vamos a descubrir realmente qué somos y quiénes somos. Ése es el punto de partida para poder comprender la mente. Una de las cualidades de la mente es la “yoidad”, que es obviamente todo aquello que no es otro, lo que no es tú. La yoidad se diferencia del tú, del otro, de la roca, del árbol, y también de las montañas, los ríos, el cielo, el Sol, la Luna y todo cuanto hay. Esa yoidad es lo que nos interesa aquí.
Cuando decimos “yo” para referirnos a nosotros mismos, nos sentimos un tanto incómodos, sentimos una leve desazón; es tan sutil que por lo general no le hacemos caso o no lo notamos, y como siempre está presente, terminamos volviéndonos inmunes a ello. Ahí hay una ambivalencia fundamental.
Nos pasa como a los perros, que en algún momento empiezan a sentir que la correa ya no les quita libertad, sino que les da seguridad. Lo mismo sucede con los animales en el zoológico: al principio se sienten prisionero, pero con el tiempo esa sensación les acaba dando seguridad. Nuestra actitud es muy parecida: en cierta forma, nos hemos encarcelado, pero a la vez nos parece que esa cárcel es lo más seguro que tenemos.
La sensación de “yo” y “mío” tiene una faceta muy dolorosa, porque es como estar preso, pero a la vez representa seguridad, de modo que no es puro dolor. Ésa es nuestra situación ahora, la situación en la que se encuentra cada uno de nosotros.
La yoidad no es dolorosa en el sentido del sufrimiento indiscutible que sentiríamos si nos comiéramos un tarro entero de chiles jalapeños. Con todo, detrás de las apariencias hay algo levemente nauseabundo.
La sensación de náusea es muy sutil y con el tiempo se vuelve medio dulce y nos hacemos adictos a ella, de modo que si perdemos la náusea, también perdemos el dulce. Es un estado mental básico que todos conocemos.
A eso se refiere la primera de las cuatro nobles verdades cuando habla del sufrimiento: a este proceso muy sutil, pero a la vez sumamente real, personal y, en cierto modo, desalentador.
Lo que no quita en absoluto que muchas veces podamos sentir que estamos en la gloria; disfrutamos de unas vacaciones fabulosas en la playa o en la montaña, o quizás nos enamoramos, o tenemos éxito en el plano profesional, o sencillamente descubrimos algo positivo a que aferrarnos.
Nadie puede negar que experimentemos momentos de felicidad como ésos. Pero cuando llegamos al punto culminante de la gloria, el otro extremo de la canoa, como quien dice, se empieza a hundir un poquito en el agua. Por más que intentemos quitarle importancia, ése es un drama recurrente.
A veces asoma a la superficie; entonces lo llamamos depresión y nos decimos: “Me siento fatal, estoy enfermo, tengo muchas preocupaciones, estoy molesto”, etc., pero en realidad es menos que eso: es como una resaca profunda y fundamental, una resaca sin tregua que invade hasta el último rincón. Aunque haya cosas que quizás nos hagan sentir bien, seguimos teniendo la sensación de estar atascados.
Solemos interpretar esa sensación de estar atascados de tal forma que nos permita encontrar un chivo expiatorio, ya sea la necesidad de soportar a nuestros padres con sus manías, ya sea la de sobrellevar algún otro aspecto conflictivo de una historia personal plagada de problemas. Alegamos que alguna mala experiencia nos dejó traumatizados.
Inventamos interpretaciones tendenciosas basadas en nuestra historia personal y llegamos al extremo de incluir síntomas físicos. Son maneras muy cómodas que tenemos de evadirnos, pero en realidad hay algo más, algo que trasciende nuestros antecedentes biográficos. Eso que sentimos va más allá de la relación con los padres, de una infancia dolorosa, de un parto complicado, de una cesárea difícil, etc.
Hay algo que ocurre que va más allá de todo eso, “una soberana torta a nivel fundamental” que lo abarca todo. Es lo que el Buda llamó ego o neurosis. Ése es el primero de los dos aspectos de la mente que se han mencionado. Es más bien deprimente.
En cuanto al segundo aspecto, surge del primero y es lo que comúnmente se llaman “emociones”. Este incluye las emociones de todo tipo: lujuria, odio, envidia, orgullo, miedo y todas las demás. Sin embargo, la palabra emoción en sí es problemática; al llamarlas emociones, acabamos viéndolas como algo especial, las vemos como “mis” emociones y ello conduce a una manera bastante malsana de percibirse a sí mismo.
Nos decimos: “Si sólo consiguiera deshacerme de mis emociones, de mis excesos, entonces estaría en paz y podría funcionar muy bien”. Pero de algún modo eso no sucede nunca. Nadie puede llegar a un estado desprovisto de emociones y tener una mente que todavía funcione.
Desde el punto de vista budista, el segundo aspecto de la mente no son las emociones propiamente dichas. Esas erupciones ocasionales que se producen en la mente también se consideran como pensamientos; son parte del proceso de pensar, una parte más intensa de éste.
No son un fenómeno de otro orden, una enfermedad especial llamada emociones, algo así como una especie de viruela; son sólo una gripe muy fuerte.
El primer aspecto de la mente se ocupa sobre todo de la dualidad, de la separación básica, de la sensación de estar fundamentalmente solo. El segundo aspecto va más allá; es un ajetreo tremendo, una enorme actividad. Produce sueños y ensoñaciones y recuerdos y los almacena en los “archivos akáshicos” * o como quiera que se los llame. Los archiva por todas partes y cada vez que se nos acaba el tema, o que tenemos un conflicto o confrontación con el otro, los vuelve a abrir y a examinar nuevamente.
*La expresión “archivos akáshicos” alude con cierta jocosidad a una noción que popularizara el movimiento teosófico y que le era familiar al público. Es probable que el autor haya preferido usarla porque no deseaba en ese momento dar su propia explicación técnica.
La palabra sánscrita akasha significa “espacio”. Se utilizó en la teosofía para referirse a un plano trascendental que guardaría un registro de las acciones benéficas y dañinas de cada individuo que le seguirían afectando a lo largo de sus siguientes vidas.
El budismo plantea otra noción que corresponde en cierta medida a ésa, la de “almacén de conciencia”, en sánscrito, alaya-vijñana. Según esta noción, las acciones pasadas dejan en el alaya-vijñana huellas o recuerdos llamadas impresiones kármicas, que hacen que el individuo tienda a repetir en el futuro acciones semejantes a las que generaron la huella originalmente.
A pesar de que la noción budista cumple una función más o menos parecida a la teosófica, existe una diferencia significativa, pues es impersonal. De hecho, según el budismo, no existe un yo o ego permanente que transmigre de una vida a otra y, aparte del observador ficticio inventado por el ego, tampoco existe una deidad u otra forma de juez que evalúe el buen y mal karma.
Siempre estamos tratando de posicionarnos con respecto a los demás. Es como cuando dos perros se encuentran: gruñen, se olfatean, avanzan un paso y finalmente terminan rechazándose, o tal vez aceptándose. Aunque los perros lo hacen de manera mucho más generosa, nosotros también hacemos algo semejante todo el tiempo. Los seres humanos somos sin duda más sutiles, pero también somos menos generosos porque tenemos más yo. Sea como sea, es algo que hacemos constantemente; lo hacemos cada vez que nos enfrentamos con nuestro mundo.
Esto no se puede llamar simplemente emoción; es algo más amplio, más global. Los pensamientos se potencian hasta llegar a un grado muy alto de intensidad, hasta lo que llamamos emoción; pero esta segunda facultad mental es, en realidad, un proceso de enfrentamiento y de comunicación que se produce siempre. Y ese enfrentamiento o comunicación consta exclusivamente de pensamientos, y nada más: a veces el pensamiento mira, a veces habla, a veces escucha, a veces huele, a veces siente. Es un proceso mental.
También se relaciona con el proceso de las percepciones sensoriales. Según la tradición budista, existe un sexto tipo de percepción sensorial, que en realidad es mental. Este sexto sentido es la inconstancia de la mente y actúa como un tablero de control adonde llegan los cables procedentes de los oídos, la nariz, los ojos, la lengua y el cuerpo.
Los órganos de los sentidos envían señales a la administración central, o panel de conmutación, y a modo de respuesta, éste delega ciertas actividades. Ése es el funcionamiento básico del proceso mental. Como vemos, no nos da pie para distinguir pensamientos de emociones; no son más que aspectos de un mismo proceso.
Cuando estudiemos la vipáshyana, aprenderemos a manejar esos procesos mentales durante la práctica de la meditación, pero primero debemos entender el fundamento o los mecanismos básicos: quién va a meditar y con qué va a meditar. Examinaremos la manera de relacionarnos con los pensamientos, el segundo aspecto de la mente.
Por el momento tenemos muy pocos recursos para trabajar con el primer aspecto de la mente, “la soberana torta fundamental”. Lamentablemente no es posible atacar de frente la mentalidad dualista, la polarización; nuestro propósito será trabajar con sus productos para así tener una influencia positiva sobre ella.
Se podría decir que el proceso mental, incluyendo las llamadas emociones, es como las ramas de un árbol; si cortamos una a una las enmarañadas ramificaciones, acabaremos por llegar a la raíz y ya no resultará tan difícil trabajar con ella. Me parece, entonces, que nuestro punto de partida debe ser el proceso mental.
Cabría preguntarse si un buen estratega no cortaría primero la raíz. Claro que lo haría, pero nosotros no estamos en situación de hacerlo. Lo que sucedería si nos pusiéramos a pelear con la raíz es que las ramas seguirían desarrollándose de manera exuberante hasta atraparnos y terminaríamos sepultados bajo una lluvia de frutas.
Por eso el Buda adoptó un enfoque psicológico diferente, el de trabajar primero con las hojas y las ramas. Una vez que las hayamos despejado, tendremos un atisbo de la verdad desnuda, la realidad de la separación fundamental. Entonces empezaremos a comprender la primera noble verdad que nos dice que la verdad es el sufrimiento; la verdad es esa tremenda torta, ese problemón.* Para comprender la primera noble verdad, debemos aprender a convivir con las “emociones”.
*El autor se refiere aquí nuevamente a la sensación pesada y dolorosa de tener un yo, que proviene de la polarización fundamental o dualidad.
Preguntas y respuestas
Pregunta: Empezamos trabajando con lo que normalmente consideramos emociones, con el proceso mental visto como un todo, es decir, con las ramas y las hojas del árbol. ¿El proceso cognitivo sería más como la raíz a la que llegaríamos más adelante?
Rimpoché: Correcto. Antes de fregar el suelo debemos barrerlo. Una vez que lo hayamos barrido, tendremos una idea más clara. Es una manera razonable de hacer las cosas; empezamos con lo que tenemos más a mano y eso nos hace tener un contacto tremendo con la realidad.
En cambio, si intentáramos relacionarnos con la dualidad fundamental, nos daríamos cuenta de que es sencillamente imposible. Seria como querer demoler un muro de un solo golpe, en vez de ir ladrillo a ladrillo. Saldríamos derrotados. Por eso es mejor empezar por las cosas pequeñas que sobresalen más, en lugar de empezar por las sutilezas fundamentales con la intención de desentrañar todo el asunto.
Pregunta: ¿Es posible que esas sutilezas fundamentales surjan disfrazadas de fantasías?
Rimpoché: Son más o menos lo mismo que las fantasías, pero no es posible disfrazarlas realmente. No se puede hacer pasar la raíz de un árbol por sus hojas. La raíz debe seguir siendo raíz para sostener las hojas y las ramas. Las sutilezas fundamentales actúan de soporte, por eso deben quedarse en su lugar.
Pregunta: Las emociones suelen ir acompañadas de sensaciones físicas. ¿Éstas también son pensamientos?
Rimpoché: Sí. Eso no quiere decir que uno no sienta físicamente, pero el cuerpo también es pensamiento. Por ejemplo, si usted se corta el dedo mientras pica cebollas, tendrá un pensamiento sangrante, pero será real. No debemos despachar los pensamientos diciendo: No es más que un pensamiento. Un pensamiento como ése es tan real que resulta tangible.
Pregunta: ¿Podría aclarar de nuevo los dos aspectos de la mente? El primero sería la dualidad básica entre el yo y el otro, y el segundo sería peor, porque se basaría en pensamientos intensos, ¿no es así?
Rimpoché: Es muy simple: el primero es la dualidad fundamental y el segundo, las actividades de ésta.
Pregunta: ¿Es posible dividirlos en una primera forma de pensamiento y una segunda?
Rimpoché: No son un primer y un segundo pensamiento, sino la raíz y las ramas. Tenemos que empezar por las ramas primero.
Pregunta: De modo que después de dejar al descubierto esos pensamientos y sensaciones altamente diferenciados que tenemos, llegamos a esa cosa más fundamental que es el yo y el otro.
Rimpoché: Sí. Si nos enfrentáramos primero a eso del yo y el otro, de paso produciríamos más ramas y no terminaríamos nunca
Pregunta: ¿Se relaciona el sexto sentido que usted mencionó con la intuición?
Rimpoché: Es muchas cosas: intuición, paranoia, esperanza y miedo. Es muchísimas cosas. Incluye la intuición, pero en este caso es una intuición que se vale de puntos de referencia y en eso difiere de la intuición propia de la realización, que es sabiduría. En este caso es una intuición muy burda.