La compasión y el individuo
Su Santidad Dalai Lama
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2008
El propósito de la vida
Hay una gran pregunta que subyace bajo nuestras experiencias, no importa que pensemos en ella conscientemente o no. ¿Cuál es el propósito de la vida? He considerado esta pregunta y me gustaría compartir mis pensamientos con la esperanza de que puedan aportar un beneficio práctico y directo a todos aquellos que los escuchen.
Yo creo que el propósito de la vida es ser feliz. Desde el momento del nacimiento, cada ser humano busca la felicidad y no quiere el sufrimiento. Ni el condicionamiento social ni la educación, ni la ideología alteran este hecho. Desde lo más profundo de nuestro ser, simplemente deseamos ser felices. Yo no sé si el universo con sus incontables galaxias, estrellas y planetas tiene un significado más profundo o no, pero en último término está claro para nosotros, seres humanos que vivimos en esta tierra, nos enfrentamos a la tarea de conseguir una vida feliz para nosotros mismos. Por ello, es importante descubrir aquello que traiga consigo el mayor grado de felicidad.
Cómo alcanzar la felicidad
Para empezar, podemos dividir cada tipo de felicidad y sufrimiento en dos categorías principales: mental y física. De las dos, la mente es la que ejerce una mayor influencia en la mayoría de nosotros. Exceptuando aquellas situaciones en las que nos encontramos gravemente enfermos o privados de las más básicas necesidades, nuestra condición física juega un papel secundario en la vida. Si el cuerpo está satisfecho, virtualmente lo ignoramos.
La mente, sin embargo, registra cada hecho, no importa lo pequeño que sea. Por ello debemos dedicar nuestros esfuerzos más serios a obtener la paz mental. Desde mi propia y limitada experiencia, he descubierto que la tranquilidad interna más elevada viene del desarrollo del amor y la compasión. Cuanto más nos preocupamos de la felicidad de los demás, mayor es nuestro sentimiento de bienestar.
Cultivando un sentimiento cálido, cercano a los demás, automáticamente ponemos nuestra mente en un estado de calma. Esto nos ayuda a eliminar todos aquellos miedos o inseguridades que podamos tener y nos da la fuerza necesaria para enfrentarnos a cualquier obstáculo que surja. Es la fuente primordial de éxito en la vida.
Mientras vivamos en este mundo, estamos destinados a encontrar problemas. Si en esos momentos perdemos la esperanza y el coraje, disminuiremos nuestra capacidad para enfrentarnos a las adversidades. Si, por otro lado, recordamos que no únicamente nosotros sino todo el mundo tendrá que experimentar el sufrimiento, esta perspectiva más realista de la situación aumentará nuestra determinación y capacidad para superar los problemas.
Es más, con esta actitud, cada nuevo obstáculo puede ser visto como otra oportunidad para mejorar nuestra mente. Así pues, podemos esforzarnos gradualmente para convertirnos en seres más compasivos, es decir, podemos desarrollar una auténtica simpatía por el sufrimiento de los demás, junto con el deseo de ayudarles a eliminar su dolor. Como resultado, aumentará nuestra propia serenidad y fuerza interna.
Nuestra necesidad de amor
Básicamente, la razón por la que el amor y la compasión aportan la mayor felicidad es simplemente porque nuestra naturaleza las aprecia por encima de cualquier otra cosa. La necesidad de amor es la base de la existencia humana. Es el resultado de la profunda interdependencia que todos compartimos entre nosotros. No importa lo hábil o capaz que sea el individuo, por sí solo, él o ella no sobrevivirá. No importa lo vigoroso o independiente que uno se sienta durante los períodos más brillantes de su vida, cuando uno está enfermo, cuando se es muy joven, o muy viejo, uno debe depender de la ayuda de los demás.
La interdependencia, evidentemente, es una ley fundamental de la naturaleza. No solamente las formas de vida más desarrolladas sino también los más diminutos insectos son seres sociales quienes, sin ninguna religión, leyes o educación, sobreviven a través de una cooperación mutua basada en el reconocimiento innato de sus propias interconexiones. El nivel más sutil de los fenómenos materiales está también gobernado por la interdependencia. Todo fenómeno, desde el planeta en el que habitamos a los océanos, nubes, bosques y flores que nos rodean, surge con dependencia de unos modelos sutiles de energía.
Sin la apropiada interacción, se disuelven y decaen.
Debido a que nuestra propia existencia humana es tan dependiente de la ayuda de los demás es que nuestra necesidad de amor está en la base misma de nuestra existencia. Por ello necesitamos un auténtico sentido de responsabilidad y una preocupación sincera por el bienestar de los demás. Tenemos que considerar qué es lo que nosotros realmente somos, los seres humanos. No somos objetos hechos como las máquinas. Si fuéramos meramente entidades mecánicas, entonces las mismas máquinas podrían aliviar todos nuestros sufrimientos y satisfacer nuestras necesidades.
Sin embargo, ya que no somos criaturas puramente materiales, es un error poner todas nuestras esperanzas de felicidad únicamente en el desarrollo externo. En su lugar, debemos considerar nuestros orígenes y naturaleza para descubrir qué es lo que precisamos. Dejando de lado la compleja cuestión de la creación y la evolución de nuestro Universo, podemos como mínimo estar de acuerdo en que cada uno de nosotros es el producto de nuestros padres.
En términos generales nuestra concepción ocurrió no sólo en el contexto del deseo sexual sino también en la decisión de nuestros padres de tener un hijo. Estas decisiones están basadas en la responsabilidad y en el altruismo del compromiso compasivo de los padres de cuidar de su hijo hasta que éste sea capaz de cuidarse a sí mismo.
Así pues, desde el mismo momento de nuestra concepción, el amor de nuestros padres está directamente involucrado en nuestra creación. Además, dependemos completamente del cuidado de nuestra madre desde las etapas más tempranas de nuestro crecimiento. Según algunos científicos el estado mental de una mujer embarazada ya sea tranquilo o agitado, tiene un efecto físico directo sobre el niño todavía por nacer.
La expresión del amor es también algo muy importante en el momento del nacimiento. La primera cosa que hacemos al nacer es succionar la leche del pecho de nuestra madre, nos sentimos naturalmente cercanos a ella, y ella debe sentir amor por nosotros a fin de podernos alimentar apropiadamente. Si ella está enojada o siente rencor la leche no fluirá libremente. Posteriormente llega el período crítico del desarrollo del cerebro desde el momento del nacimiento hasta, al menos la edad de tres o cuatro años, durante el cual el contacto físico cariñoso es el factor más importante para el crecimiento normal del niño. Si el niño no se siente acariciado, abrazado, mimado o querido, su desarrollo se verá perturbado y su cerebro no madurará adecuadamente.
Puesto que el niño no puede sobrevivir sin el cuidado de los demás, el amor es el alimento más importante. La felicidad en la infancia, el apaciguamiento de los muchos miedos del niño y el saludable desarrollo de la confianza en sí mismo, dependen directamente del amor. Actualmente muchos niños crecen en hogares infelices. Si ellos no reciben el cariño adecuado, más tarde en la vida difícilmente amarán a sus padres y, con frecuencia, les será difícil amar a los demás. Esto es muy triste.
Cuando el niño crece y va a la escuela, su necesidad de ayuda debe encontrar respuesta en sus profesores. Si el maestro además de impartir la educación académica asume también la responsabilidad de preparar a sus alumnos para la vida, los alumnos sentirán confianza y respeto y aquello que se les haya enseñado dejará una huella indeleble en sus mentes.
Por otro lado, las enseñanzas recibidas de un maestro que no muestra una auténtica preocupación por el bienestar de sus estudiantes serán recibidas como temporales y olvidadas muy pronto.
De forma similar, si uno se encuentra enfermo y está siendo tratado en un hospital por un médico que demuestra un sentimiento cálido y humano, uno se siente cómodo, y el deseo del doctor de dar la mejor atención posible es en sí mismo curativo, independientemente del grado de habilidad técnica que éste tenga. Por un lado, si nuestro doctor carece de sentimientos humanos y demuestra una expresión poco amistosa, de impaciencia o de indiferencia, nos sentiremos ansiosos, incluso aunque él o ella sean doctores altamente cualificados, que la enfermedad haya sido correctamente diagnosticada y la apropiada medicación prescrita, inevitablemente, los sentimientos del paciente crearán una diferencia en la calidad y la totalidad de su recuperación.
Incluso cuando participamos en una conversación ordinaria en nuestra vida diaria, si alguien nos habla con sentimiento humano, disfrutamos escuchándole y respondemos de la misma manera. Toda la conversación se hace interesante, no importa lo poco atrayente que sea el tema. Por otro lado, si una persona habla fría o duramente, nos sentimos incómodos y deseamos poner un rápido final al intercambio. El afecto y el respeto de los demás son vitales para nuestra felicidad en cualquier situación al margen de su importancia.
Recientemente me encontré con un grupo de científicos en Norte América quienes me comentaron que el porcentaje de enfermos mentales en su país era bastante elevado, alrededor del doce por ciento de la población. Quedó claro durante nuestra conversación que la causa principal de la depresión no era la falta de necesidades materiales sino la carencia del afecto de los demás. Así pues, como se puede ver por lo que he dicho hasta ahora, una cosa parece clara para mí: seamos o no conscientes de ello, desde el día de nuestro nacimiento, la necesidad de cariño humano está en nuestra sangre. Incluso si el afecto proviene de un animal o de alguien a quien consideraríamos normalmente un enemigo, todos, niños y adultos gravitarán naturalmente hacia él.
Creo que nadie nace libre de la necesidad de amor y ello demuestra que los seres humanos no se pueden definir como algo puramente físico, aunque algunas escuelas modernas de pensamiento busquen hacerlo. Ningún objeto material, no importa lo bello o valioso que sea puede hacernos sentir amados porque nuestra más profunda identidad y nuestro verdadero carácter se halla en la naturaleza subjetiva de la mente.
Desarrollando compasión
Algunos de mis amigos me han dicho que, aunque el amor y la compasión son buenos y maravillosos, no son realmente muy relevantes. Nuestro mundo, dicen ellos, no es lugar donde estas creencias tengan mucha influencia o poder. Sostienen que la ira y el odio son una parte integrante de la naturaleza humana que siempre dominará la humanidad. Yo no estoy de acuerdo. Nosotros, seres humanos existimos con nuestra forma actual desde hace más de cien mil años.
Yo creo, que, si durante este tiempo la mente humana hubiera estado principalmente controlada por la ira y el odio, la totalidad de la población habría disminuido. Pero hoy, a pesar de todas nuestras guerras, nos encontramos con que la población humana es más numerosa que nunca. Esto me indica claramente que el amor y la compasión predominan en el mundo y por ello los hechos desagradables son “noticia”; las actividades compasivas son de tal forma, parte de nuestra vida diaria, que se dan por sentadas, y, por lo tanto, son en gran parte ignoradas.
Hasta ahora he venido comentando principalmente los beneficios mentales de la compasión, pero también contribuye a un buen estado de salud física. De acuerdo con mi propia experiencia personal, la estabilidad mental y el bienestar físico están directamente relacionados. No hay duda, la ira y la agitación nos hacen más susceptibles a las enfermedades. Por otro lado, si la mente está tranquila y ocupada en pensamientos positivos, el cuerpo no caerá enfermo tan fácilmente. Pero, evidentemente, es también cierto que todos poseemos un innato egoísmo que inhibe nuestro amor hacia los demás.
Así pues, ya que todos deseamos la felicidad auténtica que sólo proviene de una mente tranquila, y ya que esta paz mental proviene sólo de una actitud compasiva, ¿cómo podemos desarrollarla? Obviamente, no es suficiente con pensar que bonita es la compasión. Necesitamos hacer un esfuerzo combinado para desarrollarla. Debemos utilizar todos los acontecimientos de nuestra vida diaria para transformar nuestros pensamientos y conducta.
Antes que nada, debemos tener claro qué es lo que entendemos por compasión. Muchas formas de sentimientos compasivos se mezclan con el deseo y el apego. Por ejemplo, el amor que los padres sienten por sus hijos está a menudo fuertemente asociado a sus propias necesidades emocionales, así pues, no es completamente compasivo. De nuevo, en el matrimonio, el amor entre marido y mujer, particularmente al principio, cuando cada uno quizá no conoce todavía profundamente el carácter del otro, depende más del apego que del auténtico amor.
Nuestro deseo puede ser tan fuerte que la persona a la que estamos apegados nos parece buena, aun cuando, de hecho, él o ella sean muy negativos. Además, tenemos una tendencia a exagerar las pequeñas cualidades positivas. Así que cuando la actitud de uno de la pareja sufre un cambio, el otro a menudo se siente decepcionado y su actitud también varía. Esto es una señal de que el amor ha sido motivado más por una necesidad personal que por el auténtico cariño hacia la otra persona.
La auténtica compasión no es sólo una respuesta emocional, sino un compromiso firme basado en la razón. Así pues, una actitud compasiva auténtica hacia los demás no cambiará incluso cuando ellos se comporten negativamente. Desde luego, desarrollar este tipo de compasión no es nada fácil. Para empezar, consideremos los hechos siguientes. Tanto la gente que es hermosa y amistosa como la poco atractiva y perjudicial, en último término son seres humanos como yo mismo.
Como yo, dice el Dalai Lama, todos quieren felicidad y huyen del sufrimiento. Además, su derecho a superar el sufrimiento y ser felices, es igual al mío. Así, cuando reconocemos que todos los seres son iguales tanto en su deseo de felicidad como en el derecho de obtenerla, eso automáticamente nos crea empatía y nos sentimos cercanos a ellos. Así, al ir acostumbrando nuestra mente a este sentido de altruismo universal, desarrollaremos un sentimiento de responsabilidad hacia los demás, el deseo de ayudarles activamente a superar sus problemas. Este no es un deseo selectivo, se aplica a todos por igual.
Mientras sean seres humanos experimentando placer y dolor, lo mismo que tú, no hay base lógica para discriminar entre ellos o para alterar nuestra preocupación por ellos si se comportan negativamente. Quiero enfatizar que está a nuestro alcance, con tiempo y paciencia, el desarrollar este tipo de compasión. Desde luego, nuestro egoísmo, nuestro apego al sentimiento de un “yo” independiente y existente en sí mismo, trabaja fundamentalmente para inhibir nuestra compasión. Realmente, la auténtica compasión se puede experimentar solamente cuando este tipo de apego al yo es eliminado. Pero esto no significa que no podamos empezar y hacer progresos a partir de este mismo momento.
Cómo podemos empezar
Debemos empezar eliminando los mayores obstáculos de la compasión: la ira y el odio. Como todos sabemos, son unas emociones extremadamente poderosas y pueden dominar nuestra mente por entero. No obstante, se pueden controlar. Si, por el contrario, no las dominamos, estas emociones negativas nos atormentarán sin ningún esfuerzo extra por su parte y nos impedirán nuestra búsqueda de la felicidad de una mente amorosa.
Por ello, para empezar, es útil investigar si la ira es o no valiosa. A veces, cuando nos desanimamos ante una situación difícil, la ira nos parece útil, parece que nos aporta una mayor energía, confianza y determinación. Aquí, sin embargo, debemos examinar nuestro estado mental cuidadosamente. Aunque es cierto que la ira proporciona una energía extra, si exploramos la naturaleza de esta energía, descubriremos que es ciega; no podemos estar seguros de si el resultado será positivo o negativo.
Esto es porque la ira eclipsa la mejor parte de nuestro cerebro: su racionalidad. Por lo tanto, la energía de la ira es casi siempre poco fiable. Puede causar una conducta inmensamente destructiva y desafortunada. Además, si la ira llega a ser extrema, uno se convierte en un loco actuando de forma tan perjudicial para sí mismo como para los demás.
Sin embargo, es posible desarrollar una energía igualmente poderosa pero mucho más controlada con la que manejar las situaciones difíciles. Esta energía más controlada proviene no sólo de una actitud compasiva sino también de la razón y de la paciencia. Estos son los antídotos más poderosos contra la ira. Lamentablemente, mucha gente malinterpreta estas cualidades como síntomas de debilidad. Yo creo que lo contrario es cierto: son los auténticos signos de fuerza interior.
La compasión es por su propia naturaleza bondadosa, pacífica y suave, pero es también muy poderosa. Son aquellos quienes fácilmente pierden la paciencia, los que son inseguros e inestables. Por todo ello, para mí, el surgimiento de la ira es un signo inequívoco de debilidad.
Así cuando surja un problema, trate de permanecer humilde y mantener una actitud sincera interesándose en que el resultado sea justo. Desde luego, otros pueden intentar aprovecharse de usted, y si el hecho de que usted mantenga una actitud de desapego sirve sólo para provocar una agresión injusta, en ese caso adopte una postura firme. Sin embargo, hágalo con compasión y, si es necesario expresar sus puntos de vista y tomar medidas extremas, hágalo, pero sin ira ni malicia. Debe darse cuenta de que aún cuando parezca que sus adversarios le están haciendo daño, al final su actitud destructiva sólo les perjudicará a ellos.
A fin de controlar nuestro impulso egoísta de venganza, debemos acordarnos de nuestro deseo de practicar compasión y asumir la responsabilidad de ayudar a prevenir que la otra persona sufra las consecuencias de sus actos. Puesto que han sido elegidas con calma y reflexión, las medidas que empleemos serán más efectivas, más certeras, y más poderosas. La venganza basada en la energía ciega de la ira rara vez da en el blanco.
Amigos y enemigos
Debo enfatizar de nuevo el hecho de pensar meramente en que la compasión, la razón y la paciencia son beneficiosos no basta para desarrollarlas. Debemos estar a la espera de que surjan las dificultades y entonces intentar practicar con ellas. ¿Y quién crea estas dificultades? Nuestros amigos no desde luego, sino nuestros enemigos. Ellos son quienes nos causan los mayores problemas. Así, si realmente queremos aprender, debemos considerar al enemigo como a nuestro mejor maestro.
Para una persona que aprecia la compasión y el amor, la práctica de la tolerancia es esencial, y para ello, un enemigo es indispensable. Debemos pues sentirnos agradecidos hacia nuestros enemigos, son ellos los que mejor nos ayudan a desarrollar una mente tranquila. También se da el caso, tanto en la vida pública como en la privada, que debido a un cambio en las circunstancias los enemigos se convierten en amigos. La ira y el odio son siempre dañinos, y a no ser que entrenemos nuestras mentes y trabajemos para reducir su fuerza negativa, continuarán perturbando y entorpeciendo nuestros intentos por desarrollar una mente en calma.
La ira y el odio son nuestros enemigos reales. Estas son las fuerzas contra las que debemos pelear y vencer, no los enemigos “temporales” que aparecen intermitentemente a lo largo de nuestra vida. Desde luego, es natural y correcto que todos queramos tener amigos. A menudo bromeo diciendo: si quieres ser realmente egoísta debes ser muy altruista. Debes cuidar bien de los demás, servirles, hacer más amigos, sonreír más. ¿El resultado?
Cuando tú mismo necesites ayuda encontrarás a muchos que se brinden a dártela. Si, por otro lado, descuidas la felicidad de los demás, en último término tú serás el perdedor. ¿Se crea la amistad por medio de peleas y enfados, celos e intensa competencia? Yo no lo creo así. Sólo el afecto nos proporciona auténticos amigos íntimos. En la sociedad materialista de hoy en día, si tienes dinero y poder parece que tienes muchos amigos. Pero no son amigos tuyos, son amigos de tu dinero y tu poder. Cuando pierdes tu fortuna e influencia resulta muy difícil encontrar a esa gente.
El problema está en que mientras las cosas en el mundo nos van bien, nos sentimos confiados, creemos que podemos arreglarnos por nosotros mismos y sentimos que no necesitamos amigos, pero cuando nuestra situación y salud decaen, nos damos cuenta rápidamente de cuán equivocados estábamos. En este momento conocemos quién nos ayuda realmente y quién es totalmente inútil. Así pues, para prepararnos para este momento, para conseguir amigos auténticos que nos ayudarán cuando surja la necesidad, debemos cultivar nosotros mismos el altruismo.
Aunque a veces la gente se ríe cuando digo esto, yo mismo siempre quiero más amigos. Amo las sonrisas. Debido a ello no tengo el problema de saber cómo hacer amigos y cómo conseguir más sonrisas, especialmente sonrisas verdaderas ya que hay muchas clases de sonrisas, tales como sonrisas sarcásticas, artificiales o diplomáticas. Hay muchas sonrisas que no producen ningún sentimiento de satisfacción, y a veces incluso pueden llegar a crear desconfianza o miedo ¿no? Pero una sonrisa auténtica realmente nos da una sensación de frescor y es, creo, exclusiva de los seres humanos. Si esas son las sonrisas que deseamos, entonces debemos crear nosotros mismos las razones para que surjan.
La compasión y el mundo
En conclusión, me gustaría ampliar brevemente mis pensamientos más allá del tema de esta corta exposición y subrayar un punto más amplio: la felicidad individual puede contribuir de una forma profunda y efectiva a mejorar la totalidad de nuestra comunidad humana. Puesto que todos compartimos una idéntica necesidad de amor, es posible sentir que cualquier persona que encontremos, en cualquier circunstancia es un hermano o hermana. No importa lo nueva que sea el rostro, o cuán diferentes el vestido y la conducta, no hay una división significativa entre nosotros y las otras personas. Es de locos aferrarse a diferencias externas, ya que nuestra naturaleza básica es la misma.
Básicamente, la humanidad es una, y este pequeño planeta es nuestro único hogar. Si debemos proteger éste, nuestro hogar, cada uno de nosotros necesita experimentar un sentimiento intenso del altruismo universal. Únicamente este sentimiento puede eliminar los motivos egoístas que causan que la gente engañe y abuse de los demás. Si tienes un corazón sincero y abierto, te sientes naturalmente valioso y lleno de confianza y no tienes motivo para temer a los demás.
Creo que en cualquier nivel de la sociedad -familiar, tribal, nacional o internacional- la llave para un mundo más feliz, y más exitoso, es el desarrollo de la compasión. No necesitamos convertirnos en religiosos, ni necesitamos creer en ninguna ideología. Lo único necesario es que cada uno de nosotros desarrolle sus buenas cualidades humanas. Intento tratar a todos aquellos con los que me encuentro como viejos amigos. Esto me da un auténtico sentimiento de felicidad. Es la práctica de la compasión.
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