Los seis reinos de existencia
Osel Tenzin
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Mayo, 2008
Para poder desarrollarnos espiritualmente es imprescindible comenzar por entender que nuestra forma de percibir la vida como una constante lucha por sobrevivir constituye la causa de la existencia de la confusión (lo que llamamos samsara), donde la esperanza y el temor están presentes todo el tiempo y crean lo que conocemos como “la vida diaria”.
Esas emociones surgen porque parece como si hubiese una continua amenaza sobre nuestra existencia. No siendo capaces de recordar el momento en que nacimos y no sabiendo cuándo vamos a morir, vivimos en constante incertidumbre. Evitamos especular acerca del momento de la muerte y por otra parte tratar de recordar nuestro nacimiento parece imposible, así que continuamos nuestra lucha por sobrevivir y esperando lograr seguridad permanente, nos mantenemos continuamente pre-ocupados.
Esta pre-ocupación es provocada por lo que en el budismo se conoce tradicionalmente como los tres venenos: la pasión, la agresividad y la ignorancia. Estas emociones conflictivas constituyen la energía básica de lo que cada quien asume como “yo”. Si sentimos que algo nos ayudará a sobrevivir, tratamos de atraerlo, mantenerlo o poseerlo. Eso es pasión.
Si pensamos que algo amenaza nuestra supervivencia, tratamos de evitarlo, intimidarlo o destruirlo. Eso es agresión. Si nos sentimos indiferentes, flojos o torpes, eso es ignorancia. Estas emociones aumentan hasta que su energía produce diferentes estilos de pre-ocupación: esos mundos alucinatorios en los que vivimos enfrascados conocidos en el budismo como “Los Seis Reinos de Existencia.”
Algunas veces creamos una existencia habitual en la cual todo es predecible, así que no hay necesidad de relacionarse con la inflexible cualidad del dolor. Esta actitud en particular describe lo que es conocido como el Reino Animal o vivir las experiencias con una conciencia que es como la de un animal. Este estilo de prisión está basado en la ignorancia. La cualidad de nuestra experiencia en este reino es la un cierto tipo de torpeza o falta de sentido de humor.
Al igual que los animales, somos esclavos de las estaciones, de los cambios de clima y de lo que nos rodea. Nosotros simplemente nos afanamos ignorando las implicaciones de nuestras experiencias y así nacemos, envejecemos y morimos; nuestros familiares, amigos y asociados vienen y se van; experimentamos decepción y logro pero nunca con entusiasmo; el día se vuelve noche, las semanas se vuelven meses, los meses se vuelven años. Tomamos todo literalmente porque tenemos miedo de especular respecto al significado de nuestra existencia.
Luego quizás soñamos acerca de otras posibilidades y nos sentimos atrapados por una sensación de hambre. Pensamos que nuestra predecible vida es demasiado limitada y deseamos descubrir un mundo más interesante y satisfactorio, pero nuestra búsqueda tiene ya consigo una sensación de hambre y llevamos esta sensación con nosotros doquiera que vamos. Este es el Reino de Los Espíritus Hambrientos, el cual es motivado por la pasión.
La noción de un espíritu en este caso, es la de un fantasma en un mundo que no lo es familiar. Nosotros estamos fuera de nuestro entorno y siempre buscando algo diferente. Lo que encontramos parece ser delicioso pero nunca llega a satisfacernos realmente. Sentimos que finalmente hemos encontrado un mundo delicioso, un mundo rico y tratamos de devorarlo.
La sensación de estar muriendo de hambre nos empuja a tratar de comer grandes cantidades, pero cuando lo hacemos devolvemos la comida por decirlo de alguna manera. Entonces volvemos a sentirnos hambrientos y tenemos que comer de nuevo.
No importa cuánto comamos o con cuánta frecuencia, no importa cuánta riqueza experimentemos, nada puede eliminar nuestra sensación de estar muriéndonos de hambre, nuestra sensación de pobreza existencial, y continuamos atrapados en la esperanza de alcanzar la satisfacción final.
Cuando los placeres sensuales prueban ser insatisfactorios, comenzamos a sentir que deberíamos trascender los problemas y limitaciones del deseo. Pensamos: “si yo llego al reino del pensamiento, de las ideas, al reino del intelecto, quizás pueda lograr una sensación de seguridad.
El placer filosófico no ayuda tanto, sin embargo, el placer espiritual pudiese brindar plenitud final. Quizás lo más sublime sería poder tener una mente que no pudiese ser perturbada, intocable, inamovible.”
Esos pensamientos son encantadores y de hecho muy excitantes. Nos volvemos entusiastas de la idea de que podríamos en efecto residir en un espacio celestial con disciplina, de que podríamos lograr bienaventuranza perenne convirtiéndonos en “un ser espiritual”. Toda la energía de nuestra búsqueda de seguridad ahora está canalizada en desarrollar un mundo mental sofisticado.
Nos pre-ocupamos con la contemplación de lo ilimitado del espacio y los principios cósmicos. Este es llamado el Reino de los Dioses. La experiencia en este reino está caracterizada por la concentración o la absorción, la cual es en verdad una forma más sutil de ignorancia. Concentrando nuestra mente creamos un cierto tipo de euforia o trance, nos hipnotizamos con nuestra propia energía mental, asumimos la postura de uno que conoce los cielos, de uno que está en completo contacto con el cosmos, experimentamos poder y estabilidad y sentimos que hemos alcanzado nuestro destino.
Sintiendo que hemos alcanzado el estado más elevado donde nada puede tocarnos, comenzamos a relajarnos creyendo que ya nunca tendremos que volver a luchar. Al principio se siente estupendo, pero luego de algún tiempo, notamos cierto cambio en la energía y comenzamos a sentirnos incómodos. Tratamos de adaptarnos al cambio, pero cualquier pequeño movimiento o desviación de esa sensación de estupenda existencia ilimitada es atemorizante.
Cuando el miedo surge en la pantalla comenzamos a dudar de nuestro logro y pensamos que quizás nos equivocamos totalmente. Entonces, comenzamos a perder confianza en nuestro poder para concentrarnos, nos invaden la paranoia y la agresividad y así entramos al Reino de los Dioses Celosos.
En este reino, a medida que nos volvemos más ansiosos y tristes, comenzamos a buscar en todas partes la causa de nuestra incomodidad, pero no podemos buscar en todas partes al mismo tiempo y eso aumenta aún más nuestra paranoia y nuestra sensación de estar siendo victimizados. Nos volvemos altamente defensivos y sentimos que no debemos dejar que nadie vea que hemos caído de nuestro alto asiento, de nuestro estado de gracia.
Tratamos de actuar relajadamente, pero nos sentimos total y completamente irritados por la constante presión por asegurarnos nuestro mundo y mantener nuestro secreto. Ya no tenemos ningún tipo de compostura y responsabilizamos a otros de nuestra desgracia. Sentimos celos de cualquiera que parezca estar mejor que nosotros.
Estamos seguros de que existe algún conocimiento mayor que resolvería nuestros problemas, pero al mismo tiempo sentimos que nos estamos hundiendo más y más rápido desde las alturas y cada vez nos asustamos más y más.
Eventualmente llegamos a sentirnos tan asustados que nuestra vida se vuelve una pesadilla. Todos y cada uno de los seres que nos encontramos nos parecen horripilantes. Nuestro miedo se torna tan exagerado que aún una simple experiencia de los sentidos se vuelve extremadamente amenazadora y dolorosa, es como si un trago de agua se volviese veneno; como si un día soleado y agradable se volviese insoportablemente cálido.
El mundo se vuelve una completa y total amenaza. Hemos descendido al Reino del Infierno el cual está marcado por una continua rabia y desprecio. Parece que no hay salida. De hecho, mientras más escapamos, más tortuosa se vuelve la pesadilla.
En todos los cinco reinos de existencia que se han descrito, nunca vemos la causa de nuestro constante dolor. Nuestro estado mental es tan sólido que no estamos ni siquiera conscientes de que estamos confundidos. Es tan sólo en uno de los seis reinos de existencia, en el Reino Humano, que podemos experimentar cualquier posibilidad de liberación de nuestra interminable prisión en los reinos alucinatorios.
La posibilidad surge cuando hay un alto o una ruptura en la intensidad de nuestro sufrimiento. Esa ruptura nos permite vislumbrar la confusa naturaleza de nuestra existencia, nos permite relacionarnos con nuestro dolor.
En términos de lógica convencional, cuando descubrimos el sufrimiento esperamos que haya una alternativa. En términos de las enseñanzas del Buda, ya que el sufrimiento está presente en la existencia samsárica, nosotros nos damos cuenta de ello y realizamos que debemos examinarla a fondo. Esa oportunidad de hacerlo surge sólo en el reino humano. El reino humano es el único reino en el cual podemos deshacer el nudo de la confusión y lograr la liberación. Las enseñanzas budistas hablan acerca de la existencia humana como “preciosa” porque provee la base de trabajo para ese logro.
Cada forma de existencia o “reino”, está marcado por el predominio de una emoción neurótica particular.
La emoción neurótica del reino humano es el deseo, pero es una forma de deseo menos afectado por la pobreza que el asociado con el reino de los espíritus hambrientos. El deseo del reino humano es ansia en vez de hambre. Ansia que nos lleva a buscar el camino espiritual.
Como seres humanos nosotros generalmente creemos que el deseo es bueno, saludable y de hecho esencial. Pensamos que si estuviéramos sin deseo dejaríamos de existir. Corrientemente, el deseo implica la posibilidad de logro, de poseer el objeto de nuestro deseo, pero en verdad, mientras haya deseo no puede haber logro porque en el fondo, alcanzar nuestras metas nunca nos satisface plenamente.
Esto se debe a que el objeto del deseo siempre es una proyección del ‘yo’ y por lo tanto no es esencialmente verdadero. Cuando comenzamos a darnos cuenta de esto, nos decepcionamos. Nuestra decepción se torna tan vívida que nos sentimos disgustados con nuestra confusa existencia y somos arrastrados a mirar más a fondo dentro de nuestras vidas. Comenzamos cuestionando si el tratar de satisfacer nuestros deseos es todo lo que hay en la vida.
Nos preguntamos a nosotros mismos ¿cuál es el significado de la vida? ¿Qué es lo que estoy haciendo? ¿Hacia dónde voy? No importa cuan exitosos hayamos sido en nuestras actividades. Si tenemos la honestidad de penetrar la apariencia, la apariencia externa de nuestra vida, nos damos cuenta de cuan desdichados somos.
Aún cuando nuestros sentimientos de disgusto y desdicha son irritantes y dolorosos, al mismo tiempo son claramente auspiciosos pues ellos nos empujan a buscar el camino espiritual y nos permiten ir más allá de nuestras preocupaciones y auto-engaños. En los otros reinos de existencia no hay posibilidad de duda inteligente, no hay posibilidad de pensar: ¿Tiene que ser así? ¿Será posible que yo esté viéndolo todo de manera equivocada?
La intensidad del dolor en esos reinos es tan sobrecogedora que no hay un alto en la experiencia, no hay tiempo para preguntarnos o tratar de ver qué es lo que está pasando. Los patrones habituales de comportamiento son tan vívidos y claustrofóbicos que nunca se nos ocurre pensar en buscar la liberación.
Sólo en el reino humano podemos nosotros concebir tal pensamiento y ese pensamiento surge de la experiencia de la decepción.
Al llegar a ese punto podemos escuchar las enseñanzas del Buda y así el deseo del reino humano se convierte en una herramienta útil para lograr la liberación. Sin ese anhelo, solamente por haber nacido en el reino humano, no lograremos la iluminación. Nuestra existencia viene a ser simplemente otra etapa de nuestro continuo recorrido a través de los seis reinos.
Cesación es el fin de la lucha y de la confusión. La disciplina primordial de este camino que conduce a la cesación es la práctica de la meditación. Este camino fue practicado por el mismo Buda y ha sido transmitido de tiempo en tiempo hasta hoy día. Ha sido transmitido de maestro a discípulo a través de siglos en forma ininterrumpida y sin corrupción. Escuchando, contemplando y practicando las enseñanzas del Buda, comienza a crecer la confianza en nosotros mismos.
Esta confianza no es fe ciega basada en la ignorancia o en una creencia deseada. Es el comienzo de una verdadera convicción basada en la experiencia personal. Comenzamos a apreciar verdaderamente la “preciosidad” de nuestro nacimiento humano.
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