Pema Chodrön
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2007
Cuando hablamos de compasión, generalmente nos referimos a trabajar con los que son menos afortunados que nosotros. Como tenemos una buena educación, buena salud y más oportunidades que otros, deberíamos mostrarnos compasivos hacia los que no tienen nada de esto. Pero cuando trabajamos con las enseñanzas sobre el despertar de la compasión y la ayuda a los demás, nos damos cuenta de que la acción compasiva tiene tanto que ver con el trabajo sobre nosotros mismos, como con el trabajo con los demás.
La acción compasiva es una de las prácticas más avanzadas, porque no hay nada más avanzado que relacionarse con uno mismo y con los demás. No hay nada más avanzado que la comunicación, la comunicación compasiva. Relacionarnos compasivamente con los demás es un desafío.
Comunicar verdaderamente de corazón y estar por alguien -por nuestro hijo, esposa, padre, cliente, paciente, o los “sin techo”- implica no cerrarnos a esa persona y eso significa fundamentalmente no cerrarnos a nosotros mismos. Es decir, permitirnos sentir lo que estamos sintiendo sin retirarnos. También significa aceptar todos los aspectos de nosotros mismos, incluso los que no nos gustan. Actuar así requiere de “apertura”, que en el budismo suele recibir el nombre de vacuidad: no fijarnos ni aferrarnos a nada.
Sólo podemos reconocer lo que estamos sintiendo en un espacio abierto y libre de juicio. Sólo en un espacio abierto en el que no nos sentimos atrapados en nuestra propia versión de la realidad podemos ver, oír y sentir quiénes son realmente los demás, lo que nos permite estar con ellos y comunicar adecuadamente.
Hace poco estuve hablando con un hombre que ha estado viviendo en las calles los últimos cuatro años. Nadie le mira ni le habla nunca. Quizás algunas personas le dan algo de dinero, pero nadie le mira a los ojos y le pregunta cómo está.
La sensación de que no existe para los demás, la sensación de soledad y de aislamiento es intensa. Él me recordó que la esencia del discurso y de la acción compasiva es estar ahí para los demás, sin retirarnos ante el horror, el miedo o la ira que podamos sentir.
Ser compasivos es un orden de cosas muy elevado. Todos estamos relacionándonos cada día de nuestra vida, pero especialmente si somos personas que queremos ayudar a los demás -a la gente que tiene cáncer, a la gente que tiene SIDA, a las mujeres o niños abusados, a los animales abusados, a cualquiera que sienta dolor- percibimos rápidamente que la persona a la que tratamos de ayudar puede activar asuntos que aún no hemos resuelto con nosotros mismos.
Aunque queremos ayudar, y quizás lo hagamos durante unos días o meses, antes o después alguien atraviesa la puerta y pulsa todas nuestras teclas. Nos descubrimos odiando a esas personas, teniendo miedo de ellas o sintiendo que no podemos manejarlas.
Si somos sinceros en nuestro deseo de ayudar a los demás, esto es algo que siempre acaba ocurriendo. Antes o después todos nuestros asuntos pendientes salen a la superficie y tenemos que confrontarnos con nosotros mismos.
Roshi Bernard Glassman es un profesor zen que dirige un proyecto para los vagabundos sin hogar en Yonkers, New York. La última vez que le escuché comentó algo que me dejó impactada: dijo que en realidad no hace ese trabajo para ayudar a los demás; lo hace porque siente que aproximarse a las áreas de la sociedad que había rechazado es lo mismo que trabajar con las áreas de sí mismo que había rechazado.
Aún cuando su propuesta está dentro del pensamiento budista habitual, resulta difícil ponerla en práctica. Incluso es difícil entender que lo que rechazamos ahí fuera es lo que rechazamos en nosotros mismos y que lo que rechazamos en nosotros es lo que vamos a rechazar ahí fuera. Pero, en esencia, así es como son las cosas. Si nos parece imposible trabajar sobre nosotros mismos y renunciamos a ello, nos parecerá imposible trabajar sobre los demás y también renunciaremos.
Odiaremos en los demás lo que odiamos en nosotros mismos y sentiremos compasión por los demás en la medida en que la sentimos por nosotros mismos.
Sentir compasión empieza y termina en la compasión que sentimos por todas las partes no deseadas de nosotros mismos, por todas esas imperfecciones que ni siquiera queremos mirar. La compasión no es una especie de proyecto o ideal de mejoramiento personal que estamos tratando de llevar a cabo.
La enseñanza mahayana, conocida también como el <gran vehículo> presenta una visión basada en la vacuidad, la compasión y el reconocimiento de la universalidad de la naturaleza de Buda, hay un dicho que dice: “Dirige toda la responsabilidad hacia ti mismo”. La esencia de esto es: “Si algo me duele mucho es porque me estoy aferrando muy intensamente”. No quiere decir que debamos golpearnos a nosotros mismos, no aboga por el martirio. Lo que indica es que el dolor procede del apego a hacer las cosas a nuestro modo y que cuando nos sentimos incómodos porque estamos en un lugar o situación en la que no queremos estar, una de las principales salidas que tomamos es culpar a alguien o algo.
Generalmente erigimos una barrera que nos impide comunicarnos de manera genuina con los demás y la fortificamos con nuestras ideas sobre quién tiene razón y quién no. Es algo que hacemos con las personas cercanas, con los sistemas políticos y con todo lo que no nos gusta de nuestros asociados o de la sociedad.
Culpar a los demás es una herramienta muy común, antiquísima y muy perfeccionada con la que tratamos de sentirnos mejor. Culpar es una forma de proteger nuestros corazones, de proteger lo suave, lo abierto y lo tierno que hay dentro de nosotros. En lugar de adueñarnos de nuestro propio dolor, lo que hacemos es tratar de ponernos cómodos.
El mencionado decir es interesante porque nos sugiere que podemos empezar a cambiar nuestra arraigada, antigua y habitual tendencia a tenerlo todo en nuestros propios términos. La forma de hacerlo es que en cuanto percibamos la tendencia a culpabilizar a otros, veamos la sensación que nos produce estar tan apegados a nosotros mismos.
¿Qué sensación nos produce culpar? ¿Qué sensación nos produce rechazar? ¿Qué sensación nos produce odiar? ¿Qué sensación nos produce sentirnos indignados? En cada uno de nosotros hay mucha suavidad, mucho corazón. El punto de partida tiene que ser conectarnos con ese lugar delicado, de eso trata la compasión. Cuando dejamos de culparnos el tiempo suficiente como para concedernos un espacio abierto en el que sentir nuestra delicadeza, es como si nos inclinásemos a tocar la gran herida que está justo debajo de la concha protectora que construye la culpa.
Algunas palabras budistas como compasión y vacuidad no significan gran cosa hasta que empezamos a cultivar nuestra capacidad innata de estar ahí en compañía del dolor, con el corazón abierto y la voluntad de no tratar de ponernos inmediatamente un suelo bajo los pies. Por ejemplo, si sentimos rabia, habitualmente asumimos que sólo tenemos dos formas de relacionarnos con ella. Una es culpar a terceros, cargárselo a otros, dirigir la culpa hacia todos los demás. La otra alternativa es culparnos a nosotros mismos por la rabia que sentimos.
Culpar es una manera de solidificarnos, de aferrarnos a algo. Cuando algo está <mal>, no sólo solemos señalar con el dedo, sino que insistimos en que las cosas estén <bien>. En cualquier relación permanente, sea el matrimonio, la paternidad, la relación laboral, la pertenencia a una comunidad espiritual o cualquier otra, es muy posible que nos descubramos queriendo <mejorarla>, porque nos sentimos un poco nerviosos. Quizás esa relación no está respondiendo a nuestras expectativas, por eso la justificamos, la seguimos justificando y tratamos de que sea excelente.
Decimos a todo el mundo que nuestro esposo o esposa, hijo, profesor o grupo de apoyo está haciendo algún tipo de acción antisocial por muy buenas razones espirituales. O salimos con alguna creencia dogmática a la que nos aferramos para poder contar con un suelo bajo nuestros pies. Sentimos que tenemos que hacer las cosas bien según nuestros criterios. Si no podemos continuar con una situación dada, la tiramos por la borda y la demonizamos porque pensamos que esa es nuestra única alternativa. Las cosas han de estar bien o mal.
Y empezamos con nosotros mismos. Nos juzgamos acertados o equivocados cada día, cada semana, cada mes y cada año de nuestra vida. Hemos de tener la razón para poder sentirnos bien con nosotros mismos y no queremos estar equivocados porque nos sentiríamos mal. Sin embargo, podríamos ser más compasivos con esas partes de nosotros.
Cuando tenemos razón, podemos observar la sensación que eso nos produce porque es agradable. Estamos seguros de tener razón y podemos acudir a muchas otras personas que nos lo confirmen. Pero supongamos que alguien no está de acuerdo con nosotros, ¿qué ocurre? ¿Nos deprimimos y enfadamos? Si observamos la sensación de ira o agresividad podemos ver que ése es el material del que están hechas las guerras y los altercados interraciales: esa sensación de que debemos tener la razón, de sentirnos excluidos e indignados cuando alguien está en desacuerdo con nosotros.
Por otro lado, también podemos observar el momento en que nos sentimos mal, estamos convencidos de estar equivocados y cada vez es más firme la certeza de que estamos equivocados. Toda esa cuestión de tener razón o estar equivocados nos cierra y hace que nuestro mundo sea más pequeño.
Querer que las situaciones y relaciones sean sólidas, permanentes y aprehensibles no hace más que oscurecer el núcleo de la cuestión, que es que las cosas carecen básicamente de fundamento. En lugar de juzgar si los demás tienen razón o no, o de guardarnos el juicio adentro, existe el camino medio, un camino que es muy poderoso. Podemos considerar que es como caminar por el filo de la navaja sin caerse.
Este camino medio implica no apegarnos tanto a nuestra propia versión de las situaciones. Implica mantener nuestros corazones y mentes lo suficientemente abiertos como para pensar que cuando nos equivocamos lo hacemos porque deseamos contar con algún tipo de base o seguridad.
Así mismo, cuando hacemos las cosas bien, seguimos tratando de buscar cierta base o seguridad. ¿Son nuestro corazón y nuestra mente lo suficientemente grandes como para mantenerse suspendidos en ese espacio en el que no estamos totalmente seguros de quién tiene razón y quién está equivocado? ¿Podemos prescindir de un plan previo cuando vamos a dialogar con otra persona, podemos permitirnos no saber qué decir y no juzgar si la otra persona tiene razón o se equivoca? ¿Podemos ver, oír y sentir a los demás tal como son?
Esta práctica es muy poderosa porque pronto nos descubriremos corriendo de aquí para allá tratando de encontrar una seguridad, de decidir si tenemos razón o no, o si la tienen los demás.
Se trate de nosotros mismos, de nuestros amantes, jefes, hijos, de un personaje local o de la situación política, es más arriesgado y real no apartar a nadie de nuestro corazón y no convertir a los demás en enemigos. Si empezamos a vivir así, descubriremos que en realidad no hay manera de que las cosas estén completamente acertadas o equivocadas porque son mucho más juguetonas y resbaladizas que eso.
Todo es ambiguo; todo está cambiando continuamente y en una situación dada siempre hay tantas opiniones como personas. Tratar de encontrar la razón y la equivocación “absolutas” es una especie de truco que nos hacemos a nosotros mismos para poder sentirnos seguros y cómodos.
Esto nos lleva a un asunto subyacente que es muy importante: ¿Cómo vamos a cambiar las cosas? ¿Qué vamos a hacer para que haya menos agresión en el mundo? Después podemos llevarlo a un nivel más personal: ¿Cómo aprendo a comunicarme con alguien que me está haciendo daño o que está haciendo daño a muchas otras personas? ¿Cómo hablo con alguien para que pueda ocurrir el cambio?
¿Cómo comunico para que se abra el espacio y para que ambos podamos encontrarnos en esa especie de inteligencia básica que todos compartimos? ¿Cómo comunicarme en un encuentro potencialmente violento para que ninguno de nosotros se ponga más agresivo y furioso? ¿Cómo me comunico de corazón para que una situación atascada pueda ventilarse? ¿Cómo puedo comunicar para que los asuntos que parecen congelados, intratables y eternamente agresivos comiencen a suavizarse y pueda darse algún intercambio compasivo?
Bien, la manera de empezar es estando dispuestos a sentir lo que nos está ocurriendo. Se empieza estando dispuesto a mantener una relación compasiva con las partes de nosotros mismos que no consideramos dignas de vivir en este planeta.
Si durante la meditación estamos dispuestos a tomar conciencia no sólo de lo que nos resulta cómodo sino también de lo doloroso, incluso si sólo aspiramos a permanecer despiertos y abiertos a lo que estamos sintiendo y a reconocerlo lo mejor que podamos en cada momento, entonces algo empieza a cambiar.
La acción compasiva, estar ahí para los demás, ser capaz de hablar y de actuar de manera comunicativa, empieza por ver cuándo nos damos la razón o nos la quitamos. En ese punto concreto podemos considerar el hecho de que hay una alternativa más amplia que esa disyuntiva, un lugar más tierno y tembloroso en el que podemos vivir.
Si podemos contactar con ese lugar, nos ayudará a abrirnos más a cualquier cosa que sintamos, abrirnos en lugar de cerrarnos. Descubriremos que a medida que nos comprometemos con esta práctica, a medida que aceptemos y celebremos los aspectos de nosotros mismos que antes nos resultaban tan imposibles, algo cambiará en nosotros. Nuestros antiguos hábitos y patrones empezarán a suavizarse y podremos ver los rostros y oír las palabras de las personas que nos hablan.
Si contactamos con lo que estemos sintiendo con cierta bondad, nuestros caparazones protectores empezarán a disolverse y veremos que hay más áreas trabajables en nuestra vida. A medida que aprendemos a sentir compasión por nosotros mismos, el círculo de la compasión por los demás -las personas y cosas con las que podemos trabajar, y los mismos métodos de trabajo- se amplía.
Que nuestra sincera motivación y esfuerzos
contribuyan a liberar del sufrimiento
a todos los seres sin excepción alguna.