La esencia del coraje

                                 Encontrando al enemigo

                              Pema Chodron 

                           Traducción y edición: María Mercedes Márquez

                                                          Caracas, 2007

 

 

La esencia de la valentía consiste en no engañarse a sí mismo, sin embargo, no es fácil mirar de frente lo que hacemos. Vernos a nosotros claramente es, para comenzar, desagradable y embarazoso.  A medida que nos entrenamos en la claridad y la constancia vemos cosas que preferiríamos negar –nuestra tendencia a juzgar, nuestra arrogancia y mezquindad.  Estos no son “pecados” sino “hábitos mentales temporales” que podemos trabajar.  Mientras más los llegamos a conocer, menos poder tienen. Así es como desarrollamos la confianza de que nuestra naturaleza básica es  absolutamente simple y libre de conflictos entre bueno y malo.  

El guerrero(a) comienza por asumir responsabilidad por la dirección de su vida.  Es como si estuviésemos deshaciéndonos de equipaje innecesario.  Nuestro entrenamiento nos incentiva a abrir las maletas y mirar de cerca lo que estamos llevando con nosotros.  Al hacerlo comenzamos a entender que mucho de eso ya no es necesario. 

Existe una enseñanza tradicional que nos apoya en este proceso: los enemigos cercanos y lejanos de las cuatro cualidades ilimitadas.  El enemigo cercano es algo similar a una de estas cuatro cualidades: en lugar de liberarnos, más bien nos aprisiona.  El enemigo lejano es lo opuesto de la cualidad: también se interpone en nuestro camino. 

El enemigo cercano o tergiversación de la gentileza-amorosa es el apego.  Existe un término tibetano, Lhenchak, que lo describe muy bien.  “Lhenchak” apunta a como el amor –que esencialmente fluye con libertad- puede desviarse y atascarse.  Se enseña que el lhenchak más fuerte sucede en las siguientes tres relaciones: entre padres e hijos, entre amantes y entre maestros espirituales y sus estudiantes.

Lhenchak se caracteriza por el aferramiento y el involucramiento.  Es como conducirnos a nosotros mismos a una red de neurosis compartidas, y por su propia naturaleza, inhibe el crecimiento humano.  Inevitablemente, la relación lhenchak se convierte en fuente de irritación y ceguera.  La gentileza-amorosa es diferente del lhenchak principalmente porque no está basada en la necesidad.  Es genuina apreciación e interés por el bienestar de otra persona, un respeto por el valor del individuo. 

Podemos amar a alguien por lo que es, no porque es valioso o no lo es, no porque es amoroso hacia nosotros o no.  Esto va más allá de las relaciones con la gente.  Al amar incluso a una flor sin lhenchak, la vemos con más claridad y sentimos más ternura por su inherente perfección.

Cuando comenzamos a movernos a través de las siete etapas de aspiración, nos topamos con un interesante golpe sobre la montaña rusa emocional de lhenchak.  Alguien quien es teóricamente muy querido por nosotros puede terminar en varias categorías.  De hecho, con frecuencia no son nuestros padres ni nuestra pareja a quienes colocamos en la categoría de seres amados incondicionalmente.  Ellos se movilizan día a día, de amados a personas difíciles. 

El enemigo lejano o lo opuesto a la gentileza amorosa es el odio o la aversión.  La obvia retirada de la aversión consiste en que nos aísla de los demás.  Fortalece la ilusión de que somos separados.  Sin embargo, justo en medio de la estreches y el calor del odio se encuentra el punto suave de la bodhichitta.  Es nuestra vulnerabilidad en los encuentros difíciles la que causa que nos cerremos.  Cuando una relación hace que surjan viejos recuerdos y malestares remotos, nos volvemos temerosos y endurecemos nuestros corazones.  Justo en el momento en que las lágrimas pudiesen llegan a nuestros ojos, nos apartamos y hacemos algo mezquino, despreciable.

Jarvis Masters, mi amigo en la fila de la muerte, me cuenta la historia de un compañero de celda llamado Freddie quien comenzó a desmoronarse cuando se enteró de la muerte de su abuela.  El no quería que los otros hombres a su alrededor lo vieran llorar y luchar por lograr que su dolor no se notara.  Sus amigos se dieron cuenta que estaba a punto de explotar y se le acercaron para consolarlo. 

Luego Freddie comenzó a balancearse violentamente.  Los guardias de la torre comenzaron a disparar y gritar para que los amigos de Freddie se apartaran, pero no lo hicieron.  Ellos sabían que tenían que calmarlo.  Gritaron a los guardias que a Freddie le estaba pasando algo y que necesitaba ayuda.  Agarraron a Freddie y los mantuvieron abajo y cada uno de ellos acabó llorando.  Jarvis dice que ellos se le acercaron a Freddie “no como endurecidos prisioneros, sino como simples seres humanos”. 

Existen tres enemigos cercanos de la compasión: la lástima, la compasión abrumadora y la compasión idiota. La lástima o calor profesional es fácilmente confundido por verdadera compasión. 

Cuando nos identificamos a nosotros mismos como el que ayuda, eso significa que vemos a los demás como desvalidos.  En vez de sentir el dolor de la otra persona, nos ubicamos aparte.  Si alguna vez hemos estado al final de la lástima, sabemos cuan doloroso se siente.  En lugar de calidez y apoyo lo que sentimos es distancia.  Con verdadera compasión, estas identidades –ya sean ascendentes o descendentes- son puestas al descubierto. 

El sentirse abrumado constituye una especie de sensación de desamparo.  Sentimos que hay tanto sufrimiento –que lo que hacemos no parece ser gran cosa.  Nos descorazonamos.  He encontrado dos maneras efectivas para trabajar con esto.  Una consiste en que  debemos entrenarnos con un objetivo que no nos exija mucho reto a fin de encontrar una situación que podamos manejar. 

Una mujer me escribió que cuando leyó acerca de estas prácticas compasivas, se sintió inspirada a hacerlas por su hijo quien es adicto a la heroína.  Naturalmente ella anhelaba que el se liberara de este sufrimiento y sus causas.  Deseaba naturalmente que el encontrase alivio y felicidad, pero cuando comenzó a practicar se dio cuenta que no podía hacerlo.  Tan pronto entraba en contacto con la verdad de la situación de su hijo, esto la abrumaba. 

Decidió entonces hacer más bien tonglen y las aspiraciones por los familiares de todos los jóvenes adictos a la heroína.  Trató y tampoco pudo hacerlo.  La situación era muy cruda y atemorizante.  Por esa fecha, ella encendió el televisor y allí estaba el equipo de football de su ciudad natal, quienes acababan de perder un juego. Podía ver el descorazonamiento en sus rostros, de modo que comenzó a hacer tonglen y las aspiraciones compasivas por el equipo perdedor.  Ella pudo entrar en contacto con su genuina empatía sin sentirse abrumada.  Una vez que hacer las prácticas se hizo posible, sus temores y su sensación de desamparo disminuyeron. 

Gradualmente pudo hacer la transición a practicar por las otras familias y finalmente por su hijo.  De  modo que comenzar con algo que nos resulte fácil de trabajar puede ser una magia muy poderosa.  Una vez que encontramos el lugar donde nuestro corazón puede involucrarse, la compasión comienza a expandirse por sí misma.

La segunda forma de entrenarnos con la sensación de sentirnos abrumados consiste en mantener nuestra atención sobre la otra persona.  Esto exige más coraje. 

Cuando el dolor en otra persona activa el temor en nosotros, por lo general nos volcamos hacia dentro y comenzamos a levantar paredes.  Entramos en pánico porque sentimos que no podemos manejar el dolor.  Algunas veces debemos confiar en este pánico como señal de que aún no estamos listos para abrirnos tanto, pero otras veces, en lugar de cerrarnos o resistirnos, pudiésemos tener el coraje para hacer algo impredecible como orientar nuestra atención de vuelta hacia la otra persona. 

Esto es lo mismo que mantener nuestro corazón abierto al dolor.  Si no podemos dirigir nuestra atención, quizás podamos sentir la energía del dolor en nuestro cuerpo durante un segundo sin asustarnos ni replegarnos, pero  si nada de esto es posible aún, tratamos de generar alguna compasión hacia nuestras propias limitaciones actuales y seguimos adelante.

El tercer enemigo cercano de la compasión es la compasión idiota, esto es, cuando evitamos el conflicto y protegemos nuestra buena imagen mostrándonos amables, cuando deberíamos decir un tajante “no”.  La compasión no solamente implica tratar de ser buenos.  Cuando nos encontramos a nosotros mismos en medio de una relación agresiva, necesitamos establecer límites muy definidos.  La cosa más bondadosa que podemos hacer por todos los implicados es saber cuando decir “es suficiente”. 

Muchas personas utilizan los ideales budistas para justificar la propia degradación.  Nos decimos que no queremos cerrar nuestro corazón y entonces permitimos que la gente nos pisotee.  Se dice que, a fin de no romper nuestro voto de compasión, tenemos que aprender cuando trazar una línea y ponerle fin a la agresión.  Hay momentos en que la única manera de derrumbar las barreras consiste en establecer límites.

El enemigo lejano o lo opuesto a la compasión es la crueldad.  Cuando alcanzamos el límite de cuánto sufrimiento podemos asumir, algunas veces utilizamos la crueldad como defensa contra nuestro temor al dolor.  Esto es algo común para alguien que ha sido abusado cuando niño. 

En lugar de sentir bondad hacia aquellos que son débiles e indefensos, nosotros podemos sentir un deseo irracional de hacerles daño.  Protegemos nuestra vulnerabilidad y temor endureciéndonos.  Si no lo reconocemos nos hacemos tanto daño a nosotros como a los demás y nunca nos liberaremos.  Alguien dijo una vez: “No permitas que ningún hombre te arrastre tan bajo como para hacer que llegues a odiarlo”.  La crueldad nos destruye cuando es racionalizada o no es reconocida.

El enemigo cercano de la alegría es la sobre excitación.  Buscando la alegría incondicional, podemos agitarnos y conducirnos a un estado maníaco lleno de errores cabalgando por encima de los pesares del mundo.  Una vez más, en vez de conectarnos con los demás, esto nos separa. La auténtica alegría no consiste en un estado eufórico o una sensación de estar elevados.  Más bien, se trata de un estado de apreciación que nos permite participar de manera total en nuestras vidas.  Nos entrenamos en regocijarnos en la buena fortuna de nosotros mismos y la de otros. 

El enemigo lejano de la alegría es la envidia.  Hasta que me involucré en trabajar con la práctica de regocijarme en la buena fortuna de otros, nunca me había dado cuenta de que podía ser tan envidiosa.  Decir que esto contribuyó a que me volviera más humilde no es suficiente.  Yo estaba impresionada de ver con cuanta frecuencia reaccionaba con resentimiento ante el éxito o la felicidad de otros. 

Cuando escuché que el libro de un conocido había vendido más copias que el mío, instantáneamente sentí envidia.  Quizás se deba a que estas prácticas exponen nuestras faltas ocultas -por lo que algunas veces evitamos hacerlas- pero al mismo tiempo, esa es una razón por la que continuamos entrenándonos: requiere práctica permanecer con nosotros tal cual somos, en nuestra totalidad. 

El enemigo cercano de la ecuanimidad es el alejamiento o indiferencia.  Especialmente en la práctica espiritual, es muy fácil confundir como genuina ecuanimidad la actitud de mantenerse como suspendido por encima de los imprevistos de la vida.  Somos amigables, abiertos, serenos y orgullosos de que hemos transcendido los altibajos emocionales. 

Si sentimos angustia, vergüenza o rabia, sentimos que hemos realmente fracasado.  Sin embargo, experimentar altibajos emocionales no es un “error” espiritual, es más bien el lugar donde el guerrero aprende compasión, donde aprendemos a dejar de luchar contra nosotros mismos.  Es sólo cuando podemos mantenernos en estos lugares que nos asustan, que la ecuanimidad se vuelve inquebrantable. El enemigo lejano de la ecuanimidad es el prejuicio.  Nos volvemos conscientes de nuestra rectitud hacia nuestras creencias y nos enfrentamos sólidamente contra o para otros. 

Nos parcializamos.  Nos cerramos mentalmente.  Ahora tenemos enemigos.  Esta polarización constituye un obstáculo para la genuina ecuanimidad que informa a la acción compasiva. Si deseamos aliviar la injusticia y el sufrimiento, tenemos que hacerlo con una mente libre de prejuicios.  Las prácticas del corazón nos preparan para familiarizarnos inmediatamente con los enemigos cercanos y lejanos.  Nuestro entrenamiento es casi como invitarlos a que nos visiten.  A medida que nos acercamos a nuestra genuina habilidad para regocijarnos, llegamos a conocer nuestros celos y resentimientos. 

A medida que comenzamos a entrenarnos en abrir nuestros corazones  vemos más de cerca al prejuicio y la indiferencia. Cuando atravesamos las etapas de aspiración, estos sentimientos encerrados se vuelven cada vez más vívidos.  Estos enemigos son buenos maestros que nos muestran que podemos aceptarnos a nosotros mismos y a los demás completamente, con imperfecciones.  Desarrollamos confianza en nuestra mente abierta y libre de resentimientos.  Al hacerlo, descubrimos la fortaleza que nos permite adentrarnos en el sufrimiento del mundo. 

El perdonar es un ingrediente esencial de la práctica de la bodhichitta.  Nos permite desprendernos del pasado y comenzar desde cero.  Cuando una íntima amiga mía estaba muriendo, un maestro tibetano le dijo que repasara su vida con honestidad y compasión.  Este proceso la llevó a algunos lugares bastante oscuros, esquinas de su mente donde ella se encontraba estancada en culpa y resentimiento. Luego el maestro la instruyó en perdonar, diciéndole que lo más importante que debía hacer era perdonarse a sí misma.  El sugirió que ella hiciese una variante de la práctica de tonglen.

Ella debía comenzar por visualizarse a sí misma y luego intencionalmente hacer emerger todo aquello que lamentaba en su vida.    Lo importante no consistía en quedarse con los recuerdos dolorosos sino entrar en contacto con los sentimientos subyacentes al dolor: culpa o vergüenza, confusión o remordimiento.  Los sentimientos no tenían por qué ser nombrados; ella debía contactar el estancamiento de manera no verbal. 

El siguiente paso consistía en inspirar estos sentimientos hacia su corazón, abriéndolo tanto como le fuese posible, y luego, al expirar, enviarse perdón a sí misma.  Después de eso, ella debería pensar en los demás sintiendo la misma angustia e inspirar su dolor y el de ella hacia su corazón y enviar perdón a todos.  Mi amiga encontró que esto constituía un proceso curativo.  Le permitía hacer las paces con aquellos a quienes había herido y los que la habían herido a ella.   Pudo finalmente desprenderse de su vergüenza y su rabia antes de morir. 

Una mujer que vino a Gampo Abbey para un retiro de tonglen había sufrido severo abuso sexual por parte de su padre.  Ella se identificaba fuertemente con los pájaros enjaulados; me dijo que con frecuencia se sentía como un ave en una jaula.  Durante tonglen, ella inspiraría la sensación de ser pequeña y estar enjaulada; en la expiración ella abriría la puerta y dejaría que todos los pájaros salieran. 

Un día, mientras estaba inspirando y expirando en esta forma, ella experimentó que uno de los pájaros salía volando y se posaba sobre los hombros de un hombre.  Luego el hombre se dio la vuelta y ella pudo ver que era su padre.  Por primera vez en su vida ella pudo perdonarlo.  Parece ser que el perdonar no puede forzarse.  Sin embargo, cuando somos lo suficientemente valientes como para abrir nuestro corazón a nosotros mismos, emergerá el perdón.

Hay una práctica muy sencilla que podemos hacer para cultivar el perdón.  En primer lugar, reconocemos lo que sentimos –vergüenza, venganza, torpeza, remordimiento.  Luego nos perdonamos a nosotros mismos por ser humanos.  Posteriormente, en el espíritu de no permitir que se haga presente el dolor, nos desprendemos y comenzamos desde cero.  Ya no tenemos por qué llevar esa carga con nosotros. 

Podemos reconocer, perdonar y comenzar de nuevo.  Si practicamos de esta manera, poco a poco aprenderemos a permanecer con el sentimiento del remordimiento por habernos hecho daño a nosotros y a otros.  También aprenderemos a perdonarnos a nosotros mismos.  Eventualmente, a nuestro propio ritmo, encontraremos incluso nuestra capacidad para perdonar a aquellos que nos han hecho daño.

Descubriremos el perdón como una expresión natural del corazón abierto, una expresión de nuestra bondad fundamental.  Este potencial es inherente a todo momento.  Cada momento es una oportunidad para comenzar de cero.