La actividad del Bodhisattva

La actividad del bodhisattva

Pema Chodrön

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Caracas, 2007

 

 

Así como los budas del pasado hicieron posible que naciera en ellos la bodhichitta y progresivamente se dedicaron al entrenamiento propio de los bodhisattvas, de la misma manera, yo también y para beneficio de todos los seres, propiciaré el nacimiento de la bodhichitta y progresivamente me entrenaré en esa disciplina.

                                                                                            Shantideva

Pocos de nosotros nos sentimos satisfechos con retirarnos del mundo y simplemente trabajar en nosotros mismos; queremos que nuestro entrenamiento se manifieste y sea de beneficio.  Por lo tanto, el guerrero-bodhisattva hace el voto de despertar no sólo por sí mismo, sino para el beneficio de todos los seres. 

Existen seis actividades tradicionales en las que se entrena el bodhisattva, seis formas de vida compasiva: la generosidad, la disciplina, la paciencia, el esfuerzo entusiasta, la meditación y prajna, la sabiduría incondicional.  Tradicionalmente, estas son llamadas “Las Seis Paramitas”, una palabra sánscrita que significa “que ha llegado a la otra orilla”.  Cada una constituye una actividad que podemos utilizar para ir más allá de la aversión y el apego, más allá de nuestro egocentrismo, más allá de la ilusión de separatividad.  Cada paramita tiene la habilidad de llevarnos más allá de nuestros temores de abandonar nuestros apegos.  

A través del entrenamiento en las paramitas, aprendemos a encontrarnos cómodos en medio de la incertidumbre.  Cruzar a la otra orilla tiene una cualidad de ausencia de puntos de referencia, una sensación de estar atrapados en el medio, estar atrapados en un estado intermedio. 

Nos introducimos en una balsa en esta orilla donde estamos luchando con nociones de correcto e incorrecto, ocupados solidificando la ilusión de una base conceptual al andar buscando constantemente aquello que es predecible y estamos viajando a través del río hacia la otra orilla donde somos liberados de la estrechez mental y del pensamiento dualista que caracteriza el aferramiento al ego.  Esta es la imagen tradicional.

Ahora bien, esta es la que yo prefiero: en medio del río, donde ya no percibimos la orilla, la balsa comienza a desbaratarse. Nos encontramos sin nada a qué aferrarnos. Desde nuestro punto de vista convencional, esto es peligroso y aterrador. Sin embargo, un pequeño giro en nuestra perspectiva nos dirá que tener nada a qué aferrarnos es liberador.  Podríamos tener fe de que no nos vamos a ahogar. No tener nada a qué aferrarse significa que podemos relajarnos con este dinámico y fluyente mundo.  

La prajnaparamita es la clave para este entrenamiento.  Sin ella, o lo que es lo mismo, sin bodhichitta incondicional, las otras cinco actividades pueden ser utilizadas para proporcionarnos “la ilusión” de una base conceptual.   La base de la prajnaparamita es la atención consciente, una investigación abierta y sin conclusiones de nuestra propia experiencia.

Cultivamos una mente que está lista e inquisitiva, que no está satisfecha con perspectivas limitadas o sesgadas.  Es como estar sobre la cama antes del amanecer y escuchar la lluvia caer sobre el tejado.  Este simple sonido pudiese ser decepcionante porque estábamos planeando un picnic.  Pudiese ser placentero porque nuestro jardín está muy seco. 

Pero la mente flexible de la prajnaparamita no se orienta hacia las conclusiones de bueno o malo, simplemente percibe el sonido sin agregar nada extra, sin juicios de estoy contenta o estoy triste.  Es con esta mente de prajna, sin fijaciones de ninguna especie que practicamos generosidad, disciplina, entusiasmo, paciencia y meditación moviéndonos de la estrechez mental hacia la flexibilidad y la ausencia de temor. 

La esencia de la generosidad es el desprendimiento.  La presencia de dolor es siempre señal de que nos estamos aferrando a algo -por lo general a nosotros mismos. Cuando nos sentimos desdichados, cuando nos sentimos inadecuados, nos volvemos mezquinos, nos aferramos con fuerza.

La generosidad es la actividad que nos permite el desprendimiento. Al ofrendar lo que podamos –un dólar, una flor, una palabra de entusiasmo- nos estamos entrenando en aflojar.  Suzuki Roshi lo decía así: “Dar, es no aferrarse, de la misma manera que no aferrarse, es dar.”  

Hay muchas formas de practicar generosidad.  El punto principal no es tanto que podamos estar en capacidad de dar, sino que podamos abrir desbloquear y liberar nuestro hábito del aferramiento. Una práctica tradicional consiste en simplemente ofrendar de una mano a otra, un objeto que atesoramos.  Una mujer que conozco decidió que se desprendería de cualquier cosa a la que estuviese apegada.  Luego de la muerte de su padre, un hombre dio dinero a los que mendigaban en las calles todos los días durante seis meses. Esa fue su manera de trabajar con el dolor de la pérdida. Otra mujer se entrenó en visualizar que daba aquello que más temía perder. 

Una pareja joven decidió lidiar con sus ambivalencias acerca de los mendigos, dando dinero diariamente a la primera persona que les pidiese.  Ellos estaban tratando sinceramente con su confusión relacionada con el asunto de los “sin techo”, pero tenían una agenda: serían compasivos, personas generosas, llevar a cabo su noble acción y luego olvidarse de sus conflictivos sentimientos durante el resto del día. 

Una mañana, un borracho le pidió dinero a la mujer cuando esta iba camino al abasto. Aún cuando el era el primer mendigo del día, su presencia le disgustó y no quiso darle nada. Cuando salió de la tienda le dio un billete de mala gana y se marchó rápidamente de allí.  Caminando hacia su carro escuchó una voz llamándola: ¡Señora, señora! Ella se volteó y allí estaba el borracho diciéndole: “Creo que se equivocó.  Me dio un billete de $5.”

La práctica de dar nos muestra dónde estamos aferrándonos, dónde no estamos permitiéndonos ser generosos.  Comenzamos con nuestros planes muy bien trazados, pero la vida se los lleva con el viento.  El verdadero desprendimiento evolucionará a partir de un gesto de generosidad y nuestra perspectiva convencional comenzará a cambiar.

Es fácil ver las paramitas como un rígido código de ética, como una lista de reglas, pero el mundo del bodhisattva no es tan simple.  Es poder de las paramitas no consiste en que son mandamientos, sino que estas ponen a prueba nuestras reacciones habituales. Esto es especialmente cierto respecto a la paramita de la disciplina. La disciplina es la conducta que hace posible que disminuya el sufrimiento. 

El guerrero espiritual se abstiene de incurrir en acciones no-virtuosas tales como matar, decir palabras hirientes, robar y tener una conducta sexual inapropiada. Pero estas guías no están escritas sobre piedra.  Lo que es esencial es la intención de abrir la mente y el corazón. Si incurrimos en buenas acciones con una actitud de superioridad o violencia, simplemente agregamos más agresión al planeta. 

El entrenamiento de las paramitas tiene una manera de volvernos más humildes y mantenernos honestos.  Cuando practicamos generosidad nos volvemos íntimos de nuestros aferramientos.

Cuando practicamos la disciplina de no causar daño, vemos nuestra rigidez y tendencia a pensar que siempre tenemos la razón.  Nuestra práctica consiste en trabajar con guías de una conducta compasiva con la flexible mente de prajna –viendo las cosas sin “debería” o “no debería”. 

No estamos ilustrando un código de conducta y condenando a todo aquel que no obedezca. Si pintamos una línea en el centro de un salón y les pedimos a todos los que están en él que se coloquen a sí mismos en la categoría de “virtuosos” o “no-virtuosos”, ¿nos sentiremos en verdad más liberados por haber escogido “virtuosos”?  Es probable que simplemente seamos más arrogantes y orgullosos.  Encontramos bodhisattvas entre los ladrones, las prostitutas y los asesinos.

Hay una historia tradicional acerca del capitán de un barco, “Corazón Compasivo” que estaba viajando con quinientas personas a bordo cuando un pirata, “Furioso Arponero” abordó el barco y amenazó con matarlos a todos.  El capitán se dio cuenta de que, si el pirata lo hacía, estaría sembrando las semillas para su propio intenso sufrimiento.

Movido por la compasión por ambos, el pirata y la gente, el capitán mató a Furioso Arponero.  Siguiendo la misma línea de pensamiento, algunas veces debemos decir una mentira para proteger a alguien de ser dañado.

No existe acto alguno que sea inherentemente virtuoso o no-virtuoso.  El guerrero se entrena en la disciplina de no hacer daño, sabiendo que la forma de hacerlo hábilmente cambiará con las circunstancias.  Cuando practicamos disciplina con flexibilidad, nos tornamos menos moralistas y más tolerantes.

A medida que nos entrenamos en la paramita de la paciencia, primero que todo somos pacientes con nosotros mismos.  Aprendemos a relajarnos con la impaciencia de nuestra propia energía –la energía de la rabia, del aburrimiento y la excitación. Paciencia requiere de valentía.  No se trata de un estado ideal de calma.  De hecho, cuando practicamos paciencia veremos nuestra propia agitación con mucha más claridad. 

Un hombre decidió entrenarse en la paciencia durante sus tempranos viajes cotidianos. Pensó que estaba teniendo éxito de manera muy hermosa. Fue paciente cuando la gente se le atravesaba al carro. 

Fue paciente cuando tocaban las cornetas. Cuando se llenaba de ansiedad porque el pesado tráfico iba a causar que llegara tarde a su compromiso, podía relajarse con su agitada energía.  Lo estaba haciendo muy bien. Luego tuvo que detenerse por una mujer en un paso para peatones. Ella estaba andando muy lentamente.

El hombre se sentó allí practicando paciencia –permitiendo que los pensamientos surgieran y se esfumaran y conectándose con su impaciencia tan directamente como pudo.  De repente la mujer se volteó hacia el, pateó su carro y comenzó a gritarle.  Llegado ese punto el perdió su calma y comenzó a gritarle de vuelta. 

Después recordó haber escuchado que al practicar la paciencia vemos nuestra rabia con mucha más claridad.  Comenzó a inspirar por la mujer y por sí mismo; aquí estaban ambos –dos extraños gritándose el uno al otro- y pudo ver el absurdo y la ternura de la situación.

Ser ambiciosos con respecto a la práctica de las paramitas es una disposición que nos conduce al fracaso.  Una vez que abandonamos la esperanza de hacerlo bien y el temor de fallar, nos damos cuenta de que perder o ganar son ambos aceptables. En cualquier caso, no tenemos nada a qué aferrarnos.  Momento a momento estamos viajando hacia la otra orilla.

La paramita del entusiasmo está conectada con la alegría.  Al practicar esta paramita, como niños pequeños aprendiendo a andar, nos entrenamos con entusiasmo, pero sin ninguna meta.  Esta jovial y elevada energía no tiene que ver con suerte.  Exige un continuo entrenamiento en atención consciente y amorosa bondad, en disolver las barreras y abrir el corazón.  A medida que aprendamos a relajarnos en la ausencia de bases conceptuales, emergerá este entusiasmo. Practicamos lo que se llama los tres aspectos de la pureza: nada del otro mundo con respecto a quien la practica; nada del otro mundo con respecto a la acción misma y nada del otro mundo con respecto al resultado. 

Este esfuerzo jubiloso está enraizado en la ausencia de expectativas, ni ambición, ni esperanza de logro.  Nosotros simplemente colocamos un pie delante de otro y no nos desanimamos si nos caemos de frente.  Actuamos sin censurarnos ni congratularnos a nosotros mismos, sin temer la crítica, sin esperar el aplauso.

A través de la práctica continua encontramos cómo atravesar la barrera entre el estar bloqueados y el despertarnos.  Eso depende de nuestra disposición a experimentar directamente sentimientos que hemos venido evitando durante muchos años. Esta disposición para permanecer abiertos a lo que nos asusta, debilita nuestros hábitos de rechazo, es la forma en la que se ventila el aferramiento al ego y este comienza a desvanecerse. 

Los tres aspectos de la pureza también constituyen la esencia de la paramita de la meditación. Cuando nos sentamos a meditar dejamos atrás la idea del meditador perfecto, de la meditación perfecta y los resultados preconcebidos. Nos entrenamos en simplemente estar presentes.  Nos abrimos completamente al dolor y al placer de nuestra vida.  Nos entrenamos en precisión, gentileza y desprendimiento. 

Debido a que vemos nuestros pensamientos y emociones con compasión, dejamos de luchar contra nosotros mismos.  Aprendemos a reconocer cuando estamos bloqueados y a tener confianza en que podemos desprendernos del aferramiento.  De ese modo, los bloqueos creados por nuestros hábitos y prejuicios comienzan a desbaratarse. 

De esta manera, la sabiduría que estábamos bloqueando  -la sabiduría de la bodhichitta- se vuelve disponible. De modo que estas son las seis actividades del guerrero espiritual:

Generosidad.   El dar como camino para desprenderse de los aferramientos.

Disciplina.  Entrenarnos en no causar daño de manera valiente y flexible.

Paciencia.  Entrenarnos en permanecer con la inquietud de nuestra energía y permitir que las cosas evolucionen a su propio paso.  Si despertar toma para siempre, aún así vamos momento a momento, disfrutando el proceso y renunciando a la esperanza de un resultado específico.

Entusiasmo jubiloso.  Abandonar nuestro perfeccionismo y conectarnos con la viviente cualidad de cada momento.

Meditación.  Entrenarnos en regresar a estar justo aquí con precisión y gentileza.

Prajna.  Cultivar una mente inquisitiva y abierta.

Con estas seis actividades del bodhisattva, aprendemos a viajar hacia la otra orilla y hacemos todo lo que podemos por llevar con nosotros a todos los que podamos encontrar.