El truco de no tener elección
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, septiembre, 2003
Las enseñanzas budistas están dirigidas a las personas que no tienen mucho tiempo que perder. Esto nos incluye a todos, seamos conscientes de ello o no. Desde el punto de vista de las enseñanzas, pensar que tenemos mucho tiempo para hacer las cosas es el mayor de los mitos, el mayor de los problemas y el mayor de los venenos. Esto, junto con nuestra continua y arraigada tendencia a tratar de escapar de lo que hacemos, oscurece nuestra percepción y nuestro pensamiento.
Si supiéramos que esta noche íbamos a quedarnos ciegos, echaríamos una última mirada real y anhelante a cada hoja de hierba, a cada formación nubosa, a cada mota de polvo, a cada arco iris y gota de lluvia, a todas las cosas. Si supiéramos que mañana nos íbamos a quedar sordos, atesoraríamos cada sonido que oyéramos.
Las enseñanzas del vajrayana, el “vehículo diamantino”, la práctica de tomar el resultado como camino, tratan de atemorizarnos haciéndonos tomar conciencia del poco tiempo que tenemos y de lo precioso que es el nacimiento humano. En el vajrayana existe el llamado “vínculo samaya”, por el cual toda experiencia del estudiante está ligada al camino.
En un momento dado, tras mucho cuestionamiento inteligente, el estudiante finalmente puede sentirse preparado para entrar en una relación samaya con su maestro. Si el estudiante acepta y confía completamente en su maestro y el maestro acepta al estudiante, pueden entrar en la relación incondicional llamada “samaya”.
El maestro nunca renunciará al discípulo, por muy confundido que pueda estar, y el discípulo tampoco dejará al maestro, pase lo que pase. Maestro y discípulo están vinculados, hacen el pacto de alcanzar juntos la iluminación.
Otra definición de samaya es “juramento sagrado” o “compromiso sagrado”, pero no tiene que ver con santidad, es un compromiso con la cordura, con la cordura indestructible. Samaya es como casarse con la realidad, un matrimonio con el mundo fenoménico. Pero en realidad es un truco, porque contraer ese matrimonio es un poco como tener amnesia. Pensamos que hemos decidido casarnos haciendo uso de nuestro libre albedrío y sin embargo, sin saberlo, ya estábamos casados.
Samaya es un truco porque pensamos que tenemos la elección de comprometernos o no con la cordura, pero, de hecho, nunca hemos tenido elección. Es un truco compasivo que nos ayuda a tomar conciencia de que verdaderamente no hay salida. Realmente no hay otro momento mejor que el momento presente, no hay un estado de conciencia más alto que éste.
Es el tipo de truco que los maestros vajrayana inventan en su tiempo libre para su propio disfrute completo y total: ¿Qué truco podemos emplear con estos seres confusos, atónitos e indómitos para que lleguen a darse cuenta de que ya están despiertos y no tienen elección?
Desde el punto de vista del samaya, la búsqueda de alternativas es lo único que nos impide tomar conciencia de que ya estamos en un mundo sagrado. La búsqueda de alternativas -mejores vistas de las que tenemos, mejores sonidos de los que oímos, una mente mejor que la que tenemos- nos impiden tomar conciencia de que podemos ubicarnos orgullosamente en medio de nuestra vida sabiendo que es un mandala sagrado. Tenemos una arraigada tendencia a tratar de escaparnos, como un escarabajo ensartado en un alfiler: nos retorcemos y tratamos de escapar para no tener que estar en el sitio.
En el budismo vajrayana existen descripciones de muchos samayas diferentes, pero todos ellos tienen que ver con darnos cuenta de que ya estamos ligados a la realidad, todos ellos son trucos para llevarnos a la situación sin elección. Aunque cada centímetro de nuestro cuerpo quiera salir corriendo en la dirección opuesta, nos quedamos aquí : no hay ninguna otra forma de entrar en el mundo sagrado.
Tenemos que dejar de pensar que podemos irnos e instalarnos en otro lugar. La alternativa es simplemente relajarnos, relajarnos en el agotamiento, en la indigestión, en el insomnio, en la irritación, en el deleite, en lo que sea.
Los samayas más importantes son los de cuerpo, palabra y mente. El primero de ellos es estar ligado al cuerpo, a las formas, a lo que vemos con los ojos, quedarnos con lo que vemos y no renunciar nunca a ello. Se dice que los samayas de cuerpo, de palabra y mente son tan continuos como el fluir de un río. Ésta no es nuestra experiencia habitual porque cuando nuestra percepción se torna vívida, nos ponemos nerviosos.
El mundo siempre está mostrándose, siempre está saludándonos y guiñándonos el ojo, pero estamos tan ocupados con nosotros mismos que nos lo perdemos. La experiencia de quedarnos con lo que vemos y no renunciar a ello es tal, que todo lo que vemos, todo el mundo, se torna extremadamente vívido y más sólido, y al mismo tiempo menos substancial y más transparente.
No estamos hablando de ninguna otra cosa que de ver a la persona que está sentada ante nosotros, de ver su pelo lacio o alborotado, de verlo limpio o sucio, cepillado o revuelto, o de ver a un pájaro de plumas negras con una ramita en su boca descansando en un árbol. Las cosas que vemos constantemente pueden sacarnos del doloroso ciclo del samsara.
Si estamos presentes en nuestra experiencia, ésta se va volviendo más vívida y transparente y ya no podremos evitar recibir el mensaje, y éste, es un mensaje que nunca se interpreta. Las cosas hablan por sí mismas. No es que un cojín rojo signifique pasión o que un ratón saliendo y ocultándose signifique mente discursiva. Sólo son un cojín rojo y un ratón saliendo de detrás de la silla.
Lo mismo pasa con el sonido, con el sonido ordinario, con cada sonido que oímos, desde el despertador que nos despierta por la mañana hasta los ronquidos nocturnos de nuestro compañero. Todos conocemos muy bien los sonidos que llaman nuestra atención y nos sorprenden pero ¿cómo suena el bolígrafo escribiendo sobre el cuaderno? y ¿ qué sonido produce pasar las páginas de este libro? ¿qué sonido tiene nuestra propia voz? Es muy interesante escuchar la propia voz, suena como la voz de otra persona. Oír lo que decimos y ver cómo sale hacia el entorno y comunica, también puede sacarnos del mortecino samsara.
Aunque estemos solos, nuestros bostezos y ventosidades continúan comunicando. Por eso, cada pequeño ruido, chirrido o risita, cada pequeño sonido al masticar o beber, puede despertarnos. La idea detrás del samaya es la de no evitar nuestra experiencia personal. Cuando no pensamos que hay un sonido mejor, más inspirador, menos irritante o menos molesto, el sonido se torna vívido y transparente.
Y lo mismo es válido para la mente. A medida que vamos practicando, vemos que los pensamientos no desaparecen sino que se hacen más precisos y menos substanciales. En la mente rompemos el samaya cuando dividimos las cosas en “correctas” y “equivocadas”.
Pensamos que podemos elegir, que tenemos alternativas y podemos resolver las cosas. Se puede decir que, a nivel mental, romper el samaya es sentir que debemos tener soluciones para los problemas, incluso sentir que hay problemas y soluciones. Esto puede darle a usted una idea de lo difícil que es mantener el samaya mental.
Tradicionalmente se suele decir que mantener un vínculo samaya es como mantener un espejo inmaculado, en cuanto se limpia, el polvo comienza a posarse de nuevo. El vínculo samaya es una vivencia que puede ser violada por un momento de distracción, sin embargo, podemos enmendarlo instantáneamente siguiendo la conocida instrucción de volver al momento presente.
En su enseñanza sobre la sadhana del mahamudra, Trungpa Rimpoché describe el samaya de cuerpo, palabra y mente de una manera muy hermosa. Dice que “Cualquier cosa que veamos con los ojos es vívidamente irreal en la vacuidad y sin embargo tiene una forma”. Que “la forma no es otra cosa que el aspecto de nuestro maestro”. “Cualquier cosa que oigamos con los oídos es el eco del vacío y sin embargo es real, y estos sonidos ordinarios y cotidianos son la expresión de nuestro maestro”.
“Todos nuestros pensamientos y recuerdos -buenos y malos, alegres y tristes- todos ellos desaparecen en el vacío como la huella de un pájaro en el cielo”. “Todos estos pensamientos que surgen constantemente son la mente de nuestro maestro”. Aquí es donde la sadhana empieza a introducirnos al hecho de que el maestro no está separado de nuestra experiencia. Nos damos cuenta de que no existe alternativa a la experiencia que estamos teniendo, nuestra experiencia es la única que hay, ella es el maestro definitivo.
Según una famosa cita, el estudiante de budismo vajrayana siempre debe estar en estado de pánico. Nos resulta tan poco familiar adquirir un compromiso tan total con el despertar que nos ponemos nerviosos.
En una ocasión en que estaba dedicando muchas horas a realizar una práctica, me sentía tan agitada que apenas podía mantenerme sentada. Más tarde le dije a Rimpoché que me sentía irritada con todo, hasta con las motas de polvo. Me respondió que eso ocurría porque la práctica me exigía estar cuerda y aún no estaba acostumbrada a ello.
En el caso del samaya, cuando hablamos de compromiso, se trata de un compromiso total, un compromiso total con la cordura, un compromiso total con nuestra experiencia, una relación incondicional con la realidad. La gente siempre dice que eso es lo que desean, quieren que alguien les ame incondicionalmente y quieren amar a alguien incondicionalmente.
Pensamos que estaríamos encantados de tener una relación incondicional, pero eso sólo es así en la medida en que se hace en nuestros términos. Cualquiera que haya estado casado o en una relación a largo plazo sabe que se presentan muchos desafíos.
El desafío es rendirnos, renunciar a nuestra forma de hacer las cosas y no ceder cuando nos sentimos amenazados. Básicamente, el desafío es ser auténtico, sentir los latidos de nuestro corazón, el temblor de las rodillas o cualquier otra cosa que estemos sintiendo y quedarnos con ello. En resumen, muy pocos nos permitimos estar en una situación que no tenga ni la mínima posibilidad de una vía de salida, de un lugar al que escapar si nos vemos obligados.
En los años sesenta, cuando vivía en Nuevo México, solía practicar un sauna ritual. Insistía en sentarme junto a la puerta del sauna porque si estaba en cualquier otro lugar que no fuese la puerta, no podría salir. Aquello se ponía cada vez más y más caliente y yo me sentía a punto de morir, pero si estaba sentada junto a la puerta y sabía que podía salir, entonces era capaz de soportarlo.
Por supuesto, si estaba sentada junto a la puerta tenía que soportarlo, pero estaba tan agobiada la mayor parte del tiempo que apenas disfrutaba. Bien, en el samaya no nos sentamos junto a la puerta. Es el truco definitivo, es la única manera de experimentar definitivamente nuestra experiencia, es nuestra única entrada a la sacralidad auto-existente del mundo.
Antes de estar preparados para semejante compromiso, recorremos todo un camino. Empezamos desde nuestra confusión y nuestro salvajismo y dejamos que la meditación y las enseñanzas nos vayan domesticando. Nos tomamos a pecho las instrucciones y tratamos de practicarlas a diario. Este sincero esfuerzo empieza a calmarnos. No es que de repente seamos perfectos y nos sentemos muy lejos de la puerta.
Más bien, lo que ocurre es que tras años de suave entrenamiento y de cuestionamiento honesto e inteligente, empezamos a confiar en la sabiduría básica de nuestra mente. Descubrimos que tenemos una sabiduría esencial, un buen corazón esencial que es más fuerte y fundamental que nuestra maldad y agresión. Vamos descubriendo esa sabiduría con la práctica. Es como descubrir que el cielo y el sol están siempre allí y son las nubes y las tormentas las que vienen y van. De algún modo, la sensación de que estamos preparados para no contar con una vía de escape se presenta por sí misma.
El primer discípulo de Naropa era un tibetano llamado Marpa el Traductor. En uno de sus viajes a India, Marpa le llevó el oro que tradicionalmente se daba al maestro. Ahora bien, Marpa no era exactamente un cobarde ni era para nada tacaño, era un hombre muy intrépido y valeroso. Por ejemplo, sus amigos y familiares trataron de encontrar a alguien para que le acompañara en su viaje a India pero él se negó a tener compañía aunque su salud no era demasiado buena y tenía más de cincuenta años.
La historia cuenta que finalmente Marpa regaló el oro a su maestro Naropa, pero se quedó con un poco, tal como todos solemos hacer y este hecho tenía una explicación razonable: tenía que volver a casa y necesitaba un poco de oro, sólo un poco, pero Naropa dijo: ¿Piensas que puedes comprarme con tus engaños?
Entonces Marpa se lo dio todo. Naropa arrojó el oro al aire y dijo: “El mundo entero es oro para mí “. En ese momento, Marpa tomó conciencia de la naturaleza de la realidad más vívidamente que nunca. No experimentamos el mundo plenamente a menos que estemos dispuestos a darlo todo.
Samaya significa no quedarnos nada, no prepararnos una vía de escape, no buscar alternativas, no pensar que tenemos mucho tiempo y podemos dejar las cosas para después.
En cierto sentido, la relación samaya -sea con el mundo fenoménico como maestro absoluto o con una persona individual- trata de suavizarnos. Nos suaviza para que no podamos engañarnos, para que no nos volvamos sordos, mudos y ciegos, para que siempre nos llegue el mensaje.
La relación samaya con un maestro vajrayana está pensada para ayudarnos, está pensada para introducirnos al hecho de que si podemos mantener aunque sólo sea una relación incondicional con una persona, podemos tener una relación incondicional con el mundo. Hasta que llega ese momento pensamos que podemos escaparnos, que podemos liberarnos de las situaciones. Pero en esta relación concreta nos comprometemos a seguir adelante pase lo que pase.
El principal discípulo de Marpa fue Milarepa, con quien su relación fue más bien dura. Milarepa no tenía ninguna duda de que Marpa era su maestro y de que podía llevarle a la iluminación. Por tanto le dijo: “Me entrego a ti totalmente en cuerpo, palabra y mente. Por favor ayúdame a realizar mi verdadera naturaleza”. Entonces comenzaron los desafíos. Milarepa había acumulado mucho karma. En concreto, había matado a mucha gente y había causado mucho dolor. Para poder soltar esa carga tuvo que soportar muchas pruebas. Marpa le hacía construir torres de piedra y cuando estaban casi terminadas, le mandaba deshacerlas. Milarepa sufrió mucho en sus primeros años con Marpa. No recibía ninguna enseñanza, era insultado continuamente y tenía que construir torres hasta que sus manos y su espalda se convirtieron en una gran llaga.
Sin embargo, Milarepa nunca dudó de los motivos de Marpa y en realidad, aunque casi nunca lo mostraba, Marpa amaba a Milarepa con todo su corazón y sólo deseaba que pudiera despertar plenamente. Cada vez que Milarepa se rendía a la situación, cada vez que abandonaba su resentimiento, depresión y orgullo, soltaba su antiguo equipaje. En un momento dado estaba tan desnudo que no le quedaba nada que perder. Entonces Marpa le dio las enseñanzas y su relación entró en una nueva fase de ternura y calidez.
Pero es un proceso. Al principio, nuestro hábito de salir corriendo está tan arraigado que lo único que hacemos es experimentar con este truco de sentirnos ligados a algo y lo hacemos mientras practicamos la meditación. Al principio, lo único que nos impide disociarnos del cuerpo, de la palabra y de la mente son las instrucciones de meditación.
Año tras año, continuamos con la práctica de volver a la experiencia del momento presente. Establecer un vínculo samaya formal y entrar en una relación incondicional con un maestro es como colocarnos entre las mandíbulas de un cocodrilo. Necesitamos mucho tiempo para decidir que confiamos tanto en ese cocodrilo concreto, que nos quedaremos con él pase lo que pase.
Mi experiencia personal de este proceso fue muy progresiva. Cuando conocí a Trungpa Rimpoché, pensé: “Aquí hay alguien a quien no puedo embaucar ”, por eso me trasladé a Colorado donde podía pasar más tiempo en su presencia. Me acerqué, pero evidentemente aún no estaba dispuesta a rendirme. En este movimiento hubo cierta inteligencia.
A menudo Rimpoché me daba miedo y me indignaba. No estaba segura de poder confiar en él y sobre todo, no estaba segura de que le amara. De hecho, recuerdo todo un retiro durante el cual miraba su fotografía y lloraba porque no podía sentir lo que a mi parecer era la devoción adecuada.
Al mismo tiempo, continué acercándome más. Era la única persona con la que podía hablar de mis puntos de atasco y de mis puntos de apertura. Era la única persona que podía cortar todas mis fantasías. De vez en cuando me hablaba -quizás en medio de una reunión grupal o durante una reunión de negocios- pero siempre cuando menos lo esperaba. Me preguntaba algo o hacía un comentario que detenía mi mente totalmente.
Mucho después de haberme convertido en su estudiante y de haber comenzado la práctica del vajrayana -mucho después de cuando los estudiantes suelen usualmente asumir formalmente el voto samaya con su maestro- finalmente supe sin ninguna duda que podía confiarle mi vida, que hiciera lo que hiciera y dijera lo que dijera, él era mi vínculo con el mundo sagrado.
Sin él no tenía ni idea de lo que eso significaba, y ocurrió, que a medida que seguía sus enseñanzas e iba despertando más, iba tomando conciencia de su ilimitada bondad y experimentaba la amplitud de su mente. En ese momento, el único lugar en el que deseaba estar era entre las mandíbulas del cocodrilo.
Cuando digo que el samaya es un truco, me refiero a que nos lleva a darnos cuenta de que nunca hemos tenido elección en nuestra relación con el mundo fenoménico. En realidad no tenemos elección. La elección que creemos tener se llama ego, la elección que creemos tener es lo que nos impide darnos cuenta de que ya estamos en el mundo sagrado, es como ponernos vendas en los ojos y tapones en la nariz y los oídos.
Estamos totalmente condicionados y en el momento en que sentimos que las cosas se ponen duras, aunque sólo sea en nuestro pensamiento, salimos corriendo. El truco consiste en quedarnos en la silla caliente y comprometernos con esa experiencia. Éste es el punto principal, con o sin samaya formal.
¿Con qué estamos verdaderamente comprometidos?
¿Con ir a lo seguro y manipular nuestra vida y todo nuestro mundo para que nos ofrezca seguridad y certeza, o estamos comprometidos con niveles de amorosa compasión cada vez más profundos? En cualquier caso, la pregunta sigue siendo: ¿En qué nos refugiamos? ¿Nos refugiamos en pequeñas acciones, palabras y pensamientos de autosatisfacción, o nos refugiamos en la disciplina del guerrero, en dar el salto, en ir más allá de las zonas de seguridad habituales? ¿En qué nos refugiamos?
Que nuestra sincera motivación y esfuerzos
contribuyan a liberar del sufrimiento a todos los seres sin excepción