Los ocho dharmas mundanos
Pema Chödron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2003
Una de las enseñanzas clásicas del budismo sobre el miedo y la esperanza trata de lo que se conoce como los ocho dharmas mundanos. Son cuatro pares de opuestos: cuatro cosas que nos gustan y a las que nos apegamos, y cuatro cosas que no nos gustan y tratamos de evitar. El mensaje básico es que cuando nos vemos atrapados en los ocho dharmas mundanos, sufrimos.
En primer lugar, nos gusta el placer y nos aferramos a él. Por el contrario, nos disgusta el dolor. En segundo lugar, nos gustan las alabanzas y nos apegamos a ellas mientras tratamos de evitar las críticas y la culpa. Tercero, nos gusta y estamos apegados a la fama, nos disgusta el oprobio y tratamos de evitarlo. Finalmente, estamos apegados a la ganancia, a conseguir lo que deseamos y no nos gusta perder lo que tenemos.
Según esta sencilla enseñanza, sumergirnos en los cuatro pares de opuestos -placer y dolor, pérdida y ganancia, fama y oprobio, alabanza y culpa- es lo que nos mantiene atascados en el sufrimiento del samsara. Cuando nos sentimos bien, nuestros pensamientos suelen versar sobre cosas que nos gustan: alabanzas, ganancia, placer y fama. Cuando nos sentimos incómodos, irritables y hartos, es probable que nuestros pensamientos y emociones den vueltas alrededor de cosas como el dolor, la pérdida, el oprobio o la culpa.
Tomemos, por ejemplo, la alabanza y la culpa. Alguien se nos acerca y nos dice: <Eres una vieja>. Si se da la circunstancia de que uno desee ser viejo, uno se sentirá estupendamente. Sentimos que acabamos de ser alabados y esto nos proporciona una tremenda sensación de placer, de ganancia y de fama. Pero supongamos que hemos estado obsesionados durante años con quitarnos las arrugas y la papada. Cuando alguien nos dice que <eres vieja> nos sentimos insultados y consecuentemente tenemos una sensación de dolor.
Aunque no continuásemos hablando acerca de esta enseñanza en particular, podríamos ver que muchos de los vaivenes de nuestro humor están relacionados con nuestra forma de interpretar lo que sucede. Si miramos de cerca nuestros cambios de humor nos daremos cuenta de que siempre hay algo que los pone en marcha. Llevamos con nosotros una realidad subjetiva que activa constantemente nuestras relaciones emocionales. Alguien nos dice: <Eres vieja> y entramos en un estado mental concreto, nos sentimos felices o tristes, alegres o enfadados. Para otra persona la misma experiencia podría ser absolutamente neutral.
Hablamos, recibimos cartas, hacemos llamadas telefónicas, comemos, encontramos o dejamos de encontrar lo que buscamos. Nos despertamos por la mañana, abrimos los ojos y van pasando cosas durante todo el día hasta que nos vamos a dormir. Durante el sueño también ocurren muchas cosas.
A lo largo de toda la noche nos encontramos con la gente y los sucesos de nuestros sueños. ¿Cómo reaccionamos a lo que pasa? ¿Estamos apegados a algunas experiencias? ¿Rechazamos y evitamos otras? ¿Hasta qué punto estamos en manos de estos ocho dharmas mundanos? Lo irónico del caso es que somos nosotros los que despertamos los ocho dharmas mundanos y lo hacemos al reaccionar a lo que nos ocurre en el mundo. Los dharmas no son nada concreto en sí mismos. Y lo que es todavía más extraño es que nosotros mismos tampoco somos muy sólidos.
Nos formamos un concepto de nosotros mismos que vamos reconstruyendo momento a momento, y tenemos el reflejo de intentar protegerlo, pero la misma idea de protegerlo es cuestionable, porque la imagen de nosotros mismos que construimos es como dice el dicho <mucho ruido y pocas nueces>, es como tratar de manejar una ilusión que desaparece.
Podemos sentir que, de algún modo, deberíamos tratar de erradicar los sentimientos de placer y dolor, de pérdida y ganancia, de alabanza y culpabilidad, de fama y ofensa. Pero otro planteamiento mucho más práctico es el de llegar a conocerlos y ver cómo nos enganchan, ver cómo colorean nuestra percepción de la realidad, ver que no son tan sólidos. Entonces, los ocho dharmas mundanos se convierten en el medio para hacernos más sabios, mejores personas y más alegres.
Para empezar, en la meditación notamos que las emociones y los estados de ánimo están conectados con haber perdido o ganado algo, con haber sido alabados o culpados, y así sucesivamente. Podemos percibir que lo que comienza como un simple pensamiento, una simple cualidad energética, florece rápidamente en un placer o dolor plenamente desplegados.
Evidentemente, debemos tener cierta valentía, porque lo que nos gusta es que todo lo que surja esté en el lado del placer/alabanza/fama/ganancia. Nos gusta asegurarnos de que todo sale a nuestro favor. Pero cuando miramos de verdad, vemos que no tenemos ningún control en absoluto sobre lo que ocurre. Sólo tenemos todo tipo de cambios de humor y de reacciones emocionales que vienen y van incesantemente.
Algunas veces nos vamos a encontrar completamente atrapados en un drama. Nos sentimos tan enfadados como si alguien hubiera entrado en nuestra habitación y nos hubiera abofeteado en la cara.
A continuación, puede que se nos ocurra pensar: <Espera un momento, ¿qué está pasando aquí? > Entonces lo miramos de cerca y vemos que hemos sentido que perdíamos algo o que hemos sido insultados. No sabemos de dónde procede tal pensamiento, pero nos vemos una vez más atrapados en los ocho dharmas mundanos.
En el momento mismo que sentimos esa energía, podemos hacer lo posible por disolver el pensamiento y darnos un respiro. Allí mismo, en medio de la tempestad, podemos soltar y relajarnos, o también podemos estar totalmente atrapados en una fantasía deliciosa y placentera. Cuando la miramos vemos que, de repente, sentimos que hemos ganado algo, que hemos adquirido algo, hemos sido alabados por algo. Lo que surge está fuera de nuestro control, es totalmente impredecible, como las imágenes de un sueño. Pero surge y volvemos a estar enganchados en los ocho dharmas mundanos.
La raza humana es muy predecible. Surge un pequeño pensamiento, se desarrolla y antes de que sepamos qué es lo que nos ha impactado, nos vemos atrapados en la esperanza y el miedo.
En el siglo VIII, un hombre notable introdujo el budismo en Tíbet. Se llamaba Padmasambhava, <El nacido del loto>, y también se le conoce por el nombre de <Guru Rimpoché>. La leyenda dice que simplemente apareció una mañana sentado en un loto en medio de un lago. Se dice que este niño tan especial nació completamente despierto, sabiendo desde el primer momento que los fenómenos -internos y externos- no tienen realidad alguna.
Lo que no sabía era cómo funcionaban las cosas cotidianas del mundo. Era un niño muy perspicaz y el primer día ya se dio cuenta de que su irradiación y belleza atraían a todo el mundo. También notó que cuando estaba alegre y juguetón, la gente se sentía feliz y le cubría de alabanzas.
El rey del país se quedó tan impresionado por el niño que se lo llevó a vivir a palacio y lo trató como a un hijo. Un día el niño subió a jugar en el tejado plano del palacio llevándose consigo los instrumentos rituales del rey, una campana y un cetro metálico que se llama vajra. En un deleite total se puso a bailar sobre el tejado haciendo sonar la campana y dando vueltas al cetro.
A continuación, con gran curiosidad, los lanzó al espacio. Cayeron a la calle que pasaba por debajo del palacio y aterrizaron en las cabezas de dos paseantes matándolos instantáneamente. La gente del país se sentía tan enfadada que exigió al rey que exiliara a Guru Rimpoché. Aquel mismo día lo abandonaron en la espesura del bosque sin agua ni alimento.
Este niño inquieto había aprendido una lección sobre el funcionamiento del mundo. La historia dice que este breve pero vívido encuentro con la alabanza y la culpa era todo lo que necesitaba para descifrar cómo opera habitualmente el samsara. Desde entonces abandonó el miedo y la esperanza y trabajó alegremente para despertar a otros.
Nosotros también podemos emplear nuestras vidas de esta manera, podemos explorar estos conocidos pares de opuestos en todo lo que hacemos. En lugar de caer automáticamente en nuestros patrones habituales, podemos empezar a percibir nuestra reacción cuando alguien nos alaba. Y cuando alguien nos culpa, ¿cuál es nuestra reacción? ¿Cómo reaccionamos cuando perdemos algo? Y cuando sentimos placer y dolor, ¿los sentimos sin más o hay todo un libreto que los acompaña?
Cuando nos mostramos inquisitivos con estas cosas y las miramos de frente, vemos quiénes somos y lo que hacemos con la curiosidad de niños pequeños, lo que podría haber sido un problema se convierte en una fuente de sabiduría.
Lo raro es que esta curiosidad empieza a cortar de raíz lo que llamamos dolor del ego y eso nos permite ver con más claridad. Generalmente, los sentimientos placenteros o dolorosos nos barren, nos arrastran en ambas direcciones; entonces solemos descentrarnos sin notar siquiera lo que está ocurriendo.
Antes de darnos cuenta hemos compuesto toda una novela sobre por qué alguien está muy equivocado, o por qué nosotros tenemos tanta razón, o por qué tenemos que conseguir esto y lo otro. Cuando empezamos a entender todo el proceso, éste se aligera considerablemente.
Somos como niños construyendo castillos de arena. Los embellecemos con preciosas conchas, trocitos de madera y pedazos de cristales de colores. El castillo es nuestro y tratamos de mantener alejados a los demás. Estamos dispuestos a atacar a quien amenace con estropearlo, y, sin embargo, a pesar de todo nuestro apego, sabemos que la marea subirá inevitablemente y lo hará desaparecer.
El truco consiste en disfrutar de él plenamente sin apegarse y, cuando llegue el momento, dejar que se disuelva en el mar. A este soltar las cosas a veces se le llama desapego, pero no tiene la cualidad fría y remota que solemos asociar con esa palabra.
El desapego tiene más bondad e intimidad que eso; en realidad es un deseo de conocer, como las preguntas de un niño de tres años. Queremos conocer el dolor para poder dejar de huir incesantemente de él.
Queremos conocer el placer para poder dejar de aferrarnos a él constantemente. Entonces, de algún modo, nuestras preguntas se agrandan y nuestra curiosidad se amplía.
Queremos entender qué sensación produce la pérdida para poder entender a otras personas cuando sus vidas se caen a pedazos. Queremos entender la ganancia para entender a los demás cuando se sienten deleitados o cuando se ponen arrogantes y se pavonean.
Cuando nos hacemos más intuitivos y compasivos con nuestros enganches, sentimos espontáneamente más ternura por la raza humana. Conociendo nuestra propia confusión estamos más dispuestos a mancharnos las manos tratando de aliviar la confusión de los demás.
Si no miramos a la esperanza y al miedo viendo surgir los pensamientos y viendo la reacción en cadena que les sigue, si no estamos entrenados en aguantar esa energía sin dejarnos arrastrar por el drama, entonces siempre tendremos miedo. El mundo en que vivimos, la gente que conocemos, los animales que surgen en los pasadizos: todo lo percibiremos cada vez más amenazante y peligroso.
Por eso empezamos por mirar dentro de nuestras propias mentes y corazones. Probablemente empecemos a mirar porque nos sintamos inadecuados o doloridos y queramos poner nuestro mundo en orden, pero gradualmente nuestra práctica va evolucionando.
Empezamos a entender que, como nosotros, mucha otra gente está enganchada en el miedo y la esperanza.
Vayamos donde vayamos vemos el dolor y la desgracia que produce la aceptación de los ocho dharmas mundanos. También se vuelve muy obvio que la gente necesita ayuda y que no hay manera de ayudar a nadie si no empezamos por nosotros mismos. Empieza a cambiar la motivación que nos condujo a la práctica y deseamos ser más pacíficos y razonables en beneficio de los demás. Seguimos queriendo ver cómo funciona nuestra mente y cómo nos dejamos seducir por el samsara, pero no lo hacemos sólo por nosotros mismos, también lo hacemos por nuestros compañeros, nuestros hijos y nuestros jefes; se trata de resolver todo el dilema humano.
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Que nuestra sincera motivación y esfuerzos
contribuyan a liberar del sufrimiento a todos los seres sin excepción alguna.