Seis clases de soledad
Pema Chödron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2000
Hemos escuchado que el camino budista es llamado el camino medio. En el camino medio no hay punto de referencia. La mente, sin punto de referencia, no se fija ni se aferra a nada. ¿Cómo podríamos prescindir de todo punto de referencia? No tener punto de referencia es cambiar nuestra respuesta habitual al mundo, una respuesta que está profundamente enraizada en nosotros, que queremos que las cosas vayan en un sentido o en otro. Cuando no podemos ir a la izquierda ni a la derecha, nos sentimos como si estuviéramos en un centro de desintoxicación; estamos solos ante el síndrome de abstinencia con todo el nerviosismo que hemos estado intentando evitar al ir a la izquierda o a la derecha.
Ese nerviosismo puede pesarnos mucho. Sin embargo, años y años de ir a la izquierda o a la derecha, de decir sí o no, de hacer las cosas supuestamente bien o mal, en realidad no han cambiado nada. Bregar por conseguir seguridad nunca nos ha traído nada más que una alegría momentánea.
Es como cambiar la posición de las piernas en la meditación. Las piernas nos duelen de tenerlas cruzadas y entonces las movemos y pensamos ¡que alivio!, pero dos minutos y medio después volvemos a desear moverlas. Nos vamos moviendo en busca de placer, en busca de comodidad, y el placer o la comodidad que obtenemos siempre es muy breve.
Oímos muchas cosas sobre el dolor del samsara y también acerca de la liberación, pero no solemos oír hablar de lo doloroso que es pasar de estar atascado a desatascarse. El proceso de desatascarse requiere una gran valentía porque estamos cambiando básicamente nuestra forma de percibir la realidad, es como cambiar nuestro ADN.
Estamos deshaciendo un patrón que no es únicamente nuestro, es un patrón de la humanidad, el de “proyectar” en el mundo infinidad de posibilidades de conseguir la solución de nuestros problemas, por ejemplo: que podemos tener dientes más blancos, un jardín sin malas hierbas, una vida libre de lucha, un mundo sin vergüenza, que podemos vivir felices para siempre. Este patrón nos mantiene insatisfechos y nos causa mucho sufrimiento.
Como seres humanos, no sólo buscamos resolver nuestras situaciones, sino que también sentimos que lo merecemos. Sin embargo, no sólo no lo merecemos, sino que sufrimos por su causa. No nos merecemos simplemente resolver nuestros problemas, nos merecemos algo mucho mejor que eso. Merecemos el camino medio que es nuestro derecho por nacimiento, un estado de apertura mental que es capaz de relajarse en medio de la paradoja y la ambigüedad.
Como hemos venido evitando la incertidumbre a niveles de verdadera adicción es natural que como consecuencia de ello vayamos a experimentar síntomas de abandono de la adicción a estar siempre pensando que hay un problema y que alguien, en alguna parte necesita resolverlo.
El camino medio es ampliamente abierto, pero recorrerlo es duro porque va en contra del mero centro del antiguo patrón neurótico que todos compartimos. Cuando nos sentimos solos, cuando sentimos que no tenemos esperanza, lo que queremos hacer es ir a la izquierda o a la derecha. No queremos sentarnos y sentir lo que estamos sintiendo. No queremos pasar por la desintoxicación y, sin embargo, el camino medio nos anima a hacer exactamente eso. Nos anima a despertar la valentía que existe en cada uno de nosotros sin excepción, incluyéndonos a usted y a mí.
La meditación nos provee una vía para que nos entrenemos en el camino medio, para poder estar exactamente en el sitio. Se nos anima a no juzgar lo que surge en nuestra mente, de hecho, se nos anima a no detenernos en ello, ni siquiera apegarnos a ello. Se nos pide que simplemente reconozcamos como pensamiento todo lo que solemos clasificar como bueno o malo sin todo el drama habitual que acompaña al bien y el mal.
Se nos instruye a dejar que los pensamientos vengan y se vayan como si tocáramos una burbuja con una pluma. Esta disciplina directa nos prepara para dejar de luchar y poder llegar a descubrir un estado de ser fresco y sin recovecos.
Ciertos sentimientos que experimentamos como la soledad, el aburrimiento y la ansiedad pueden estar particularmente preñados del deseo de que podamos resolverlos, y a menos que podamos relajarnos en ellos es muy difícil permanecer en el camino medio cuando estamos experimentándolos. Nosotros deseamos victoria o derrota, alabanzas o culpas. Por ejemplo, si alguien nos abandona, no queremos sentir esa incomodidad tan cruda, por el contrario, invocamos la familiar identidad de víctima desventurada.
O quizás evitemos la crudeza expresando nuestro material reprimido diciéndole a la persona lo confundida que está. Automáticamente buscamos encubrir nuestro dolor de una u otra manera identificándonos con la actitud de vencedora o la de víctima.
Con frecuencia vemos la soledad como un enemigo. El dolor de corazón no es algo a lo que le demos la bienvenida abiertamente. Es algo inquieto que nos quema y está preñado del deseo de escapar y encontrar algo o alguien que nos haga compañía.
Cuando podemos descansar en el punto medio empezamos a tener una relación serena con la soledad, una soledad refrescante y relajante que pone completamente de cabeza nuestros patrones habituales de temor. Hay seis formas de describir este tipo de serena y refrescante soledad. Estas son: menos deseo, estando contento, evitando actividad innecesaria, completa disciplina, no estar vagando en el mundo del deseo, y no estar buscando seguridad en nuestros pensamientos discursivos.
Menos deseo, es la disposición de estar solos sin experimentar necesidad de resolver la situación, aún cuando todo en nosotros clama por algo que nos levante y cambie nuestro estado de ánimo. Practicar este tipo de soledad es una forma de plantar las semillas para que nuestra inquietud fundamental disminuya.
En la meditación, por ejemplo, cada vez que nos damos cuenta de la presencia de pensamiento y en lugar de dar cientos de vueltas entretenidos en ellos permanecemos centrados en el aire que sale y que entra por la nariz, nos estamos entrenando en estar presentes y no dejarnos disociar.
En la medida en que no estuvimos dispuestos a hacerlo ayer, hace una semana o un año, tampoco podremos hacerlo ahora. Después de practicar la actitud de menos deseo consistentemente y de corazón, algo cambia. Experimentamos menos deseo en el sentido de que nos sentimos menos seducidos por “Los importantísimos guiones de nuestra vida”.
Por lo tanto, si aún en presencia de esta soledad que nos quema somos capaces de sentarnos con la inquietud durante 1.6 segundos cuando ayer no aguantábamos ni uno, éste es el camino del guerrero, éste es el sendero de la valentía.
Cuanto menos nos descentremos y nos volvamos locos, más saborearemos la satisfacción y la frescura de la soledad. Como solía decir el maestro Zen Katagiri Roshi: Uno puede sentirse solo y no estar perdido por ello.
El segundo tipo de soledad es el contentamiento. Cuando no tenemos nada, no tenemos nada que perder. No tenemos nada que perder, pero estamos programados hasta la médula en sentir que tenemos mucho que perder.
Esta sensación de que tenemos mucho que perder está enraizada en el miedo -a la soledad, al cambio, a cualquier cosa que no pueda resolverse, a la no-existencia; se basa en la esperanza de que nosotros logremos evadir este sentimiento y el miedo de no poder convertirnos en nuestro propio punto de referencia.
Cuando dibujamos una línea por el centro de una página, sabemos quiénes somos si estamos del lado derecho y quiénes somos si estamos del lado izquierdo, pero no sabemos quiénes somos cuando no nos ubicamos en ningún lado. Entonces no sabemos qué hacer, simplemente no lo sabemos. No tenemos punto de referencia, ninguna mano a la que agarrarnos.
En ese punto podemos perder el control o centrarnos. Contentamiento es un sinónimo para soledad, para la refrescante soledad, ponerse de acuerdo con la refrescante soledad. Renunciamos a creer que poder escapar de nuestra soledad va a proporcionarnos felicidad duradera o alegría o una sensación de bienestar o de valentía o fortaleza.
Generalmente tenemos que renunciar a esta creencia millones de veces, hacernos amigos una y otra vez de nuestro miedo y nerviosismo, hacer la misma cosa millones de veces con plena conciencia, entonces, sin darnos cuenta, algo comienza a cambiar. Podemos simplemente estar solos sin alternativas, contentos de estar aquí mismo con el estado de ánimo y la textura de lo que está pasando.
El tercer tipo de soledad es evitar actividades innecesarias. Cuando sentimos que “nos quema” la soledad, buscamos algo que pueda salvarnos, buscamos una salida. Sentimos esta sensación fastidiosa que llamamos soledad y nuestra mente se vuelve loca tratando de buscar compañeros que nos salven de la desesperación.
Esto es llamado actividad innecesaria. Es una forma de mantenernos ocupados para no tener que sentir ningún dolor. Pudiese tomar la forma de un soñar despiertos en forma obsesiva un verdadero romance, o escuchar los chismes de las noticias de las diez, o incluso irnos solos a pasear por el campo.
El punto es que en todas estas actividades nosotros estamos buscando compañía en nuestra forma habitual, utilizando nuestros familiares y repetitivos estilos de distanciarnos a nosotros mismos del “demonio” de la soledad.
¿Podríamos simplemente tranquilizarnos y tener un poco de compasión y respeto hacia nosotros mismos? ¿Podríamos dejar de tratar de escapar de estar solos con nosotros mismos? ¿Qué hay de practicar el no brincar o tratar de atrapar cuando comenzamos a entrar en pánico? Relajarnos en la soledad es una ocupación muy valiosa. Tal y como el poeta japonés Ryokan dice: “Si usted desea encontrar el significado, deje de estar persiguiendo tantas cosas”.
Otro de los componentes de la refrescante soledad es la completa disciplina. Esto significa que en cada oportunidad tenemos la disposición, estamos dispuestos a regresar, simplemente gentilmente regresar al momento presente. Esto es soledad como completa disciplina. Estamos dispuestos a sentarnos derechos y quietos, a simplemente estar allí, solos. Nosotros no tenemos que cultivar este tipo de soledad en particular, podríamos simplemente sentarnos derechos y quietos lo suficiente como para darnos cuenta de que es así como son las cosas.
Estamos fundamentalmente solos y no tenemos nada a que aferrarnos. Más aún, esto no es un problema. De hecho, ello nos permite descubrir finalmente un estado de ser completamente no pre-fabricado.
Nuestras suposiciones habituales -todas nuestras ideas de cómo son las cosas- nos impiden ver cualquier cosa de manera fresca y abierta. Entonces decimos, ¡Ah, sí, yo se! pero nosotros no sabemos. Ultimadamente, nosotros no sabemos nada. No hay certeza acerca de nada. Esta verdad fundamental y básica duele y nosotros queremos salir corriendo y alejarnos de ella.
Pero regresar y relajarse con algo tan familiar como la soledad, es una buena disciplina para darnos cuenta de la profundidad de los momentos no resueltos de nuestras vidas. Nos estamos haciendo trampa a nosotros mismos cada vez que huimos de la ambigüedad de la soledad.
Otro aspecto de la soledad refrescante es el no buscar seguridad en nuestros pensamientos discursivos. Nos han quitado la alfombra bajo los pies; se acabó; no hay manera de salirse de esto. Ya ni siquiera buscamos la compañía de nuestra constante conversación con nosotros mismos acerca de cómo es y cómo no es; si acaso es o si más bien no es; de si, quizás debería ser, o no debería ser; de si podría o no podría.
En la refrescante soledad no esperamos obtener seguridad de nuestro parloteo interior, es por ello, que, para la práctica de la meditación recibimos la instrucción de simplemente darnos cuenta de la presencia del pensamiento y nada más. Eso no tiene ninguna realidad objetiva.
Es transparente y no podemos agarrarlo. Somos incentivados a simplemente darnos cuenta de ese parloteo y aflojar, no hacer gran cosa acerca de nada.
La refrescante soledad nos permite mirar nuestras mentes honestamente y sin agresividad. Podemos gradualmente prescindir de nuestros ideales acerca de cómo pensamos que debamos ser, o quiénes pensamos que queremos ser, o lo que pensamos que otras personas piensan que nosotros queramos ser o debamos ser.
Renunciamos a todo eso y simplemente miramos directa y compasivamente y con humor lo que somos. Entonces la soledad deja de ser una amenaza y un dolor de cabeza, deja de ser un castigo.
La refrescante soledad no provee ninguna resolución ni tampoco nos proporciona una alfombra bajo los pies. Nos reta a adentrarnos en un mundo sin puntos de referencia, sin polarizaciones ni solidificaciones. Esto es llamado el camino medio o el sagrado camino del guerrero.
Cuando usted se despierta en la mañana y de ninguna parte surge el dolor de cabeza de la alienación y la soledad. ¿Podría usted utilizar eso como una oportunidad dorada?
En vez de perseguirse a sí mismo o sentir que algo terriblemente equivocado está sucediendo, ahí mismo, en el momento de tristeza y anhelo. ¿Podría usted relajarse y tocar el ilimitado espacio del corazón humano? Experimente con esto la próxima vez que tenga una oportunidad.