Tres clases de flojera
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2007
La flojera es un rasgo humano muy corriente. Desafortunadamente, inhibe la energía vigilante y socava o debilita de manera subrepticia nuestra confianza y fortaleza.
Existen tres clases de flojera: la orientada hacia la comodidad, la pérdida sentimental, y la que nos lleva a pensar “no me importa para nada”. Estas son tres maneras en las que quedamos atrapados en patrones habituales debilitantes. Sin embargo, explorarlos con curiosidad disuelve su poder.
La primera clase de flojera, la orientada hacia la comodidad, está basada en nuestra tendencia a rechazar la inconveniencia. Queremos descansar, queremos proporcionarnos espacio, consolarnos, consentirnos a nosotros mismos, pero hacerlo se vuelve un hábito, nos desanimamos y nos volvemos flojos.
Si está lloviendo, manejamos media cuadra en lugar de ir a pie. Al primer golpe de calor, prendemos el aire acondicionado. Ante la primera amenaza de frío, encendemos la calefacción. De esta manera perdemos contacto con la textura de la vida. Confiamos más en el rápido efecto estimulante y nos acostumbramos a los resultados automáticos.
Esta clase particular de flojera puede tornarnos agresivos. Nos enfurecemos ante la inconveniencia. Cuando el auto no funciona, cuando no hay agua o falla la electricidad, cuando tenemos que sentarnos directamente sobre el piso sin ningún cojín, explotamos.
La mentalidad orientada hacia la comodidad opaca nuestra capacidad para apreciar olores, percepciones visuales y sonoras. También nos vuelve insatisfechos. De alguna manera, en nuestros corazones, nosotros siempre sabemos que el puro placer no es la vía para una felicidad duradera.
La segunda clase de flojera es la pérdida sentimental. Sentimos una especie de desesperanza, de “pobrecita yo”. Nos sentimos tan golpeados por esa mentalidad de pobreza que no podemos ni levantarnos para lidiar con el mundo. Nos sentamos frente al televisor comiendo, bebiendo y fumando, mirando programa tras programa completamente ausentes.
No podemos hacer nada por lograr ventilar un poco nuestra pérdida sentimental. Incluso si logramos levantarnos y abrir la ventana de par en par, lo hacemos con cierta sensación de vergüenza. Ejecutamos el gesto exterior de romper con la flojera, pero interiormente aún continuamos manteniendo esa esencia de desesperanza interior. Ese gesto de levantarnos y empujarnos hacia la acción es aún expresión de la pérdida sentimental.
Aún nos estamos diciendo a nosotros mismos “Soy un fracaso, no hay esperanza para mi, nunca lo logro como debe ser”. De modo que nunca nos damos un descanso. Nos hemos olvidado de cómo ayudarnos a nosotros mismos, carecemos de la suficiente interiorización respecto a qué puede proporcionarnos un verdadero alivio.
La tercera clase de flojera, la que nos lleva a decir “no me importa para nada”, está caracterizada por el resentimiento.
Es algo similar a la pérdida sentimental pero mucho más duro. La pérdida sentimental conlleva cierta clase de suavidad y vulnerabilidad. Esta forma de flojera es más agresiva y desafiante. “El mundo es un caos. No me está dando lo que yo merezco entonces ¿por qué afanarse? Nos vamos a un bar y bebemos todo el día, y si alguien nos dirige la palabra, es muy probable que comencemos un pleito. O más bien cerramos las cortinas, nos metemos en la cama y corremos las cobijas por encima de nuestras cabezas.
Si alguien trata de animarnos… ¡que el cielo los ayude! Nos revolcamos en sentirnos menospreciados y descalificados. No queremos encontrar ninguna salida, sólo queremos andar tristes por allí sintiéndonos desvalorizados. Utilizamos la flojera como una forma de obtener revancha. Esta clase de flojera puede fácilmente tornarse en una depresión que nos incapacite.
Existen tres métodos habituales que los seres humanos utilizan para relacionarse con la flojera o con cualquier otra emoción conflictiva. Las llamo las tres estrategias inútiles -las estrategias de atacar, las de consentirse y las de ignorar.
La inútil estrategia de atacar es particularmente popular. Cuando contemplamos nuestra flojera nos condenamos a nosotros mismos. Nos criticamos y avergonzamos por incurrir en reconfortarnos y sentir lástima de nosotros mismos y no acabar de salir de la cama. Nos revolcamos en el sentimiento de la culpa y la descalificación.
La inútil estrategia del consentirnos es igualmente común. Justificamos e incluso aplaudimos nuestra flojera. “Esta es la forma en que soy. No merezco incomodidades ni inconvenientes. Tengo suficientes razones para estar brava y querer dormir veinticuatro horas diarias”. Puede que nos sintamos llenos de dudas y de a sensación de que esto sea inadecuado, pero nos llevamos a nosotros mismos a perdonar nuestro comportamiento.
La estrategia de ignorar es bastante efectiva, al menos por un rato. Nos disociamos, andamos en la luna, completamente ausentes. Hacemos todo lo posible por distanciarnos de la verdad desnuda de nuestros hábitos. Encendemos el piloto automático y simplemente evitamos mirar demasiado cerca lo que estamos haciendo.
Las prácticas de entrenamiento mental del guerrero espiritual presentan una cuarta alternativa, la alternativa de la estrategia iluminada. Esta consiste en la estrategia de experimentar totalmente sea lo que fuere que estuviésemos resistiendo sin escaparnos en nuestras tres maneras habituales. Nos volvemos inquisitivos respecto a las tres clases de flojera.
Con el entrenamiento en la bodhichitta, practicamos no oponer resistencia a la resistencia, penetrando con la ternura fundamental y cordura de nuestro ser antes de que se endurezca. Hacemos esto con la clara intención de que disminuya nuestro aferramiento al ego y que aumenten nuestra sabiduría y compasión.
Es importante reconocer que usualmente nosotros no queremos investigar la flojera ni cualquier otro hábito. Queremos consentirnos, ignorar o condenar. Queremos continuar con las tres inútiles estrategias porque las asociamos con alivio. Queremos continuar escapando en la mentalidad orientada hacia la comodidad, hablarnos a nosotros mismos interminablemente acerca de nuestra pérdida sentimental, o rumiar el fatalismo de que todo el asunto no podría importarnos menos.
Sin embargo, llegado cierto punto, pudiésemos comenzar a sentir curiosidad y comenzar a hacernos preguntas como ¿Por qué estoy sufriendo? ¿Por qué nada se ilumina? ¿Por qué mi insatisfacción y aburrimiento se vuelven más fuertes año tras año?
Allí es donde nosotros pudiésemos recordar nuestro entrenamiento. Donde pudiésemos sentirnos listos para comenzar a experimentar con el enfoque compasivo del guerrero. Es entonces cuando las instrucciones de permanecer con la ternura y no endurecernos pudiesen comenzar a tener sentido.
Entonces comenzamos a mirar dentro de nuestra flojera y a experimentar su cualidad directamente. Llegamos a conocer nuestro temor a la inconveniencia, nuestra vergüenza, nuestro resentimiento, nuestra torpeza, y llegamos a entender que otros también se sienten así. Prestamos atención a las historias que nos contamos a nosotros mismos y vemos cómo estas hacen que nuestros cuerpos se encojan o aprieten.
Con una práctica constante llegamos a comprender que ya no tenemos por qué creer esas historias. Hacemos tonglen, meditación sentada y otras prácticas de bodhichitta como formas de abrirnos a la crudeza de la energía emocional. Comenzamos a sentir cierta ternura, dándonos cuenta de que todos y cada uno quedan atrapados tal como nosotros y que todos podemos liberarnos.
La flojera no es particularmente estupenda ni terrible. Más bien tiene una viva cualidad básica que merece ser experimentada tal cual es. Puede que en la flojera encontremos una cualidad irritante, una cualidad que late. Pudiésemos sentirla como pesada y obtusa o, como vulnerable y cruda. Sea lo que sea que descubramos, a medida que la exploramos aún más, no encontramos nada a qué aferrarnos, nada sólido, sólo ausencia de piso, una energía despierta.
Este proceso de experimentar la flojera directamente y no de manera verbal, es transformativa. Libera una tremenda energía que está usualmente bloqueada por nuestro hábito de alejarnos y salir corriendo. Esto se debe a que cuando dejamos de oponer resistencia a la flojera, nuestra identidad como el(la) que es flojo(a) comienza a volverse trizas completamente. Sin la ceguera del ego, nos conectamos directamente con una perspectiva fresca, con una visión más amplia. Es así como la flojera -o cualquier otro demonio- nos introduce a la vida compasiva.
En una oportunidad, el Buda reunió a sus discípulos en un sitio llamado la montaña Pico del Águila. Aquí presentó unas enseñanzas revolucionarias -enseñanzas sobre la completamente abierta, sin base de ninguna naturaleza dimensión de nuestro ser- tradicionalmente conocidas como Shunyata, como La incondicional Bodhichitta, como La prajnaparamita.
El Buda ya había venido impartiendo enseñanzas sobre la ausencia de base, la ausencia de fundamento durante un tiempo. Muchos de los discípulos allí, en la montaña Pico del Águila, tenían una profunda realización de la impermanencia y de la ausencia de ego, de la verdad de que nada -incluyéndonos a nosotros mismos- es sólido o predecible. Ellos entendían el sufrimiento que resulta del aferramiento y la fijación.