DESESPERANZA Y MUERTE

 

 

Desesperanza y muerte

Pema Chodron

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Orientar la mente hacia el dharma no nos aportará seguridad ni certeza.  Volver nuestra mente hacia el dharma no nos brinda una base sobre la que descansar.  De hecho, cuando nuestra mente se vuelve hacia el dharma, reconocemos sin miedo la impermanencia y el cambio, y empezamos a encontrarle el truco a la desesperanza.

En tibetano hay una palabra interesante: ye tang che.  Ye significa <totalmente, completamente> y el resto de la palabra significa <exhausto>.  En conjunto, ye tang che significa <totalmente agotado>, o también podríamos decir <completamente harto> y describe una experiencia de total desesperanza, de renunciar a la esperanza completamente. 

Este es un punto importante, es el principio del principio.  Si no renunciamos a la esperanza  -de que hay otro lugar mejor en el que estar, de que tenemos que ser otra persona mejor-  nunca nos relajaremos en el dónde estamos y en quiénes somos. 

Podríamos decir que la palabra atención señala el hecho de ser uno con nuestra experiencia, de no estar disociados, de estar allí mismo cuando nuestra mano toca la manilla de la puerta, cuando suena el teléfono o surgen todo tipo de sentimientos.  La palabra atención describe el hecho de estar donde estamos.  Ye tan che, sin embargo, no se digiere tan fácilmente.  Expresa la renuncia esencial del camino espiritual.

Pensar que finalmente podemos tenerlo todo en orden no es realista.  Buscar una seguridad duradera es ilusorio.  Deshacer nuestros patrones habituales, tan antiguos y arraigados, requiere dar la vuelta a algunas de nuestras suposiciones más básicas.

Creer en un yo sólido, separado, independiente, que busca continuamente el placer y evita el dolor, o pensar, que alguien “ahí afuera” tiene la culpa de nuestro dolor, uno tiene que hartarse completamente de esta manera de pensar. Tenemos que renunciar a la esperanza de que esta forma de pensar nos proporcionará satisfacción. El sufrimiento empieza a disolverse cuando cuestionamos la creencia o la esperanza de que exista algún lugar donde ocultarse.

Desesperanza significa que ya no tenemos el coraje de mantener nuestra fantasía.  Quizás sigamos deseando mantenerla, anhelemos tener un suelo fiable y cómodo bajo los pies, pero hemos intentado mil formas de ocultarnos y mil formas de atar los cabos sueltos y el suelo bajo nuestros pies sigue moviéndose.

El tratar de conseguir seguridad duradera nos enseña muchas cosas porque si no lo intentamos, nunca nos daremos cuenta de que es algo que no se puede lograr. Orientar nuestra mente hacia el dharma acelera este proceso de descubrimiento. En cada esquina volvemos a darnos cuenta de que no hay esperanza posible: simplemente no podemos colocar ningún suelo bajo los pies. 

La diferencia entre el teísmo y el ateísmo no es si uno cree o no cree en Dios, y es una cuestión aplicable a todo el mundo, tanto budistas como no budistas. El teísmo es una profunda convicción de que hay una mano a la que agarrarse, de que, si hacemos las cosas adecuadas, alguien nos apreciará y cuidará de nosotros.  Implica pensar que siempre habrá una niñera disponible cuando la necesitemos y así tendemos a renunciar a nuestras responsabilidades y a delegar nuestra autoridad en algo externo a nosotros.

El ateísmo es relajarse en la ambigüedad e incertidumbre del momento presente sin tratar de echar mano de algo que nos proteja.  A veces pensamos que el dharma es algo fuera de nosotros, algo en lo que creer, algo que alcanzar, pero el dharma no es una creencia ni es un dogma, es la apreciación total de la impermanencia y el cambio. 

Las enseñanzas se desintegran cuando tratamos de agarrarlas, tenemos que experimentarlas sin esperanza.  Mucha gente valerosa y compasiva las ha experimentado y enseñado.  El mensaje es intrépido, el dharma nunca estuvo destinado a ser una creencia que pudiéramos seguir ciegamente, no nos da nada a que aferrarnos.

El ateísmo es tomar plena conciencia de que no hay ninguna niñera con la que podamos contar.  Cuando conseguimos un buen niñero o niñera, al poco tiempo se va.  El ateísmo es darse cuenta de que no son sólo las niñeras las que vienen y se van. Todo en la vida es así.  Ésa es la verdad y la verdad resulta incómoda, pero para quienes buscan algo a que aferrarse, la vida es todavía más incómoda. 

Desde este punto de vista, el teísmo es una adicción: todos somos adictos a la esperanza, a la esperanza de que la duda y el misterio desaparecerán.  Esta adicción tiene un efecto doloroso en la sociedad y una sociedad basada en muchas personas adictas a tener un suelo bajo los pies no es un lugar muy compasivo.

La primera noble verdad del Buda es que el hecho de sufrir no indica necesariamente que algo está equivocado.  El sufrimiento es parte de la vida y no tenemos que sentir que ocurre porque hemos hecho un movimiento equivocado a nivel personal. 

Pero, cuando sufrimos, solemos pensar que algo está mal.  Mientras seamos adictos a la esperanza sentiremos que podemos matizar nuestra experiencia o animarla o cambiarla de alguna manera y seguiremos sufriendo mucho.  En tibetano, esperanza se dice rewa y miedo se dice dokpa, pero la palabra más utilizada es re-dok que es una combinación de ambas.  Mientras una esté presente, también lo estará la otra. 

Este re-dok, esperanza-miedo, es la raíz de nuestro dolor.  En el mundo de la esperanza y del miedo siempre tenemos que cambiar el canal, siempre tenemos que cambiar de temperatura, de música, porque algo nos resulta incómodo, algo está inquieto, algo está empezando a doler y continuamos buscando alternativas.

En un estado mental no teísta, abandonar la esperanza es afirmarse y ése es el principio del principio.  Puedes poner la frase: <Abandona la esperanza> en la puerta de tu nevera en lugar de otras aspiraciones más convencionales como  <Voy mejorando cada día de todas las formas posibles.> La esperanza y el miedo surgen de un sentimiento de pobreza, del sentimiento de que estamos incompletos. 

No podemos relajarnos con nosotros mismos sin más.  Nos aferramos a la esperanza y la esperanza nos roba el momento presente.  Sentimos que debe haber alguien que sepa lo que está ocurriendo pero que a nosotros nos falta algo y por lo tanto hay algo que falta en nuestro mundo.

En lugar de permitir que la negatividad se lleve lo mejor de nosotros, podemos reconocer que en este mismo momento estamos por el suelo y no ser quisquillosos a la hora de echar un vistazo a lo que pasa.  Es lo más compasivo y lo más valiente que podemos hacer. Podemos oler nuestra porquería, sentirla ¿qué textura, qué color y qué forma tiene?  Podemos explorar la naturaleza de la porquería, podemos conocer la naturaleza del disgusto, de la vergüenza, del azoramiento y no creer que haya nada malo en ellos. 

Podemos abandonar la esperanza fundamental de que hay otro <yo> mejor dentro de nosotros que emergerá algún día.  No podemos saltar por encima de nosotros mismos como si no estuviéramos allí.  Es mejor echar una mirada directamente a todas nuestras esperanzas y miedos básicos, entonces surge una especie de confianza en nuestra cordura fundamental.

Aquí es donde la renuncia entra en escena:  renunciar a la esperanza de que nuestra experiencia podría ser diferente y renunciar a la esperanza de que podríamos ser mejores. Las reglas monásticas budistas que aconsejan renunciar al licor, al sexo, etc., no señalan que dichas cosas sean malas o inmorales, sino que las usamos como niñeras. 

Las empleamos como una forma de escapar, las empleamos para sentirnos cómodos y distraernos. 

El verdadero objeto al que renunciamos es la tenaz esperanza de que se nos puede salvar de ser quienes somos.  La renuncia es una enseñanza que nos inspira a investigar lo que está ocurriendo cada vez que nos aferramos a algo porque no podemos soportar enfrentar lo que viene hacia nosotros. 

Una  vez viajé en avión junto a un hombre que interrumpía una y otra vez nuestra conversación para tomar diversas píldoras.  Cuando le pregunté qué era lo que estaba tomando, me respondió que eran tranquilizantes.  Le pregunté ¿Estás nervioso? y me contestó: <No, ahora no, pero cuando llegue a casa sí que voy a estarlo.>  Usted podrá reírse de esta historia, pero ¿qué pasa con usted cuando empieza a sentirse incómodo e inestable?  Perciba su pánico y el momento en que instantáneamente usted le echa mano a algo, se aferra a algo.  Ese aferrarse a algo está basado en la esperanza, no agarrarse a nada es perder la esperanza. 

Si la esperanza y el miedo son los dos lados de la misma moneda, también lo son la desesperanza y la confianza.  Si estamos dispuestos a renunciar a la esperanza de que la inseguridad y el dolor pueden ser eliminados, entonces podemos reunir el coraje suficiente para relajarnos en la ausencia de esa base sólida que caracteriza nuestra situación. Este es el primer paso del camino.  Si no nos interesa ir más allá del miedo y de la esperanza, no tiene sentido tomar refugio en el Buda, en el dharma y en la sangha. 

Tomar refugio en el Buda, en el dharma y en la sangha tiene que ver con renunciar a la esperanza de contar con un suelo bajo los pies.  Estamos preparados para tomar refugio cuando este tipo de enseñanza  -nos sintamos completamente abiertos a ella o no-  sea para nosotros como oír algo vagamente familiar, como el niño que se encuentra con su madre después de una larga separación. 

La desesperanza es el fundamento, de otro modo haremos el camino con la esperanza de conseguir alguna seguridad y si hacemos el camino para conseguir seguridad, perdemos el sentido completamente.

Podemos hacer nuestra práctica meditativa con la esperanza de conseguir seguridad, podemos estudiar las enseñanzas con la esperanza de conseguir seguridad, podemos seguir las directrices e instrucciones con la esperanza de conseguir seguridad, pero si buscamos seguridad, toda nuestra práctica sólo nos llevará a la decepción y al dolor.

Podemos ahorrarnos mucho tiempo tomándonos este mensaje en serio ahora mismo. Empiece el viaje sin esperanza de ponerse un suelo bajo los pies, empiece el camino sin esperanza.

Toda ansiedad, toda insatisfacción, todas las razones para esperar que nuestra experiencia pueda ser diferente de lo que es, están enraizadas en nuestro miedo a la muerte. 

El miedo a la muerte siempre es el trasfondo.  Como dijo el maestro Zen Shunryu Suzuki Roshi, la vida es como montarse en una barca que va a salir a navegar al mar y se va a hundir.  Pero, por mucho que usted haya oído hablar de la muerte, es muy duro creer en su propia muerte.

Aunque muchas prácticas espirituales nos aconsejan tomarnos la muerte en serio, es sorprendente lo difícil que resulta dejarla llegar. La única cosa con la que verdaderamente podemos contar resulta increíblemente lejana para todos nosotros.  No llegamos a afirmar descaradamente <de ninguna manera, no me voy a morir> porque evidentemente sabemos que sí, pero está claro que será después.  Ésta es la mayor de las esperanzas.

Trungpa Rimpoché dio una vez en una conferencia pública titulada <La muerte en la vida cotidiana.> Nos hizo ver como hemos sido criados en una cultura que teme la muerte y nos la oculta, pero, sin embargo, la experimentamos constantemente, la experimentamos en forma de decepciones, de cosas que no funcionan.  La experimentamos al palpar que todas las cosas están en un proceso de continuo cambio. 

El final del día, el final de un segundo, la expiración, eso es la muerte en la vida cotidiana.

También podríamos definir la muerte en la vida cotidiana como la experiencia de todas las cosas que no deseamos: nuestro matrimonio no funciona, nuestro empleo no se estabiliza.  Tener una relación con la muerte en la vida cotidiana significa que empezamos a ser capaces de esperar, de relajarnos en la inseguridad, en el pánico, en la vergüenza, en las cosas que no funcionan.  A medida que pasan los años, no llamamos a la niñera tan rápidamente.

La muerte y la desesperanza nos proporcionan la motivación adecuada para vivir una vida llena de entendimiento y compasión.  Pero casi todo el tiempo nuestra principal motivación es defendernos de la muerte. Habitualmente tratamos de defendernos de cualquier sensación problemática, siempre estamos intentando negar que el cambio es algo natural, que la arena se desliza entre nuestros dedos.

El tiempo pasa.  Es algo tan natural como el cambio de estaciones o que el día se convierta en noche, pero envejecer, enfermar, perder a los seres queridos, no solemos considerarlos eventos naturales.  Pase lo que pase queremos defendernos de la muerte.

Cuando algo nos recuerda la muerte, sentimos pánico. No es que simplemente nos hayamos cortado un dedo, que la sangre fluya y que nos pongamos una curita.  Siempre añadimos algo más, algo de nuestra cosecha personal.  Algunos nos sentamos estoicamente y sangramos sobre nuestra ropa. 

Otros nos ponemos histéricos, no sólo nos ponemos una curita, sino que llamamos a la ambulancia y vamos al hospital.  Hay quien se pone curitas de marca, pero sea cual sea nuestro estilo, no es algo simple, no es algo desnudo y sin artificio.

¿Podemos volver a lo desnudo y sin artificio?  ¿Podemos volver atrás?  Éste es el principio del principio:  lo desnudo y sin artificio, nuestro viejo y conocido dedo sangrante.  Volver a lo recto, a lo íntegro.  Relajarnos en el momento presente, relajarnos en la ausencia de esperanza, relajarnos en la muerte, no resistirnos al hecho de que las cosas se acaban, de que las cosas pasan, de que no tienen sustancia duradera, de que todo está cambiando constantemente, éste es el mensaje básico.

Cuando hablamos de la desesperanza y de la muerte estamos hablando de enfrentar los hechos, de no escaparnos.  Puede que sigamos teniendo adicciones de todo tipo, pero dejamos de creer que vayan a darnos la felicidad. Muchas veces hemos cedido a nuestra adicción a la gratificación inmediata; lo hemos hecho tantas veces que aferrarnos a la esperanza ha pasado de ser un placer a corto plazo a convertirse en un infierno a largo plazo. 

Renunciar a la esperanza nos anima a quedarnos con nosotros mismos, a ser nuestro propio amigo, a no huir de nosotros mismos, a volver a lo simple y sin artificio pase lo que pase. El telón de fondo de toda esta cuestión es el miedo a la muerte: es lo que nos inquieta, lo que nos hace sentir pánico, lo que nos pone ansiosos, pero si experimentamos completamente la desesperanza renunciando a toda alternativa que no sea el momento presente, podemos tener una relación alegre con nuestras vidas, una relación honesta y directa, una relación que ya no ignore la realidad de la impermanencia y de la muerte.

Que nuestra sincera motivación y esfuerzos

contribuyan a liberar del sufrimiento a todos los seres

sin excepción alguna.