SIN PREFERENCIAS

 

Sin preferencias

Pema Chodron 

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Caracas, mayo, 2007

Numerosas enseñanzas sobre la naturaleza de la mente tratan de la quietud y la actividad.  Si quisiéramos descubrir la esencia de los fenómenos, todo lo que quedaría sería quietud y actividad, es decir, el espacio y eso que continuamente nace del espacio y vuelve al espacio, quietud y actividad.  También se conoce como el fondo y el primer plano. 

En cualquier caso, vamos a tratar sobre la importancia de no preferir la quietud o la actividad, o bien, podríamos decir, no preferir la agitación del samsara o la quietud del nirvana.

Por lo general hay dos tipos de tendencias.  Son dos formas comunes de neurosis humana.  Una es quedarse atrapado en toda clase de pre-ocupaciones, miedos y deseos, querer y no querer, y en todo tipo de cosas: trabajo, familia, casa, dinero, vacaciones, diversiones, las montañas, el desierto, Europa, México, Jamaica, la prisión, la guerra o la paz, etcétera. 

Muchos de nosotros estamos atrapados por todo lo que ocurre, de alguna manera somos presas de las circunstancias, como si estuviéramos inmersos en un remolino.  En el samsara continuamente intentamos huir del sufrimiento y perseguir el placer, y al hacerlo, simplemente damos vueltas y más vueltas.

Tengo tanto calor que abro las ventanas, pero al hacerlo me entra tanto frío que me pongo un sweater.  Este me provoca picazón y entonces me pongo crema en los brazos, pero como estoy tan pegajosa me voy a dar un baño.  Ahora tengo frío y cierro las ventanas y así sucesivamente. Me siento solo, entonces me caso, pero siempre me estoy peleando con mi esposa, entonces tengo una aventura amorosa, y como resultado, mi mujer me amenaza con dejarme y me siento atrapado en la confusión sobre qué hacer, y así sucesivamente. 

Siempre estamos intentando escapar de la olla en ebullición hacia alguna clase de frescor, siempre intentando escapar, y por lo tanto, nunca llegamos a tranquilizarnos realmente ni a apreciar la situación.  A eso se le llama samsara. 

Es decir, de algún modo siempre tendemos a preferir la actividad, siempre estamos trabajando bajo el mismo esquema de intentar sentirnos a gusto por medio de creencias políticas, filosóficas y religiosas y todo lo demás, e intentando obtener placer en todo cuanto ocurre. La otra neurosis  -que también es de lo más común-  es la de apegarse a la paz y a la tranquilidad, a la liberación o a la libertad.

Durante un viaje me encontré con algunas personas que habían formado un grupo basado en la creencia de que un platillo volador les sacaría de todo esto. Estaban esperando que llegase y les liberara de la vulgaridad de la Tierra.  Hablaban acerca de trascender el horror de la vida, de alcanzar el espacio, la claridad, el gozo de no tener impedimentos, de ser completamente libres.  Cuando el platillo volador se los llevara, irían a un lugar sin problemas.  Esto es lo que todos hacemos sutilmente. 

Si tenemos una experiencia de claridad o de gozo, pretendemos que continúe.  Así es como nacen muchas adicciones por  querer sentirnos bien continuamente aunque por lo general acaben por no funcionar. Sin embargo, también es una neurosis muy común la de quedar atrapado en querer seguir allí como algunos amigos míos de los setenta que decidieron tomar LSD cada día para poder, simplemente, seguir allí.

Algunas veces esto se expresa arreglando nuestra vida de un modo muy tranquilo, suave y simplificado.  Nos sentimos tan apegados a él que queremos dejarlo tal como está.  Nos resistimos y nos molesta cualquier clase de situación ruidosa, como que vengan muchos niños o perros y nos lo desbarate todo.

Hay algunas personas que tienen una inmensa percepción de la naturaleza de la realidad, la ven como vasta y maravillosa  -lo que se denomina a veces una visión sagrada-  pero entonces se sienten totalmente insatisfechos con la vida ordinaria.  Esa visión sagrada, en lugar de enriquecer sus vidas, les hace sentir más pobres todo el tiempo.

A menudo, la razón por la que alguien pasa de la neurosis a la psicosis es que ve esa situación tan espaciosa y sincronizada, la vastedad de las cosas y cómo actúa el mundo en realidad, pero habiéndose dado cuenta de esto, se aferra a su percepción y queda completamente atrapado en ella.  Se ha dicho, y con toda exactitud, que un sicótico se ahoga en las mismas cosas en las que nada un místico.

Lo que se quiere decir con esto es que el ego puede utilizar cualquier cosa para recrearse a sí mismo, ya sea la constante actividad o la sensación de espacio infinito, lo que llamamos samsara y nirvana.

En muchos grupos religiosos encontramos la tendencia a querer escapar del mundo, de su dolor, y a no tener que sufrir nunca más su fealdad. Pero no es cuestión de preferir la quietud o la actividad, sino ser capaz de comprender que el samsara y el nirvana son una unidad y vivir ambas plenamente.

Si puedes vivir con la tristeza de la vida humana, lo que Rimpoché a menudo llamaba el tierno o genuino corazón de la tristeza, si puedes intentar sentir plenamente y reconocer continuamente tu propia tristeza y la de la vida, pero al mismo tiempo no te dejas ahogar por ella porque recuerdas la visión y el poder de la budeidad, experimentarás equilibrio y plenitud, uniendo cielo y tierra, visión y practicidad.  

Estamos hablando de hombres y mujeres que unen el cielo y la tierra, pero en realidad ya están unidos. No hay ninguna separación entre el samsara y el nirvana, entre la tristeza y el dolor del samsara y la visión y el poder de la perfecta budeidad. Uno puede mantenerlos a ambos en el corazón, que es, en realidad, el propósito de la práctica. 

Como resultado se puede preparar una buena taza de té. El ritual es unir visión y practicidad, cielo y tierra, samsara y nirvana.  Cuando las cosas se entienden correctamente, toda la vida es como un ritual o una ceremonia.  En tal caso todos los gestos de la vida son mudras y todos los sonidos son mantras.  Lo sagrado está en todas partes. Esto es lo que se halla detrás del ritual, esos elementos de carácter formal que realizan las religiones o tradiciones espirituales de las diferentes culturas.  El ritual, cuando se realiza con sinceridad, es como una cápsula del tiempo. 

Es como si hace miles de años alguien hubiese tenido una visión clara y vasta de la magia, del poder y de lo sagrado, y se hubiese dado cuenta de que si cada mañana salía a saludar al sol de una forma estilizada, quizás con un canto especial, haciendo ceremonias o tal vez postrándose, conectaba con aquella riqueza. 

Así que enseñó a sus hijos a hacerlo, y sus hijos se lo enseñaron a su vez a los suyos, y así sucesivamente.  Y miles de años después la gente lo sigue haciendo, conectándose precisamente con la misma sensación.  Todos los rituales que se transmiten son así. 

Alguien puede tener una percepción, y en lugar de perderse, puede mantenerse viva por medio de un ritual. Por ejemplo, Rimpoché decía a menudo, que el dharma  -las enseñanzas de Buda- es como una receta para hacer pan tierno.  Hace miles de años alguien descubrió cómo hacer pan, y al pasar la receta durante años y años, nosotros podemos aún hoy día hacer pan y comerlo recién hecho.

El ritual, cuando es genuino y sincero, nos ayuda a conectarnos de nuevo con el poder y la visión, y también con la tristeza y el dolor de la condición humana.  Cuando el poder y la visión van unidos, existe un sentido de hacer las cosas correctamente por su propio provecho. 

Hacer una buena taza de té significa que la preparamos de un modo pleno y completo porque apreciamos el té y el agua hirviendo, el hecho de que juntos pueden convertirse en algo nutritivo y delicioso que eleva nuestro espíritu. No lo hacemos porque nos inquiete el hecho de que si no sale bueno no vamos a caerle bien a alguien.

Tampoco lo hacemos tan deprisa que acabamos antes de darnos cuenta de que hemos hecho una taza de té o nos hemos bebido seis.  Así que aunque fumemos un cigarrillo, bebamos una taza de té, hagamos la cama o lavemos los platos  -hagamos lo que hagamos-  será un ritual si mantenemos la conexión.

Los indígenas americanos siempre han comprendido las estaciones, la salida y la puesta del sol, la tierra, y tienen rituales para celebrar todos estos acontecimientos.  Los ritos de la pubertad y todas las otras ceremonias poseen una perfecta coreografía, como una bella danza, para que nadie olvide que todos estamos conectados. 

La gente de la antigüedad sabía cómo hacer este tipo de cosas y se transmitían el conocimiento, que es lo que se llama linaje.  Alce Negro era un “hombre santo” Sioux  en la época en que su pueblo estaba perdiendo la esperanza y el espíritu porque su forma de vivir, aquella que les había dado esa sensación de estar conectados, estaba siendo destruida. 

Pero no todo estaba perdido todavía.  A los nueve años tuvo una visión de cómo podía salvar a su pueblo, una visión de caballos llegando de todas direcciones.  En una de ellas los caballos eran blancos, en otra alazanes, en otra tricolores y en la última negros. 

Con ellos venían doncellas llevando objetos sagrados, y los antepasados cantando profecías.  Cada dirección tenía su simbolismo ritualista.  Nunca contó su visión a nadie porque pensó que no le creerían, pero cuando tenía unos setenta años sintió que se estaba volviendo algo loco, así que finalmente decidió contárselo al hechicero, el cual inmediatamente lo comprendió y dijo:  “Debemos actuar a toda prisa”.  Se pusieron manos a la obra pintando sus cuerpos tal como lo había visto, representando toda la visión.

A sus veinte años todo se había desmoronado por completo.  Acabó actuando con algunos otros indígenas en el Wild West, un circo de Búfalo Bill.  Se los llevaron en una “barca de fuego” a Europa para actuar en Londres con todos sus ponis y vestiduras típicas. 

Una noche la reina Victoria acudió a la representación.  Ahora bien, es difícil pensar que en 1886 Alce Negro, un Sioux  de las praderas y la reina Victoria tuvieran muchas cosas en común, pero aquella noche no asistió nadie más, sólo la reina Victoria, en un brillante carruaje, con todo su séquito. Al finalizar la representación se levantó y con su menuda y suave diestra les estrechó la mano a todos. 

A Alce Negro realmente le gustó.  Luego se inclinó ante ellos y quedaron tan impresionados con su porte y apariencia que las mujeres hicieron una especie de trémolo y los hombres el típico grito indígena, saludándola con una reverencia.  Alce Negro la describió como “Gran Madre Inglaterra.  Tenía una gran presencia y majestuosidad.  “Era pequeña, gordita y buena con todos nosotros”.

Un mes después ella les invitó a su vigésimo quinto aniversario.  Tal como Alce Negro explica, al llegar con los otros indígenas a aquella gran mansión todo el mundo gritaba: “Jubileo, jubileo, jubileo”.  El todavía no sabía lo que aquello significaba pero fue capaz de describir lo que vio. Primero compareció la reina Victoria en su carruaje dorado, con los caballos engalanados en oro, ataviada con su dorado ropaje flamígero. 

En un carruaje negro tirado por negros caballos la seguía el nieto de la reina, y en otro carruaje negro con caballos grises iban sus familiares.  Describió todos los carruajes y caballos, y todos los hombres con sus bellos ropajes montando caballos negros con grandes penachos.  Para ellos toda la ceremonia fue muy significativa.  Dijo que antes del jubileo se sentía como una persona que no había tenido nunca una visión, pero que ver toda aquella pompa y ceremonia lo volvió a

conectar con su corazón.  Cuando la reina Victoria, en su carruaje dorado, llegó a la altura de los indígenas, ordenó al cochero detenerse y se levantó e inclinó ante ellos otra vez.  De nuevo éstos echaron todas sus cosas al aire gritando, chillando, haciendo el trémolo y cantando a Gran Madre Inglaterra.  Aquello les levantó el ánimo.

El ritual puede ser la reina de Inglaterra o el pueblo de las Grandes Praderas.  De algún modo trasciende el tiempo y el espacio.  En cualquier caso, pienso que tiene algo que ver con mantener la tristeza y el dolor del samsara en nuestro corazón y al mismo tiempo mantener la visión y el poder de la budeidad.  Toda nuestra vida puede ser un ritual. 

Podemos aprender a detenernos cuando el sol se pone y cuando se levanta.  Podemos aprender a escuchar el viento, a notar que está lloviendo, nevando, granizando o haciendo un tiempo sereno.  Podemos volver a conectarnos con el tiempo, que somos nosotros mismos y comprender que es triste.  Cuanto más triste y vasto, más abre nuestro corazón.  Podemos dejar de pensar que la buena práctica es cuando es agradable y serena, y la mala, cuando es tormentosa y oscura.