LAS NUEVE ETAPAS

Las nueve etapas del entrenamiento mental

Sakyong Mipham Rimpoché 

Traducción y edición: María Mercedes Márquez 

Febrero, 2008

La meditación conduce al practicante a lo largo de un muy bien diseñado camino que va de una mente confundida a una mente estable, clara y fuerte.  A medida que los meditadores del pasado se sentaban en sus cojines y trabajaban con sus mentes, pudieron contemplar el despliegue del mismo proceso: las nueve maneras en las que la mente puede ser fiel a su inherente estabilidad, claridad y fortaleza. 

En sus descripciones de las nueve etapas del entrenamiento mental a través de la meditación shámata o “meditación de la tranquilidad”, nos dejaron señales del proceso.  Estas pautas son de gran ayuda porque la mente es tan vasta que, si fuésemos abandonados a nuestros propios recursos, con frecuencia simplemente vagaríamos en pensamientos.  Estas nueve etapas constituyen un mapa del proceso meditativo. 

Las primeras cuatro etapas –ubicación, continua ubicación, repetida ubicación y ubicación cercana-  tienen que ver con desarrollar estabilidad.  Las etapas cinco y seis –domando y pacificando- tienen que ver con desarrollar claridad y las últimas tres etapas –pacificando a fondo, centrados en un solo punto y ecuanimidad- tienen que ver con la construcción de la fortaleza.

1. Ubicación   

Ubicar nuestra mente en la respiración es lo primero que hacemos en la meditación.  El momento de ubicar nuestra mente es como si estuviésemos montando un caballo: colocamos nuestro pie en el estribo y nos impulsamos hacia la silla.  Es cuestión de asumir nuestro asiento de manera apropiada. Este momento de ubicación comienza cuando apartamos nuestra mente de su habitual tendencia a estar involucrada en eventos, problemas, pensamientos y emociones.  Tomamos la salvaje y ocupada mente y la colocamos sobre la respiración.  Aun cuando estamos ubicando nuestra conciencia, la cual no es algo físico, la ubicación se siente muy física.  Es algo tan deliberado como colocar una roca sobre una hoja.

A fin de que la ubicación sea exitosa, tenemos que reconocer formalmente que estamos aflojando el aferramiento a los conceptos, a los pensamientos y emociones, es decir, tener la disposición de darnos cuenta de que  estamos ubicando nuestra mente en la respiración.  ¿Qué sucede en ese momento?  Nuestros apegos son desarraigados.  Si podemos intentar tan sólo eso, nuestra tendencia discursiva se reduce considerablemente.  Al mismo tiempo, colocándola sobre la respiración, estamos unificando la mente que está dispersa por todas partes. 

Para meditadores principiantes, la primera etapa es cuando aprendemos a enfocarnos en la respiración de manera equilibrada, a reconocer los pensamientos y mantener la postura.  Es un período de gracia durante el cual desarrollamos buenos hábitos de meditación.  A medida que seguimos con nuestra práctica, la ubicación siempre es el primer paso.  Es ese momento al comienzo de cada sesión donde reconocemos y aceptamos que hemos empezado la meditación. 

Como esto establece nuestra actitud hacia el resto de la sesión, es la etapa más importante.  El momento de la ubicación aporta a nuestra meditación cierto vigor, un claro inicio. Si comenzamos de manera vaga y ambiciosa, entonces nuestra meditación sólo continuará siendo vaga y ambiciosa.  Tal como colocar una pieza de dominó, la claridad con la que coloquemos nuestra mente en la primera etapa afectará directamente el desarrollo de la próxima. 

Luego del primer momento, cada vez que usted reconozca, acepte la presencia de un pensamiento y regrese su conciencia a la respiración, usted estará aprendiendo ubicación.  Es algo tan pequeño, tan inocuo, pero es a su vez una de las cosas más valientes que puede hacer. 

Cuando reconoce y abandona ese pensamiento, usted puede estar orgulloso de usted mismo.  Ha vencido la flojera.  Usted ha recordado las instrucciones.  Usted puede sentirse contento regresando a la respiración.  No se inquiete por tener que hacerlo de nuevo –usted va a hacerlo mil veces.  Por eso se le llama práctica. 

Cada vez que usted recuerda ubicar su mente en la respiración, está yendo hacia adelante.  Con simplemente dejar que se vaya un pensamiento, usted está apartándose de los conceptos, de las emociones negativas y de la confusión.  Está abandonando la necesidad de estar eternamente entretenido y consumiendo algo.  Usted tiene que hacerlo de nuevo una, y otra y otra vez.  El cambio se da en cada respiración, en cada pensamiento. 

Cada vez que usted regresa a la respiración, está alejándose un paso más de la adicción a una mente discursiva y temerosa y está dando un paso adelante en el camino de la iluminación, comenzando por desarrollar compasión por usted mismo.

Me encanta el golf.  Lo juego cada vez que puedo.  Sin importar que clase de juego esté teniendo, sólo puedo golpear una pelota a la vez.  Cada pelota es la única pelota; mi mente tiene que estar fresca cada vez.  Si pienso en las pelotas que he golpeado o en las que golpearé, no estoy realmente dándole a “ésta” pelota.  Tan sólo estoy fijando malos hábitos.  Es lo mismo con la ubicación.  Si no hay frescura y vigor en reconocer y liberar los pensamientos, usted no está realmente meditando, usted está fijando desidia.  Esos pensamientos adquirirán valor, y eventualmente usted no estará meditando para nada.  Usted sólo estará pensando. 

Reconocer, aceptar y liberar un pensamiento es como alcanzar el tope de una montaña.  Justifica el grito del guerrero.  Lo que celebramos es dejar atrás las auto indulgentes fantasías que nos robarán nuestra vida a menos que trabajemos con ellas apropiadamente. Inspiración, visión, esfuerzo, confianza, atención plena y conciencia nos apoyan en esto.  

Mientras más podamos canalizar nuestra atención y enfocar, más fuerte se vuelve nuestra mente, se torna más fuerte la experiencia y más fuerte se vuelve el resultado. Sabemos que podemos ubicar nuestras mentes apropiadamente cuando logramos mantener nuestro foco en la respiración durante aproximadamente treinta minutos sin que nuestra mente se torne enormemente distraída. 

2. Ubicación permanente

Ubicar nuestra mente en la respiración ahora resulta bastante fácil.  Hemos aprendido a montar el caballo y ahora nos sentimos cómodos sobre la silla.  El caballo camina a lo largo del sendero.  Hemos experimentado cómo se siente estar sobre la respiración, estar continuamente en el sitio donde debemos estar.  Cuando la distracción y la mente discursiva nos sacan del camino, de una u otra manera podemos reubicarnos y volver a nuestro lugar.  Lo que nos permite hacer esto  -la continua ubicación-  es un mayor desarrollo de la constante atención y conciencia, de la ausencia de flojera y también de recordar las instrucciones.

Otra razón por la que podemos ubicar exitosamente nuestra mente en la respiración es que tenemos confianza en las razones por las que estamos meditando.  Lo hacemos con entusiasmo porque sabemos que nos aportará paz.  Vemos la futilidad de los asuntos externos, de las fantasías, los pensamientos y las emociones.  Estamos dispuestos a renunciar a ellos al menos durante el período de nuestra meditación porque vemos los beneficios de hacerlo.  La ubicación se ha vuelto una cosa razonable de hacer.

Cuando reposar nuestra mente en la respiración y relacionarnos con nuestros pensamientos tranquilamente se vuelve una norma, estamos aproximándonos al final de esta etapa.  Una señal consiste en que podemos reposar nuestras mentes durante aproximadamente treinta minutos sin distraernos. 

Ubicándonos en el vaivén de las respiraciones, hacia dentro y hacia fuera, podemos estar atentos y concientes de la respiración.  Aún cuando pudiésemos experimentar cierto nivel de discursividad, los pensamientos no nos molestan ni son lo suficientemente abrumadores como para que perdamos el estar concientemente atentos y nos olvidemos de la respiración totalmente.

En esta etapa nuestra atención conciente y estabilidad duran tan sólo eso; luego nuestras mentes se dispersan.  Pero cuando la mayor parte del tiempo de nuestra práctica consiste en que podemos permanecer en la respiración durante al menos media hora, brindándonos a nosotros mismos un poquito de espacio en el cual no vamos a estar del todo centrados ni tampoco del todo distraídos, entonces hemos pasado de la segunda a la tercera etapa.

3. Repetida ubicación

Pudiese parecernos que hemos venido repitiendo la ubicación desde el principio, pero el paisaje de la meditación es vasto y las etapas progresivamente sutiles porque ellas describen nuestra experiencia, la cual se vuelve cada vez más y más refinada.

La palabra tibetana para esta etapa es “len”, lo cual significa recobrarse, reunirse, traerse de vuelta.  Hemos aprendido cómo ubicar nuestra mente y cómo continuar ubicando nuestra mente, pero aún, ocasionalmente, de pronto surge un pensamiento como un caballo galopando a través de las praderas.  En las dos etapas iniciales esto sucedía incesantemente. En la tercera etapa sólo ocasionalmente.

Durante la segunda etapa, aprendimos a disfrutar del paseo. Estamos  encantados  de poder  mantenernos  sobre la silla y disfrutar del paisaje. En la tercera  etapa  nos  tornamos más seguros de nosotros mismos, pero aún así, el caballo tendrá momentos espontáneos de excitación y salvajismo.

De vez en cuando retrocede, corcovea o se sale del camino. Entonces nosotros tenemos que traerlo de vuelta.  En la tercera etapa, ocasionalmente practicamos el recobrar nuestra mente, y hacia el final de esta etapa, lo hacemos cada vez con menos frecuencia. Nuestra atención plena está madurando hacia la estabilidad.

Ahora podemos enfocarnos en la respiración, podemos enfocarnos en estar presentes. Cuando la mente se ausenta, con frecuencia lo hace para perseguir fantasías o pequeños placeres que van desde comida, querer que pare de llover o aventuras románticas. Esto significa que estamos controlando nuestra mente de una manera muy rígida.  Nos hemos enfocado en la respiración con tanta fuerza  que la mente se ausenta de repente.

A medida que progresa la etapa, aumenta la rapidez y eficiencia con la que logramos refrenar nuestra mente.  Como comparación, la forma en la que lográbamos apartarnos de los pensamientos en las etapas anteriores nos parece desordenada.  Algunas veces, mientras más fuerza poníamos en el intento, más confundidos nos encontrábamos.  Pero ahora, debido a que la atención plena es más fuerte, podemos apartarnos con precisión.

Hacia el final de esta etapa hemos alcanzado uno de los pilares de Shámata: estabilidad.  La atención plena es tan potente que podemos permanecer en la respiración sin nunca distraernos totalmente.   La atención plena también se vuelve más astuta.  Comenzamos a atrapar los pensamientos antes de que estos ocurran.

Nuestra meditación no es tan clara ni tan vibrante como pudiese ser, pero se siente bien y pacífica porque hemos estabilizado nuestras mentes.  Durante una sesión, nuestra mente siempre permanece en el teatro de la meditación.  Esto constituye un logro admirable.

En Tíbet se le compara con un águila arriba en el cielo sobrevolando el cadáver de un animal.  Ahora este pájaro mantiene un ojo sobre el alimento.  Pudiese desviarse un poquito hacia la derecha o hacia la izquierda, pero nunca pierde de vista el alimento.  De forma similar, nuestras mentes pudiesen desviarse aquí y allá, pero nunca se apartan de la respiración.

Hacia el final de  la tercera etapa  algunas veces estuvimos presentes y otras no.  Ahora estamos totalmente.  Esto es estabilidad.  No sucedió porque nos golpeamos la cabeza con una técnica de meditación super-simplificada. La alcanzamos a través de la gentileza y la precisión, a través de la repetición, de manera consistente, con visión, con actitud, intención, postura apropiada y un buen entorno físico.

4. Cercana ubicación

La entrada a la cuarta etapa conocida como ubicación cercana, está marcada por la ausencia de distracción.  Siempre permanecemos en la respiración.  Allí es cuando sabemos que hemos cruzado la frontera.  Esto es estabilidad.  Sabemos que inclusive si el caballo pudiese estar de un lado para otro, nunca va a salirse del camino.  Ahora nuestra meditación toma un giro diferente.  Previamente, nuestro principal interés consistía en no distraernos de la respiración.  Nos inquietaba que nuestra mente pudiese volver de nuevo a atascarse con problemas cotidianos. 

Siempre estábamos preguntándonos si éramos lo suficientemente fuertes como para regresar a la respiración.  Ahora estamos más relajados.  Ya no nos preguntamos si vamos a poder mantenernos sobre la respiración porque sabemos que podemos. 

Ya no nos inquieta la posibilidad de que  las influencias externas nos pudiesen sacar de estar en meditación porque sabemos que no podrán hacerlo. Aumenta nuestra confianza.  Ahora nos involucramos en la calidad de nuestra meditación  -la textura, la experiencia. ¿Cómo podemos fortalecer nuestras mentes, cómo podemos hacerlas más vibrantes?  Esta es nuestra prioridad. 

Poco a poco hemos ido superando los obstáculos de la flojera y de olvidarnos de las instrucciones.  Ambos eran inconvenientes porque nos impedían la meditación.  Hacia el final de la tercera etapa adentrándonos en la cuarta, lidiamos con los obstáculos de la presunción y el descuido.  Cualquiera de los extremos tiene efectos de distracción.  Sin embargo, como ahora siempre permanecemos en el lugar de nuestra práctica, se consideran buenos problemas a tener.

En Tíbet, somos advertidos acerca de que en la cuarta etapa pudiésemos ser lo suficientemente tontos como para pensar que hemos alcanzado la iluminación o una alta realización  -la mente se siente tan fuerte, estable y tan bien. Debido a que la lucha con nuestra mente ha sido reducida enormemente, hay una cualidad de alegría y bienestar.  Pero si disfrutamos demasiado de la estabilidad de nuestra mente, esta se volverá demasiado relajada.  Pudiésemos no alcanzar las otras etapas.  De allí el obstáculo del descuido.  Nuestra mente está estable pero no clara.  El pájaro no puede posarse sobre la carne, sólo puede volar a su alrededor.  Necesitamos atención plena, agudizar la sensibilidad, mantener nuestra mente más ajustada.

5.  Domando la mente 

Aún cuando los logros en la tercera y cuarta etapas son heroicos, aún hay más por delante.  En la quinta etapa podemos ajustar nuestra meditación aportándole más claridad. A esta etapa se la conoce como domando porque comenzamos a experimentar los verdaderos frutos de una mente domada, algo que empezamos a cultivar hace mucho  tiempo  en  la  primera etapa.  

Aquí, domar consiste en la experiencia de lograr que nuestra mente sea trabajable.  En la cuarta etapa, pudiésemos aún sentirnos sorprendidos de haber podido domar el caballo.  Pero ahora, una mente fuerte, estable y clara se siente natural.  Nuestra mente no está completamente quieta.  Aún tenemos pensamientos discursivos, pero sentimos verdadera sinergia con el caballo.  Sentimos armonía.  Ya no andamos luchando.

La armonía y la sinergia crean alegría.  Una metáfora tradicional para lo que experimentamos en esta etapa es el deleite de una abeja extrayendo néctar de una flor.  La meditación sabe bien, alegra.  Si alguna vez usted pasó por un momento muy difícil y luego de repente experimentó un alivio en la dificultad, entonces habrá tenido una mínima idea de lo que se entiende por liberación y bienaventuranza.

6. Pacificando la mente

La sexta etapa es conocida como pacificando.  Se ha llevado a cabo una gran batalla y hay victoria.  Nos hemos sentado sobre el caballo inspeccionando el terreno. Sabemos que hemos triunfado.  Nos sentimos tranquilos y vibrantes como el follaje después de la tormenta eléctrica.  Todo ha sido bañado y electrizado.  Hay una tremenda claridad. Aún estamos trabajando con una mente que algunas veces está tensa y otras veces  se afloja. 

En nuestra práctica, aún tenemos que hacer muchos pequeños ajustes, pero al hacer estos ajustes ya no estamos frenéticos como hemos podido estarlo en las primeras etapas.  Posteriormente nos preguntábamos si alguna vez lograríamos hacer de nuestra mente un aliado, y ahora la paz que sentimos nos dice que lo hemos logrado. 

Nuestra meditación es jubilosa y clara.  Comenzamos a experimentar no sólo la armonía natural de la mente sino también su inherente fortaleza. En esta etapa también nos sentimos estimulados.  Comenzamos  a ver  las  posibilidades de lo que podemos alcanzar con nuestra mente domada.  Antes, esta relación era una carga, pero ahora está llena de posibilidades.  El caballo salvaje ha sido domado.

7.  Pacificando la mente a fondo

Puede que la batalla haya cesado, pero aún persisten unos cuantos pequeños soldados enemigos corriendo alrededor en la forma de pensamientos sutiles, la mayoría acerca de placer.  Pudiésemos sentirnos ligeramente apegados a cómo se siente una buena meditación.  Hay un poco de rumores dualistas y aún cuando sabemos que estos no nos van a desbaratar nuestra meditación, no podemos simplemente sentarnos e ignorarlos.  

Pacificando a fondo nosotros no dispersamos los pensamientos como lo hicimos  en la cuarta etapa.  Ahora los seducimos como nieve cayendo en el fuego. Nuestra meditación se está volviendo tan fuerte que, cuando pensamientos y emociones encuentran su calor, ellos se disuelven naturalmente. ¿Recuerdan la cascada de pensamientos que sentíamos cuando nos sentamos sobre el cojín para domar nuestras mentes?   Ahora se ha convertido en un lago con tan sólo unas cuantas ondas.

8.  En un solo punto

En la octava etapa, conocida como “en un solo punto”, los remanentes de la discursividad se han evaporado. Estamos sentados allí completamente despiertos, claros y sabiéndolo. Esto es posible porque ya no estamos distraídos. Nuestra meditación ha desarrollado todos los atributos de perfección, que será lo que lograremos alcanzar en la novena etapa.  La única diferencia es que al comienzo de la meditación aún tenemos que hacer un pequeño esfuerzo por dirigir nuestra mente en dirección a la respiración. 

9.  Ecuanimidad 

 Nuestra meditación ha llegado a la perfección. Cuando nos sentamos, nos involucramos en la respiración de manera completamente fluida y espontánea.  Nuestra mente es fuerte, estable, clara y jubilosa.  Sentimos una completa sensación de victoria.  Vamos a meditar por siempre.  No hay rastro de pensamientos ni en el fondo de nuestra mente. Estamos en unión con el momento presente.  Nuestra mente es a la vez pacífica y poderosa como una montaña.  Hay  una sensación de ecuanimidad. 

Esto es perfección. Al igual que un caballo de carreras estupendamente entrenado, nuestra mente permanece sin moverse, pero viva y llena de energía.  De hecho, la mente ha crecido en fortaleza, así como también en tamaño.  Nos sentimos magnánimos, expansivos.  Esto es la fruición o el gozo de permanecer en tranquilidad.  Ahora tenemos una mente que puede enfocarse en cualquier empeño.  Nos sentimos centrados y seguros.

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Que nuestra sincera motivación y esfuerzos

contribuyan a liberar a todos los seres,

de cualquier clase de sufrimiento.