Trabajando con la rabia
Thubten Chodron
Extractos del libro titulado Working with anger
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
El término “mente” hace referencia a la parte relacionada con la experiencia, con la percepción, a la parte cognitiva, intelectual, y sensitiva en nosotros. Su naturaleza es no-material, mientras que nuestro cuerpo, constituido por átomos, es material. Dentro de esta amplia categoría, encontramos muchos tipos de mente. Tenemos la conciencia de los sentidos –la cual percibe objetos externos tales como vistas, sonidos, olores, gustos y sensaciones táctiles- y nuestra conciencia mental, la cual piensa, sueña, duerme y puede experimentar realizaciones espirituales.
La rabia, al igual que todas las emociones, constituye un tipo de mente. Es un factor mental que acompaña nuestra conciencia mental conceptual, pudiendo por ello ser afectada –bien sea disminuida o agrandada- a nivel mental. La paciencia, el amor, la compasión y la alegría son igualmente factores mentales que acompañan nuestra conciencia mental, aunque no al mismo tiempo que la rabia. Ellos también pueden ser disminuidos o aumentados a nivel mental. Por esta razón, el Buda enfatizó que nuestra mente es la fuente de nuestro sufrimiento y de nuestra alegría.
La palabra “mente” también puede ser traducida como “corazón” como por ejemplo cuando decimos “esa persona tiene un bondadoso corazón”. Aquí vemos que el budismo no establece la misma distinción entre pensamiento y sensación que nosotros hacemos en Occidente, donde creemos que el pensamiento es conceptual y las emociones no.
De hecho, el sánscrito, el pali y el tibetano, las lenguas en las que los textos budistas están escritos, no tienen un término que sea una traducción directa de “emoción”. Desde la perspectiva budista, muchas emociones, tales como la rabia, tienen un componente de sensación, pero son conceptuales pues conocen sus objetos a través de una imagen mental.
Por ejemplo, podemos estar bravos cuando la persona con quien estamos bravos ni siquiera se encuentra en la habitación. Al mismo tiempo, no estamos percibiendo a la persona con nuestros ojos, sino que estamos pensando acerca de ella en la medida que su imagen mental aparece en nuestra mente.
En el budismo, la ira, tibetano: khong khro, es un factor mental que, siendo incapaz de soportar a una persona, objeto, situación o idea, profesa mala voluntad hacia lo que sea según el caso, y desea hacerle daño. La ira cubre un rango de emociones que incluyen el desagrado, la irritación, la frustración, rencor, beligerancia, resentimiento, odio y rabia.
Aun cuando la palabra inglesa “anger” puede variar ocasionalmente y ser utilizada en un sentido positivo, en este contexto, siendo una de las raíces de las emociones perturbadoras, sólo tiene significado negativo. El precursor de la rabia es un factor mental llamado atención inapropiada que, en este caso, exagera las cualidades negativas de una persona, objeto, situación o idea y proyecta hacia quien se trate según el caso, cualidades negativas que no están allí, creando de ese modo una historia incorrecta acerca del mismo.
Por ejemplo, Dave entra a su oficina una mañana y su colega, quien está preocupada, no le saluda. El piensa, “Esta persona es poco amistosa y ruda”, y basándose en esta atención inapropiada que proyectó un significado y una motivación a la acción de la otra, Dave se irrita. Su irritación interna lo conduce a la acción externa y Dave hace un comentario sarcástico que hiere a su colega quien, a su vez, le contesta mordazmente. Podemos ver con claridad, como un instante de atención inapropiada y rabia pueden encender una reacción en cadena de eventos causándonos aflicción y dolor a nosotros y a otras personas.
En el budismo, cuando se habla acerca de emociones tales como la ira y compasión, se hace referencia principalmente al componente de la sensación. La ira está relacionada con el cuerpo –con la energía en nuestro cuerpo, así como también con las hormonas tales como la adrenalina que la influencia- pero la ira en sí misma no es un estado físico.
Es un estado mental, aun cuando algunas personas comienzan dándose cuenta de que están bravos al reconocer indicativos físicos tales como tensión muscular o un estómago revuelto. Además, para los budistas, el significado de “ira” o de otras emociones, no incluye el comportamiento que acompaña a una instancia en particular de la emoción.
Muchas personas creen que experimentar rabia “no es espiritual”. Esta es una dañina idea equivocada que con frecuencia nos conduce a mantenerla encerrada en nosotros. El budismo nos enseña cómo lidiar sabiamente con la ella sin tener que reprimirla, convirtiéndola más bien en una fuerza positiva. En este mundo posterior al 11 de septiembre, un punto parece ser incuestionable: la fuerza más dañina conocida por la humanidad no lo constituyen las armas de alta tecnología sino la rabia cruda. La rabia es como mecha lista para encenderse dentro de una botella y la botella somos nosotros.
Si respaldamos las embestidas de la rabia dentro de nosotros, el calor puede consumir nuestro amor, nuestra racionalidad y también nuestra salud física y emocional. Si dirigimos el calor hacia otros, este arrasa con todo a su paso, amistades, relaciones laborales, matrimonios y familias. Como lo peor, la rabia incluso mutile y mata. Rwanda, Irlanda del Norte, el Medio Oriente, bajo las razones en cada caso en particular, yace encendida la rabia fuera de control.
Nosotros sabemos que somos más sanos y nos sentimos más saludables cuando la rabia no está encendiendo nuestros pensamientos y acciones, pero no podemos simplemente desear que la rabia desaparezca de nuestras vidas. Algunas veces surge dentro de nosotros de manera tan espontánea como el hipo, en otros momentos, nos sentimos justificadamente provocados –por un amante que nos traiciona, por un compañero de trabajo que nos traiciona o la injusticia en la sociedad, de modo que la pregunta es: ¿Cómo podemos lidiar constructivamente con esta emoción potencialmente destructiva?
Durante miles de años, el budismo ha ofrecido detalladas prescripciones anti-rabia porque la rabia socaba su principal objetivo: felicidad y liberación. Más recientemente, los psicólogos e investigadores médicos han estudiado la rabia para ayudar a prevenir el daño que causa tanto al que la experimenta como a quien la recibe.
Este conocimiento acumulado deja claro que la rabia puede de hecho ser domada, porque a pesar de su destructivo poder, la rabia es tan sólo un espejismo, sin embargo, esta se presenta en diferentes formas que incluyen la violencia, la frustración, los celos, el resentimiento, la furia y el odio.
También se disfraza como juicio, como crítica e incluso como aburrimiento. Al igual que todas las emociones negativas, es un estado complejo y siempre cambiante que involucra pensamientos, sensaciones y cambios físicos.
La cultura occidental y el budismo tienen significados que varían para “emociones negativas” y “emociones positivas”. Para los occidentales, emociones negativas son aquellas que se sienten mal y emociones positivas son aquellas que se sienten bien.
La tristeza, por ejemplo, es una emoción negativa porque la persona se siente desinflada, mientras que el apego a una hermosa casa es una emoción positiva porque la persona se siente feliz.
Sin embargo, desde el punto de vista budista, la distinción entre emociones negativas y positivas depende de si estas conducen a la existencia cíclica o a la liberación. La existencia cíclica es la constante recurrencia de los problemas que encaramos de una vida a la próxima como resultado de nuestra ignorancia fundamental.
Liberación es escapar de esto, es un estado de permanente felicidad, aun cuando ciertos tipos de tristeza pueden ser positivos, como, por ejemplo, la tristeza que sentimos cuando nos damos cuenta de que los objetos de los sentidos no pueden aportarnos felicidad permanente. Esta tristeza es positiva porque estar desilusionados con algo que no puede brindarnos felicidad de manera permanente nos conduce a generar la determinación de liberarnos de la existencia cíclica y alcanzar la liberación.
Por otra parte, aún cuando puede sentirse bien, el aferramiento a las posesiones, tales como nuestra casa, es considerado dañino, porque nos mantiene atados a la existencia cíclica. Con ese apego, buscamos una y otra vez felicidad en fuentes externas –en la gente y las cosas- que, igual que nosotros, son pasajeras y por lo tanto incapaces de proveernos de felicidad permanente. El budismo enseña métodos para subyugar las emociones destructivas, las que nos mantienen en la existencia cíclica, y métodos para desarrollar emociones constructivas, las que nos conducen a la liberación.
Subyugar las emociones negativas y cultivar las positivas es posible debido a que, según el budismo, nosotros no tenemos una personalidad sólida e inamovible. Lo que etiquetamos como “Yo” está relacionado con nuestro cuerpo y nuestra mente, ambos en estado de cambio constantemente. Físicamente, las partículas subatómicas de nuestro cuerpo están fluyendo constantemente, y mentalmente, nuestras percepciones, estados de ánimo, pensamientos y emociones, cambian constantemente.
Siendo que el cambio está sucediendo cada momento, nuestro reto consiste en guiarlo de manera productiva. La iluminación no conlleva una reestructuración total de nuestra personalidad –algunos Budas pueden ser introvertidos y otros extrovertidos, algunos puede que prefieran comida mexicana y otros la italiana. Sin embargo, la iluminación si tiene que ver con abandonar ciertos aspectos de nuestra personalidad –las emociones y actitudes habituales que nos mantienen atrapados en una prisión que nosotros mismos hemos construido. Abandonarlas completamente es posible porque no son parte de la esencia de nuestra mente.
La naturaleza básica de nuestra mente es comparada con frecuencia con el cielo claro, despejado. El cielo siempre está allí aún cuando algunos días es obscurecido por las nubes. Sin embargo, las nubes no constituyen la esencia del firmamento, de modo que pueden ser eliminadas.
De manera similar, las actitudes perturbadoras y las emociones negativas tales como la rabia, no constituyen la naturaleza de nuestra mente y pueden ser abandonadas dejando la radiante y pura naturaleza de la mente. Adicionalmente, las actitudes perturbadoras y las emociones negativas están basadas en la ignorancia.
En este caso, “ignorancia” no quiere decir no conocer las capitales de todos los países, más bien, es una clase particular de ignorancia, la cual, no estando consciente de la naturaleza de la realidad, concibe que tanto la gente como los fenómenos, existen de manera inherente con esencia propia independiente.
Cuando la ignorancia es eliminada, todos los factores mentales dañinos que dependen de ella se desvanecen, de la misma manera en que una vez que un árbol es sacado de raíz, sus ramas también mueren. Siendo que la ignorancia distorsiona la realidad, puede ser abandonada viendo la realidad correctamente. El factor mental que permite esto es llamado sabiduría, y por esta razón, las enseñanzas del Buda hablan de manera muy extensa acerca del cultivo de la sabiduría que realiza la ausencia –o vacuidad- de la existencia inherente.
Antes de que podamos utilizar sabiduría para cortar con las actitudes y emociones destructivas de raíz, debemos confiar en métodos más sencillos para contrarrestarlas. Por esta razón, grandes maestros budistas como Shantideva, hablaron acerca de una variedad de “antídotos” fáciles de usar contra la rabia, técnicas para neutralizar esta venenosa emoción. Puede que la rabia nos proporcione una tremenda sensación de poder, pero al mismo tiempo destruye la felicidad en nosotros y en los demás. Tal y como Gedundrup, el Primer Dalai Lama dijo en una oración al Buda femenino, Tara:
Llevado por el viento de la atención inapropiada
En medio de un tumulto de nubes de humo de conductas equivocadas,
Tiene el poder de quemar bosques de potencial positivo,
El fuego de la rabia ¡sálvanos de este peligro!
La rabia es imprecisa en su evaluación de la realidad porque, por definición, está basada en la exageración o sobreimposición de cualidades negativas. Sin embargo, cuando estamos bravos, no sentimos que estamos exagerando ni sobre-imponiendo nada. ¡Sentimos que estamos en lo correcto! De hecho, la mente brava parece estar muy clara: “Yo tengo la razón, tú estás equivocado, tú necesitas cambiar.” Bajo la influencia de la rabia, seleccionamos unos cuantos detalles negativos y formamos una visión limitada que luego no estamos dispuestos a cambiar.
Por ejemplo, Diana trabajó en la misma organización que Harry, y aún cuando ella no lo conocía muy bien, ambos respaldaban los mismos objetivos. Un día el canceló un taller que ella había programado dictar, y sintiendo que su acción había sido injusta, ella se enojó. Durante meses, cada vez que ella lo veía o escuchaba su nombre, algo se encogía dentro de ella.
Luego se le ocurrió que, basándose en media hora de los cuarenta y cinco años de vida de esta persona, ella se había formado una opinión acerca de quién era el de la que estaba segura era correcta. Ella se dio cuenta de que “Seguramente el es mucho más que este infortunado encuentro que tuvimos”. Viendo que su rabia era imprecisa, abandonó la fija opinión que tenía respecto a el. Como Diana ya no le ponía mala cara, Harry se volvió más amigable con ella y eventualmente pudieron discutir y resolver la cancelación del taller.
Aferrarse y nutrir una opinión fija e imprecisa de alguien engendra sospecha y continua infelicidad. Cuando estamos bravos con alguien, todo lo que hace nos parece equivocado, y tomamos incluso el acto más sencillo como evidencia adicional de que nuestra forma negativa de verlo es correcta. En el ejemplo anterior, cada vez que Harry establecía contacto visual con Diana y la saludaba, ella pensaba que el estaba ridiculizándola, burlándose de ella porque el tenía más poder. De hecho, el sabía que ella estaba enfadada y por eso el estaba tratando de crear un espacio amigable en el cual pudiese hablar con ella acerca de lo que había sucedido.
Los psicólogos hablan acerca de un período recalcitrante que acompaña una emoción. Durante este tiempo, estamos cerrados a cualquier recomendación o interpretación razonable que contradiga nuestra forma de ver. No podemos ni pensar claramente acerca de la situación ni aceptar otras interpretaciones que personas bien intencionadas nos ofrezcan. El período refractario puede ser corto –sólo unos cuantos segundos- o puede durar años e incluso décadas.
Cuando la emoción cede y podemos ver el momento con más claridad, rápidamente vemos, como lo hizo Diana, que la interpretación de la rabia era imprecisa.
La rabia también es imprecisa en su evaluación de la realidad en cuanto a que no percibe la situación de manera equilibrada, sino que la ve a través del filtro distorsionado de “a mi, yo, mi, mío.” Aún cuando pensamos que la forma en la que la situación se presenta ante nosotros es como esta realmente existe allá fuera objetivamente, cuando estamos bravos, estamos de hecho viéndola a través del filtro de nuestro egocentrismo.
Por ejemplo, si el gerente critica a mi colega, puede que yo no me ponga bravo. De hecho, puede que incluso consuele a mi colega diciéndole: “No tomes como algo personal lo que dijo el gerente, no es gran cosa. El está bajo mucha presión y simplemente se está descargando. No tiene nada que ver contigo y mañana será diferente.” Pero si el gerente me critica a mi, probablemente me haga sentir mal. La situación me parece extremadamente seria. Descarto cualquier cosa que mi amigo pueda decir y me sumerjo más a fondo en un hoyo de hostilidad.
No existe diferencia entre las palabras que el gerente nos dijo a mi colega y a mí. Entonces ¿Por qué estoy molesta cuando el me mira mientras habla, y no lo estoy cuando mira a mi colega? Porque se trata de mí, y aún cuando no quiera admitirlo, yo siento que lo que me pasa a mí es mucho más importante que lo que le sucede a cualquier otra persona.
Debido a esta egocéntrica y teñida forma de ver las cosas, cualquier cosa que sucede en relación conmigo parece increíblemente importante. Paso mi tiempo pensando en mis problemas, no en los de nadie más, a menos, claro, que yo esté apegada a esa persona.
La gente puede estar muriendo de hambre en el mundo, mi vecino puede estar atravesando un horrible divorcio, y otro colega puede haber sido diagnosticado con cáncer, pero después de tomar en cuenta de manera rápida su desgracia, llega a la verdadera crisis: la crítica que recibí. Inicialmente, esto puede parecer una trillada y petulante descripción, pero si observamos en lo que pensamos la mayor parte de nuestro tiempo, veremos que nuestros problemas, nuestra vida –todo aquello relacionado de una u otra manera conmigo- asume el primer lugar. Generalmente consideramos que algo es beneficioso si promueve la felicidad. Pero cuando nos preguntamos a nosotros mismos “¿Me siento feliz cuando estoy brava? Indudablemente la respuesta es no.
Podemos sentir una oleada de energía física debido a razones fisiológicas, pero emocionalmente nos sentimos miserables. Por eso, desde nuestra propia experiencia, podemos ver que la rabia no promueve la felicidad. Además, cuando estamos enojados no nos comunicamos bien. Podemos hablar alto como si a la otra persona le costara trabajo escuchar o repetir lo que decimos como si tuviera mala memoria, pero esto no es comunicación. Buena comunicación involucra expresarnos de manera que la otra persona entienda.
No es tan solo descargar nuestros sentimientos en la otra persona. Si gritamos, los otros hacen lo mismo bloqueándose así el significado de las palabras cuando alguien nos grita. La buena comunicación también incluye expresar nuestros sentimientos y pensamientos con palabras, gestos, y ejemplos que tengan sentido para la otra persona. Sin embargo, bajo la influencia de la rabia, ni nos expresamos a nosotros mismos calmadamente ni pensamos con tanta claridad como lo hacemos usualmente. Bajo la influencia de la rabia también decimos y hacemos cosas que posteriormente lamentamos.
Años de confianza construidos con gran esfuerzo pueden ser perjudicados rápidamente por unos momentos de rabia incontrolada. En un ataque de ira, tratamos a las personas que más queremos de una manera en la que nunca trataríamos a un extraño, diciendo cosas horrendamente crueles o incluso agrediendo físicamente a quienes tanto amamos.
Esto hace daño no sólo a nuestros seres queridos sino también a nosotros mismos, mientras permanecemos sentados horrorizados contemplando la desintegración de la familia. Esto a su vez hace que surjan la culpa y el desprecio hacia uno mismo, los cuales nos inmovilizan y dañan aún más nuestras relaciones y a nosotros. Si pudiésemos domar nuestra rabia, esas penosas consecuencias podrían ser evitadas.
Aún más, la rabia puede hacer que la gente huya de nosotros. Aquí, pensando hacia atrás, hacia la situación en la que nos pusimos bravos puede ser de ayuda. Cuando nos quitamos los zapatos y nos vemos a nosotros mismos desde el punto de vista de la otra persona, nuestras palabras y acciones se nos muestran de manera diferente.
Podemos entender por qué la otra persona se sintió herida por lo que dijimos. Sin necesariamente sentirnos culpables respecto a tales incidentes, nosotros sí necesitamos reconocer los efectos dañinos de nuestra incontrolada hostilidad y, por el bien de nosotros y de otros, aplicar antídotos para calmarla. Mantener la rabia durante largo tiempo fomenta resentimiento y amargura en nuestro interior. Algunas veces nos topamos con personas mayores quienes han ido apilando sus rencores durante muchos años, cargando con el odio y la decepción dondequiera que van. Ninguno de nosotros desea envejecer de esa manera, pero por no contrarrestar nuestra rabia, permitimos que esto suceda.
Algunas personas interpretan las enseñanzas budistas sobre las desventajas de la rabia como si estuviesen diciendo que no estamos supuestos a ponernos bravos, o que somos malos y pecadores si lo hacemos. El Buda nunca dijo nada de esto. Ningún elemento de juicio está involucrado. Cuando estamos bravos, la rabia es tan sólo lo que es en ese momento. Decirnos a nosotros que no debemos ponernos bravos no funciona porque la rabia ya está presente.
Además, agredirnos emocionalmente no es algo beneficioso. El hecho de que nos hayamos puesto bravos no quiere decir que seamos malas personas. Simplemente quiere decir que una emoción dañina nos abrumó temporalmente. La rabia, palabras crueles y acciones violentas no constituyen nuestra identidad.
Estas son nubes sobre la pura naturaleza de nuestra mente y pueden ser removidas o prevenidas. Aún cuando todavía no estamos bien entrenados en paciencia, podemos gradualmente desarrollar esta cualidad cuando hacemos el esfuerzo.
En nuestra vida, podemos darnos cuenta de los efectos adversos del comportamiento motivado por la rabia. Tal como lo dice el Dhammapada:
Evita hablar de manera desagradable a otros
La rudeza en la palabra propicia represalias
Aquellos heridos por tus palabras
Pueden herirte de vuelta.
Una persona me habló acerca de sus arranques de ira en la carretera. En una oportunidad, mientras conducía por la autopista con su novia, otro conductor se le cruzó. Furioso, aceleró, se acercó al otro carro y deliberadamente se le cruzó al frente. Debido a la velocidad a la que manejaba, perdió el control del carro el cual dio varias vueltas hasta finalmente detenerse. De pronto se dio cuenta de que su rabia casi había acabado con el y su novia y se llenó de profundo remordimiento.
A partir de allí, dejó de interpretar la equivocada forma de manejar de otros como si se tratase de una afrenta personal. Quien sabe cuántas vidas se han salvado gracias a este cambio de actitud.
Debido a que la rabia y otras emociones destructivas no constituyen la naturaleza de nuestra mente/corazón, estas pueden ser disminuidas y eventualmente removidas por completo de nuestro continuo mental a través del desarrollo de paciencia, amor, compasión y sabiduría.
Muchos de los seres que admiramos –El Buda, Jesús, Mahatma Gandhi, y otros- tuvieron la habilidad para permanecer internamente sin perturbación alguna frente al mal y externamente pudieron actuar por el beneficio de otros. Su rabia no fue ni reprimida y ni expresada. Simplemente estaba ausente, habiendo sido transformada en tolerancia y compasión.
De modo que existe una alternativa para el expresar o reprimir la rabia. Cuando la expresamos, nuestras palabras y acciones pueden herir fácilmente a otros. Adicionalmente, expresar nuestra rabia no nos libera de ella. Por el contrario, cada vez que expresamos hostilidad –incluso si es golpeando un cojín o gritando en un campo desierto- contribuimos a fortalecer el hábito de sentir y expresar a través de la acción su violenta energía.
¿Qué sucede si un día no tenemos un cojín a la mano para caerle a golpes ni tampoco un campo cercano donde poder gritar y estamos rodeados tan sólo por seres humanos? Por otra parte, reprimir la rabia tampoco la elimina. Esta aún puede hacer erupción, incluso en momentos en que no estamos preparados para lidiar con ella. También el reprimirla puede hacernos daño física o mentalmente. Expresarla es un extremo, y reprimirla es otro. En ambos casos, el hábito de la rabia permanece de una u otra manera.
Paciencia es la alternativa. Esta constituye la habilidad para permanecer internamente calmado e imperturbable frente al mal o las dificultades. La palabra sánscrita “kshanti” no tiene equivalente en inglés. Aquí utilizamos “paciencia”, pero “kshanti” también incluye tolerancia, calma interior y perseverancia. De modo que “paciencia”, tal y como es utilizada aquí, también incluye estas cualidades.
Paciencia no quiere decir dibujar una sonrisa plástica en su rostro mientras el odio hierve interiormente. Quiere decir disolver la energía de la rabia de modo que ya no continúe estando allí. Posteriormente, con una mente clara, podemos evaluar diversas alternativas y decidir qué decir o hacer para remediar la situación.
Hablando de ambos, paciencia y rabia, debemos diferenciar actitudes mentales de acciones externas. La paciencia puede manifestarse a través de diversos comportamientos. Nos proporciona espacio mental para escoger el comportamiento apropiado para una situación.
Algunas veces podemos hablar duramente a otros porque es la forma más efectiva de comunicarnos con ellos en ese momento. Por ejemplo, si un niño está jugando en la calle y su padre le dice gentilmente “querida Susie, por favor no juegues en la calle”, es muy probable que ella lo ignore. Por otra parte, si le habla fuerte, es más probable que ella lo obedezca y lo recuerde. Pero internamente, su mente puede estar calma y llena de compasión al hacerlo. La niña sentirá la diferencia entre las palabras dichas cuando el está centrado, y las mismas palabras cuando está bravo. En otras situaciones, una actitud paciente puede manifestarse como un comportamiento calmado.
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