Eternos viajeros
Traleg Rimpoché
Traducción, edición y Comentarios: María Mercedes Márquez
En el budismo, la práctica siempre debe comenzar por nosotros; por adquirir cierta clase de entendimiento acerca de dónde estamos y qué clase de seres somos. Conceptos trascendentes como “budeidad” y “nirvana” pueden muy bien representar nuestro objetivo final, pero nunca llegaremos a ser un Buda ignorando nuestra condición humana inmediata.
Si pensamos acerca de budeidad y nirvana como estados psicológicos o entornos que se encuentran bien lejos o ausentes de nuestra condición humana, levantaremos barreras entre quiénes somos y quién queremos ser. Esta forma de pensar solo pospone lo que deseamos realizar a cierto momento en el futuro, porque concebir que dichos estados trascendentes no tienen nada en común con nuestras experiencias cotidianas los hace inalcanzables; de ese modo permanecen como conceptos puramente abstractos que no tienen verdadero significado para nosotros como seres humanos.
C. Por lo que hemos escuchado anteriormente podemos deducir que el budismo dista mucho en forma y fondo de las tradiciones espirituales occidentales, pero al no saberlo y por el contrario asumir que hay semejanzas conceptuales y metodológicas -con el catolicismo por ejemplo que es lo que nos resulta más familar- volcamos sobre las enseñanzas budistas nuestras ideas preconcebidas respecto a cómo son las cosas y así fabricamos nuestra propia versión de budismo y meditación.
Al dar por sentado que es más de lo mismo, pero con rasgos asiáticos, nuestra preconcepción se convierte en el obstáculo que nos impide o pospone nuestro contacto con la esencia de las enseñanzas y las prácticas. Nuestra fascinación con nombres exóticos y un vocabulario que pudiese comunicar que estamos al día con las tendencias de moda, nos hace más aceptables socialmente y nos lleva a hablar de Buda, budismo y nirvana con ligereza y sin sentido.
El énfasis en la importancia de llegar a conocer el propósito de nuestra existencia y aproximarnos a nosotros mismos es algo muy distintivo del budismo.
Constituye el punto de partida, la mitad del camino y el final. Simple lógica básica: no puede haber nada más importante para nosotros que nuestra experiencia del momento porque es lo único que realmente tenemos. Todo lo demás que queramos agregar es pura fantasía y está fuera de contexto.
A continuación, tres puntos fundamentales que siembran nuestra práctica en la realidad de ser humanos y son necesarios para transformarnos a nosotros mismos en el camino espiritual.
1. Relacionarnos con nosotros tal cual somos.
Como individuos tenemos muchas necesidades diferentes y nuestra necesidad espiritual es una de las más importantes.
C. Me parece interesante ver la forma en la que hemos sido introducidos a nuestras tradiciones espirituales occidentales. Personalmente no recuerdo haber tenido consciencia de que cultivar la espiritualidad fuese una de nuestras primeras necesidades.
Crecemos escuchando que estas son: alimento; salud; cobijo; abrigo; educación y entretenimiento. Deberíamos entonces agregar a la lista el desarrollo espiritual. Por lo general y en la mayoría de las culturas los padres imponen a sus hijos la religión que ellos practican llevados en la mayoría de los casos no por una profunda convicción de sus beneficios sino por el miedo a los castigos mundanos y divinos por no hacerlo.
Pienso, sigue diciendo Rimpoché, que habría entonces que hacer énfasis en que es imperativo que el ser humano cultive ese espacio interior privado, único, y suyo exclusivamente; que desarrolle la consciencia de que eso es lo que realmente nos prepara para entendernos a nosotros mismos, al mundo y a los demás.
Son solo los seres humanos los que anhelan sentirse conectados con algo sagrado y espiritual. Si es que tenemos alguna esperanza de lograr ese anhelo, primero tenemos que entrar en contacto con nosotros mismos. Según la tradición budista, estamos viajando nos guste o no porque siempre estamos en un estado de transición.
C. Sin embargo, nuestra percepción es muy distinta a lo que acabamos de escuchar. Para comenzar, nos percibimos estando vivos simplemente como algo opuesto a estar muertos.
Damos por sentada la vida, el estar aquí, en la tierra, lo que nos lleva a no cuestionarnos demasiado sobre ella. Adicionalmente, aún cuando tenga un principio y un final, al identificarnos con nuestro cuerpo nos relacionamos con la vida como una situación a la que palpamos como algo sólido y finalmente, al percibir la sucesión de los días y las noches como una continuidad la traducimos equivocadamente como ilusión de permanencia.
Los seres humanos, dice Rimpoché, son llamados “drowa” en tibetano que significa “criaturas migratorias.” Esto se debe a que nunca podemos estar en un lugar en particular sin movernos físicamente, psicológica o espiritualmente. Ya sea que estemos pensando o sintiendo o experimentando emociones, todo está constantemente impulsado o llevado hacia delante. Las emociones son “emociones en movimiento” porque incluso un estado de depresión es una forma de movimiento.
Sin embargo, si nosotros no estuviésemos en estado de transición, no podríamos hablar de transformación, nuestra vida sería un libro cerrado, pero según las enseñanzas budistas nuestras vidas no son libros cerrados debido a este constante movimiento hacia delante. Si sentimos que estamos estancados, detenidos o atorados, esa es tan solo nuestra percepción equivocada de lo que realmente está pasando ya que algo está siempre sucediendo incluso si nosotros no lo notamos.
C. Esta observación de Traleg Rimpoché, me ha hecho ver aun con más claridad la importancia de poner en duda nuestras percepciones. Encuentro que esto es sumamente saludable. Preguntarnos constantemente: hasta qué punto podré estar viendo las cosas de manera equivocada; cómo se verán si me ubico en esta otra perspectiva; desde qué ángulo podré acercarme más a lo que realmente está ahí sin que mis interpretaciones tiñan de colores la situación.
Lo que hacemos constantemente es todo lo contrario: damos por sentado que percibimos lo que sucede de manera correcta y no se nos ocurre dudar de nuestro criterio ni opinión. Es más, la lucha encarnizada del ego surge a partir de eso precisamente porque hacemos lo posible porque prevalezca nuestra forma de ver las cosas.
Por eso, es que la meditación budista es tan importante, porque está diseñada para que nos demos cuenta de las cosas. Cuando no las notamos sentimos que estamos estancados.
Sin embargo, nunca estamos realmente estancados porque, irónicamente, incluso la sensación de estar estancados es en sí una forma de movimiento. En este sentido, todos somos peregrinos; somos todos peregrinos en marcha.
Hay una historia que ilustra muy bien este punto, comenta Traleg Rimpoché. Un meditador se va a una remota cabaña de retiro a visitar a un maestro de meditación renombrado por su sabiduría. Tiene la esperanza de que este maestro tenga secretos y textos sagrados que pudiesen serle revelados.
Al llegar, el maestro le invita al interior de su cabaña y se sientan juntos. El meditador mira a su alrededor para ver dónde están los textos, pero al no encontrar ninguno le pregunta al maestro: “¿Dónde están sus textos sagrados? Y el maestro le responde: “Yo no tengo ninguno, pero ¿qué hay de sus textos sagrados?” A lo que el meditador le responde: “Yo no traje ninguno porque estoy de paso, soy tan sólo un visitante.” “Yo también” le replicó el maestro.
Aquí todos somos tan sólo visitantes. Nos estamos moviendo en términos de tiempo: envejecemos, nos enfermamos, nos ponemos bien, nos volvemos a enfermar. Siempre nos estamos moviendo de esa manera a través de la vida. Nosotros lo sabemos, pero al mismo tiempo no lo sabemos porque no prestamos suficiente atención a esto. De todas maneras, andamos en un recorrido nos guste o no nos guste. Siendo viajeros a través de la vida nos encontramos muchas cosas diferentes, esas cosas dan forma a nuestras vidas y determinan lo que llegaremos a ser.
C. Lo que ha dicho el lama, esto de vivir inmersos en un constante movimiento en cuanto a tiempo, espacio exterior, espacio interior, etc., que lo sabemos, pero al mismo tiempo no lo sabemos porque nosotros no prestamos suficiente atención se hace evidente de manera sorprendente cuando escuchamos las enseñanzas.
De pronto nos da la impresión de que estamos escuchando algo que nos resulta familiar; las percibimos como si fuesen algo completamente natural; como si simplemente estuviésemos escuchando algo que ya sabíamos. ¿Por qué sucede esto? Sencillamente porque ellas hablan acerca de lo que es. Porque nuestra sabiduría innata ya lo sabe. Por eso resuenan en nuestro interior.
“Siendo viajeros a través de la vida”, esto que ha dicho Rimpoché es algo que justifica que hagamos un alto. Para comenzar nos pone en contacto con el concepto de renacimiento, pero en eso nos enfocaremos más adelante. Independientemente de si el renacimiento tiene sentido para nosotros o no, tratemos simplemente de recordar la actitud y disposición que tenemos cuando salimos de viaje. Decimos “salimos” porque implica que abandonamos la ciudad donde vivimos. Es cierto que nos estamos refiriendo a una acción física, pero en el fondo lleva implícito un cambio de actitud que también tiene que ver con abandonar nuestros quehaceres mentales y emocionales cotidianos.
Ahora ubiquémonos en nuestra actitud y disposición una vez que hemos llegado a nuestro destino. Estamos en ese lugar por primera vez, o quizás ya hemos ido anteriormente, pero aun así nos sentimos plenamente allí; no queremos perdernos de ningún detalle; deseamos atesorar esos momentos por siempre.
Adonde quiero llegar con esta reflexión es a que nos demos cuenta de que no tiene por qué existir diferencia entre nuestra actitud y disposición cuando estamos de paso en algún lugar y la que tenemos día a día en el sitio donde vivimos y trabajamos porque siempre estamos de paso y más nos vale estar plenamente allí en todo lo que hacemos para no perdernos de ningún detalle. Vivir la vida con la consciencia de que estamos de paso nos ayuda a estar más atentos y a valorar cada experiencia.
Como seres humanos también tenemos muchas contradicciones. Tenemos una enorme capacidad para la gentileza y el amor. Sin embargo, también somos igualmente capaces de crueldad, violencia y muchas otras cosas además de esas.
Podemos ser muy comprensivos con respecto a las faltas de otras personas y de pronto podemos cambiar y convertirnos en un rabioso e imperdonable animal. Podemos ser muy valientes cuando nos enfrentamos a circunstancias adversas y situaciones en la vida, mientras que al mismo tiempo también podemos ser cobardes.
Algunas veces podemos tener gran coraje en un momento y quedar totalmente paralizados de miedo en el próximo. Podemos tener mucha confianza y desplegar enormes cantidades de autoestima en ciertas ocasiones y luego algo dispara nuestras dudas personales y comenzamos a sentirnos inadecuados con nuestra confianza totalmente temblorosa. Existe toda una completa letanía de asuntos de carácter en todos nosotros. Estos son tan sólo ejemplos para resaltar la necesidad de prestar atención a qué clase de seres somos. Somos la clase de seres que tienen estas tendencias contrastantes, estamos abiertos a toda clase de emociones conflictivas.
Diferentes religiones o tradiciones espirituales tienen diversos métodos para lidiar con estos aspectos de nuestro ser. La técnica más común es llamada “domar la mente”. “Domar” hace referencia al hecho de que tenemos que domesticar nuestras salvajes pasiones las cuales son divididas en diversas categorías por las diferentes tradiciones religiosas.
El catolicismo hace referencia a “los siete pecados capitales”, mientras que el budismo habla acerca de “las cinco kleshas” (emociones conflictivas) del deseo, la rabia, los celos, el orgullo y la ignorancia.
La forma usual de abordar esto consiste en cierta clase de método ascético para disciplinar la mente y el cuerpo. Esa disciplina involucra medidas punitivas, las cuales pueden ser reales o ejercitadas mentalmente. Algunas veces el cuerpo puede incluso ser sometido a torturas físicas a fin de liberarse de negatividades, porque es visto como el lugar de donde surgen todas las llamadas “emociones conflictivas.”
En ciertas tradiciones el cuerpo es visto como el lugar donde ocurren las cosas pecaminosas y los medios a través de los cuales son cometidos los pecados. Sin embargo, si la noción de “domar” o “subyugar” no es entendida de manera apropiada, los mismos medios que utilizamos para lidiar con nuestras emociones conflictivas pudiesen tan sólo exacerbarlas. En lugar de aliviarlas, solamente tendremos éxito en reprimirlas, negarlas o fijarlas aún más.
En el budismo, “domar” es entendido en términos de “transformar la mente”, lo que requiere de estar conscientes de las emociones conflictivas en lugar de castigarlas. Al estar conscientes de lo que está sucediendo en nuestra mente podemos aprender cómo trabajar con eso.
No debemos tratar de domar la mente entablando una guerra con ella a través de derrotar las emociones conflictivas. El domar la mente debe producirse a través de aprender cómo entender las emociones conflictivas. Si nosotros seguimos el método ascético de castigarnos a nosotros mismos a fin de expiar nuestros “pecados”, nunca tendremos la oportunidad de entender nuestras mentes de manera apropiada.
C. Los mejores domadores de caballos son aquellos que tienen para con los caballos el trato más gentil, más suave y amoroso que he visto. Se les van acercando poco a poco para no invadir su espacio de manera violenta; les hablan en voz baja porque no es necesario gritarles para comunicarles algo; los acarician para que se relajen y sientan que hay una mano amiga.
El amor, la consideración y la gentileza logran resultados asombrosos. No sólo con los caballos.
Por ejemplo, si deseamos trascender el impacto negativo de emociones tales como la glotonería y la codicia, tenemos que entender cómo es que estas emociones surgen en nuestra mente. Una forma de relacionarse con la glotonería pudiese ser el ver a la buena comida como una tentación; pero si fuésemos a ver las cosas de esta manera podríamos evitar incluso pasar cerca de un buen restaurante en caso de que este nos tiente.
Sin embargo, en lugar de negarnos a nosotros la oportunidad de disfrutar la comida, sería mucho más valioso ir al restaurante y observar cómo nos comportamos cuando somos indulgentes con la glotonería. Si gracias a estar atentos nos damos cuenta de cómo se está inflando nuestro rostro con la comida, al estar concientes de eso aprenderemos cómo domar la mente.
Normalmente pensamos que existen sólo dos opciones disponibles para nosotros. Tomando de nuevo el ejemplo de la comida, queremos o librarnos de nuestras ansias de comida de una vez por todas, o continuamos consintiéndonos a nosotros mismos con montones de comida.
Puede que ayunemos y tratemos de evitar comer totalmente, o quizás pudiésemos comer tanto que incluso luego de saciarnos no queremos parar y simplemente continuamos consumiendo cosas totalmente ausentes. También asumimos este mismo enfoque con respecto a muchas otras cosas.
Toda nuestra energía es colocada en acumular lo que deseamos y nuestra motivación para hacerlo no necesariamente está conectada con lo que está siendo acumulado o el beneficio que pudiésemos sacar de eso. Es una respuesta automática, una respuesta habitual como se dice en el budismo. Son activados ciertos patrones habituales de modo que nos complacemos en ellos estando mentalmente ausentes.
C. Ejemplo: encuentro con Traleg Rimpoche.
El punto de partida de nuestros patrones habituales es una “idea”. La idea que tenemos acerca de algo. Esas ideas las hemos incorporado en determinado momento y las mantenemos con nosotros sin estar conscientes de cómo activan toda una reacción en cadena. Responsabilizamos al objeto (exterior) de nuestra idea; también lo responsabilizamos de lo que nos sucede.
Otras veces ubicamos la culpa en nuestro apego o aversión (que es algo que sucede interiormente); a veces decimos cosas como por ejemplo “el cuerpo me pide azúcar” sin caer en cuenta de que la responsable de lo uno o lo otro es siempre para comenzar “la idea” que tenemos acerca del objeto en cuestión.
A través de este enfoque no aprenderemos nada acerca de la codicia, de la glotonería, de la lujuria, o de las otras emociones conflictivas. Tampoco ganaremos ninguna gran sabiduría a través de los métodos más punitivos o ascéticos. Nuestra intensión de librarnos de nuestros pecados (si fuésemos cristianos) o emociones conflictivas (si somos budistas) tan pronto como sea posible es el resultado de evitar cualquier clase de relación íntima con nuestras experiencias. Si no estamos dispuestos a desarrollar esa clase de intimidad no podemos crecer.
Thomas Merton compiló en un pequeño libro titulado “La Sabiduría del Desierto”, el cual es su versión de las palabras de los padres cristianos del desierto. En la introducción el dice que de hecho muchos cristianos han malinterpretado lo que los padres del desierto estuvieron haciendo en el desierto. Ellos asumen que los padres del desierto no experimentaban pensamientos lujuriosos, egoístas o cualquier clase de los efectos de los siete pecados capitales.
Merton dice que esto no podría estar más lejos de la verdad discutiendo que los padres del desierto “estaban en el desierto en compañía de los siete pecados capitales,” porque estaban más conscientes de sus pecados de lo que estamos nosotros. Como se dijo anteriormente, cuando nos complacemos en los pecados o emociones conflictivas lo hacemos sin pensar, mientras que estar conscientes de estos formaba parte del entrenamiento espiritual de los padres de desierto. En lugar de tratar de librarse de los efectos de esos pecados, los padres estaban constantemente trabajando con ellos y como resultado de eso, pudieron transformarse.
Entonces, la primera parte de aprender cómo transformarnos a nosotros mismos, consiste en estar dispuestos a lidiar con nosotros mismos tal cual somos, no como queremos ser.
Debemos estar dispuestos a lidiar con cualquier cosa que experimentemos con un sentido de apertura e intimidad. No debemos avergonzarnos de las negatividades que tenemos, ni tratar de eliminarlas o reprimirlas. Sentir vergüenza sólo refuerza lo que ya estamos experimentando; no disminuye el impacto de nuestras experiencias.
Tal y como la psicología moderna lo ha señalado, las emociones reprimidas no se marchan, ellas simplemente continúan operando debajo de nuestros normales estados de conciencia.
2. Reconocer la importancia del cuerpo
La segunda parte de la transformación consiste en reconocer o reinstaurar la importancia del cuerpo. Una vez más, la perspectiva ascética extrema es que el cuerpo debe ser castigado porque sentimos los efectos de los pecados capitales o las emociones conflictivas a través del cuerpo.
En el budismo, sin embargo, cuando aprendemos a practicar atención vigilante y consciencia es un acto tanto físico como mental. Sólo el hecho de sentarnos en meditación significa que tenemos que volvernos el cuerpo. Tenemos que valorar el aspecto de “encarnación” del cuerpo en lugar de tratar de disociar nuestros estados mentales de nuestros estados físicos. En su encarnación, el cuerpo no es tan solo un montón de carne, huesos, fluidos y procesos bioquímicos.
Sin el cuerpo no podemos hacer ninguna clase de práctica espiritual para nada. Tenemos que utilizar el cuerpo para practicar atención y consciencia; tenemos que prestar atención a nuestra postura física, y tenemos que prestar atención a nuestra respiración. La meditación sentada tiene que ver con aprende cómo ser el cuerpo porque el cuerpo no es algo que tenemos; el cuerpo es algo que somos. El cuerpo debe ser visto como una unidad integrada, donde el cuerpo y la mente están completamente relacionados.
Aprender cómo estar conscientes de los estados y procesos físicos es una parte extremadamente importante de la meditación budista. Esto incluye observar cómo reacciona el cuerpo a las emociones conflictivas: ¿Cómo se siente usted físicamente cuando se pone bravo; cómo se siente físicamente cuando está siendo lujurioso; cómo se siente físicamente cuando está celoso; cuándo siente amor; cuando se siente alegre; cuando está experimentando placer; cuando está físicamente encendido; cuando su cuerpo está en estado de éxtasis?
Estas son las cosas de las que hay que estar conscientes en lugar de aprender cómo disociarnos más y más del cuerpo a través de nuestra búsqueda espiritual. Tenemos que recordar acordarnos de cuerpo.
Hemos identificado nuestro cuerpo como un objeto así que lo utilizamos como si fuese algo que nosotros poseemos, como un juguete, o una máquina, o un carro. Esa clase de actitud no es para nada espiritual, mientras que aprender cómo integrarnos con el cuerpo, reconectarnos con o “acordarnos” del cuerpo, constituye un ejercicio espiritual.
Esta clase de atención al cuerpo es muy diferente de la manera como nosotros normalmente vemos el cuerpo. Incluso cuando estamos prestando atención a nuestro cuerpo a través de ejercicios y dieta, continuamos viéndolo como algo que está allí para hacer lo que le pidamos. Vamos al gimnasio y si no obtenemos los resultados que deseamos nos ponemos bravos con nuestro cuerpo como si fuese otra persona. Al prestarle atención al cuerpo con una sensación de intimidad vemos que este juega un papel muy importante en todo lo que experimentamos.
Este no es el cuerpo que nosotros “poseemos” y tenemos como un objeto sino el cuerpo de nuestra experiencia vivida. Todo lo que experimentamos es psicosomático porque el cuerpo siempre está involucrado. Cada vez que vemos a través de nuestros ojos; cada vez que escuchamos a través de nuestros oídos y en todo lo que experimentamos en términos de nuestras sensaciones y sentimientos. Podemos ver entonces que prestar atención al cuerpo es un aspecto extremadamente importante del aprendizaje de cómo transformarnos en el camino espiritual.
3. Prestar atención a nuestros pensamientos
La tercera parte de la transformación involucra prestar atención a nuestros pensamientos; cómo pensamos y acerca de qué pensamos. Una vez que comenzamos a prensar atención a nuestros pensamientos nos damos cuenta de que generalizamos mucho.
Esta generalización involucra los aspectos de la exageración y la descalificación. Es importante notar que el budismo reconoce lo opuesto a la exageración, lo cual resulta muy difícil de traducir, pero que viene a ser algo como “disminución” o “minimalización”. Siempre estamos creyendo que cada vez que pensamos, eso corresponde a la verdad. Por ejemplo, cada vez que experimentamos algo desagradable tenemos que encontrar alguien a quien culpar, ya seamos nosotros mismos o alguien más.
Sin embargo, algunas veces las cosas simplemente pasan y no hay nadie a quien culpar. Tenemos que prestar atención a cómo generalizamos porque lo hacemos con respecto a las personas de muy distintas maneras. Por ejemplo, si alguien está teniendo una relación con una persona que lo trata muy mal, entonces tenderá a generalizar y a pensar que todos aquellos con los que se involucrará en el futuro también lo van a tratar mal. En el budismo, la especificidad es muy importante. Debemos prestar atención al hecho de que cada circunstancia y situación es única.
También debe ser notado que desde la perspectiva budista raramente llega a existir algo como un pensamiento puro. Puro, no en el sentido de que no está manchado por obscurecimientos ni velos, sino puro, en el sentido de que no está teñido por ninguna clase de sobrecarga emocional. Los pensamientos y las emociones siempre van juntos, de modo que cuando nos sentimos atraídos hacia algo en especial tendemos a exagerar todas sus cualidades positivas y a minimizar todas las negativas.
Esto no significa que los pensamientos causen las emociones o que las emociones propicien los pensamientos. Ellos simplemente surgen juntos. En otras palabras, la construcción de quién creemos que somos; de cómo es el mundo; de cómo deberíamos comportarnos y cómo deberíamos interactuar, constituye un ejercicio constante que estamos emprendiendo todo el tiempo. Prestando atención a nuestros pensamientos podemos aprender cómo estamos contribuyendo al mundo en el que vivimos.
Los budistas no creemos que los seres humanos somos simples espectadores quienes son arrojados a un mundo pre-construido y pre-asignado. Somos participantes en un proyecto continuo de construcción y reconstrucción del mundo en el que vivimos. Esto es llamado vikalpa en sánscrito y namtok en tibetano. El punto fundamental es que nunca es un proyecto acabado. Todos y cada uno está contribuyendo al llamado “mundo” en el que vivimos. Incluso el mundo natural, en alto grado, se ve afectado por nuestra mente humana.
Aun cuando estamos siempre en estado de transición, “transformación” no significa cierta clase de dramática transición de un estado estático de existencia a un estado elevado completamente divorciado del primero. “Transformación” en el contexto budista está relacionada con darnos cuenta de lo que está pasando. Si no tomamos en cuenta lo que está pasando no crecemos.
Sin embargo, si comenzamos a notar todo lo que está sucediendo en nuestras mentes y cuerpos y en el mundo que nos rodea, inevitablemente creceremos como individuos. De esa manera, el camino espiritual no está completamente divorciado de nuestros asuntos mundanos. De hecho, lidiar con asuntos mundanos puede ser parte del camino espiritual tanto como la meditación sentada o las oraciones.