Traleg Kyabgon Rimpoché
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Diciembre, 2006
La depresión es algo que todos experimentamos. Para algunas personas la depresión es leve mientras que para otros es muy intensa y debilitante. Para unas personas dura un corto tiempo y luego desaparece, mientras para otras puede persistir por muchos años, incluso una vida entera.
Generalmente pensamos, que permanecer en la depresión es un estado terrible: que es algo que debemos superar y vamos muy lejos tratando de ocultarlo de los demás. Probablemente esto se deba a que cuando sufrimos una depresión, nuestros niveles de energía y motivación descienden y nos volvemos reservados, poco comunicativos, irritables, resentidos y básicamente muy difíciles para convivir.
A menudo hay también mucho enojo, celos o envidia mezclados con la depresión, porque ver a alguien feliz solo hace que nuestra depresión empeore. El punto es que la depresión, en términos de síntomas, puede ser debilitante y paralizante ya que está asociada a lo que llamamos “emociones conflictivas”. Cuando estamos deprimidos nuestra autoestima y confianza caen en picada. Empezamos a dudar de nosotros mismos. Empezamos a pensar que hemos fracasado en todo.
Los psicoterapeutas occidentales dicen que usted puede conocer los motivos por los que alguien experimenta la depresión si mira dentro de su biografía o historial biológico. Sin embargo, desde el punto de vista del dharma, la comprensión fundamental es que la depresión está basada en nuestras interpretaciones de las situaciones de la vida, nuestras circunstancias, nuestras autoconcepciones.
Nos deprimimos por no ser la persona que nosotros queremos ser. Nos deprimimos cuando pensamos que no hemos sido capaces de realizar las cosas que queremos llevar a cabo en la vida. Sin embargo, la depresión no es necesariamente un mal estado de ser, porque cuando estamos deprimidos, somos capaces de ver a través de la falsa y decepcionante naturaleza del mundo samsárico.
En otras palabras, no deberíamos pensar, “cuando yo estoy deprimido mi mente está distorsionada y desordenada, mientras que cuando no estoy deprimido veo todo claramente.”
Según el dharma, el mundo que percibimos, -el mundo en el que interactuamos y vivimos- es insustancial. Durante la experiencia de la depresión y la desesperación, podemos empezar a ver las cosas con más claridad. Se ha dicho que normalmente estamos encantados o deslumbrados por el mundo, que hemos sido hechizados por la seducción de las emociones y entretenimientos samsáricos.
Sin embargo, cuando nos encontramos deprimidos, empezamos a ver que somos capaces de cortar a través de las ilusiones del samsara. La depresión, cuando trabajamos con ella, puede ser igual a una señal, algo que pone freno a nuestros excesos y nos recuerda la banalidad de la condición samsárica, porque nos ayuda a no dejarnos engañar y caer de nuevo en los viejos hábitos. Nos recuerda la futilidad, insignificancia e insustancialidad de la condición samsárica. Esto es extremadamente importante, porque si no estamos convencidos de la naturaleza ilusoria de la condición samsárica, siempre estaremos balanceándonos entre dos inclinaciones.
Tendremos un pie en el reino espiritual y el otro en el reino material o samsárico. Nunca seremos totalmente capaces de hacer ese esfuerzo extra por liberarnos.
Sin embargo, es importante aclarar que aquí no estamos hablando acerca de la depresión crónica o clínica, la depresión que se ha ido de la mano. Estamos hablando acerca de la clase de depresión que nos hace detenernos a pensar y reevaluar nuestras vidas. Esta clase de depresión puede asistirnos en términos de nuestro crecimiento espiritual, porque hace que empecemos a preguntarnos sobre nosotros mismos.
Durante todos estos años hemos podido estar pensando, “soy esta clase de persona”, “yo soy aquella clase de persona”, “soy una madre”, “soy un ingeniero”, o lo que sea. Entonces repentinamente ese mundo familiar se viene abajo, es arrancada la alfombra bajo los pies. Es necesario que tengamos experiencias de ese tipo para que nuestro viaje espiritual sea significativo, de otra forma no estaríamos convencidos de la naturaleza insustancial del mundo samsárico, en cambio, tomaríamos el mundo cotidiano como real.
Ante una forma de depresión genuinamente constructiva, nos encontramos desnudos y en contacto con nuestras emociones y sentimientos. Sentimos necesidad de que todo tenga sentido, pero de manera diferente. Ahora bien, esto no funciona si tomamos conciencia de cada cosa desde el punto de vista samsárico. Recordemos que todas las viejas creencias, actitudes y formas de lidiar con las cosas no han funcionado. Uno tiene que evaluar, decir y hacer las cosas de manera diferente. Experimentar las cosas de otro modo. Eso es posible cuando utilizamos la depresión de manera constructiva.
La depresión puede ser utilizada para frenar nuestros impulsos naturales de perder el control, de estar distraídos y orientados hacia al exterior dispersando nuestra energía en todas las direcciones.
La sensación de depresión hace que siempre nos recordemos de nosotros mismos. Impide que nos perdamos en nuestras actividades, en nuestras experiencias de esto o aquello. Una forma de depresión genuinamente constructiva nos mantiene vívidamente en contacto con nuestros sentimientos. En ese sentido, una modesta depresión es igual a un estado de equilibrio mental.
Todo lo que experimentamos, lo hacemos normalmente desde un punto de vista egoísta o narcisista. Pero una forma constructiva de depresión elimina ese descaro, la seguridad y las ilusorias formas de confianza que comúnmente tenemos respecto a nosotros mismos.
Cuando estamos deprimidos, en lugar de pensar como normalmente lo hacemos, por ejemplo: “yo sé lo qué está sucediendo; yo sé dónde están las cosas”, somos forzados a ser más observadores y a cuestionar nuestras afirmaciones, actitudes y conducta. Eso es lo que tenemos que hacer si vamos a progresar en el camino espiritual. De modo pues que el individuo está abierto a nuevas formas de hacer cosas, nuevas y creativas maneras de pensar.
Así como dicen las enseñanzas budistas tenemos que cabalgar con la vida, tenemos que evolucionar. La vida en sí misma es un proceso de aprendizaje y sólo podemos evolucionar y aprender cuando está presente la disposición y mantenemos la mente abierta, cuando nos cuestionamos cosas, y sólo nos cuestionamos cosas cuando somos concientes tanto de nuestras incapacidades como de nuestras habilidades.
Estar concientes de lo que no sabemos es más importante que estar concientes de lo que sabemos. Si nos concentramos en lo que no sabemos, siempre seremos inquisitivos y vamos a querer aprender. Si está presente esa ligera experiencia de depresión, llamada en tibetano yid tang skyo pa, la cual tiene la connotación de estar cansados de todo lo que es fingido, irreal, de todo lo que es falso e ilusorio, el estado de ánimo de la depresión puede, de hecho, impulsarnos hacia delante.
Aún cuando muchas personas que experimentan la depresión digan que se sienten atascados, ese sentimiento puede ser una fuerza motivadora. Los místicos cristianos usaron la expresión, “la noche oscura del alma”, lo cual significa que usted tiene la experiencia de la oscuridad en el sentido de ir hacia delante. Usted no puede simplemente embarcarse en el viaje místico y esperar que cada cosa sea un doradito filete de pescado.
Es necesario que usted viva la experiencia de que la alfombra está siendo arrancada bajo sus pies y tiene que experimentarse a usted mismo bamboleándose y cuestionando, lleno de dudas e incertidumbres, desconociendo qué carrizo es lo que está sucediendo.
Como dice Lao Tzu, “Los que dicen saber, no saben, y los que dicen no saber, saben.” Supongo que él está indicando un punto de vista similar, donde el verdadero conocimiento intuitivo necesario en el camino espiritual surge a partir de la duda, de la incertidumbre y del desconocimiento. La arrogancia del conocimiento es expiada.
En otras palabras, el camino espiritual no consiste en cosas que masajean al ego o hacen que el ego se sienta bien y confortable. El ego tiene que ser continua y repetidamente desafiado para que podamos crecer espiritualmente. Una de las primeras cosas que el ego tiene que aprender es que nada en este mundo es estable o absolutamente cierto.
A fin de tratar con la depresión efectivamente, debemos cultivar cinco cualidades en nuestra meditación: valor, consciencia, alegría, amor y compasión. Cultivar valor significa que debemos tener la disposición de permitirnos estar en un estado depresivo. Si la depresión es el estado en el que nos encontramos, no debemos alarmarnos ni considerarlo como un signo de algo terrible. Debemos tener el coraje de no evitar nuestra experiencia sino más bien permitir que esta ocurra.
No ayuda para nada consentir nuestros diálogos internos negativos tales como: “¿Cuánto va a durar esta depresión? ¿Va a empeorar esto? ¿Cómo voy a ser capaz de enfrentarme a mi mismo? ¿Qué pensará la gente de mí? Abordar valerosamente todo lo que experimentamos traerá como resultado que dichas experiencias no nos afectarán, por el contrario, seremos más bien fortalecidos por ellas.
Este tipo de coraje está basado en la convicción fundamental, de que somos capaces de lidiar con cualquier cosa que surja, en lugar de pensar que por una u otra razón lo que surja va a tener un efecto adverso en nosotros. Cuando comenzamos a pensar que nuestra experiencia va a afectarnos negativamente, entonces el miedo, la ansiedad y todas esas cosas surgen. Pero cuando somos capaces de decir, “Cualquier cosa que surja esta bien”, no tenemos que ser tan autoprotectores. Al permitir que el humor depresivo esté allí -si eso es lo que surge- nosotros estamos mostrando valor.
Si tenemos esa clase de valor no seremos dañados. Más daño se deriva del escondernos detrás de nuestras ilusiones y desilusiones. Cuando hacemos eso, las emociones conflictivas se vuelven insidiosas.
La mayor parte del daño se debe a la falta de valor. Esta falta de valor es casi igual a la necesidad patológica de protegernos a nosotros mismos. Pensamos, “yo no seré capaz de manejar esto, será demasiado. Seré destruido. Me voy a volver loco”. Tenemos la tendencia a consentimos toda clase de monólogos negativos.
Esta es la razón por la que nuestras mentes se perturban, no porque hayamos tenido tal o cual experiencia. No son nuestras experiencias sino nuestras reacciones a ellas las que causan daño. Tenemos que olvidar nuestro temor de que de alguna manera podríamos ser dañados por nuestras experiencias negativas. Si nos concentramos más en la valerosa actitud mental de ser capaces de amoldarnos y aceptar, conseguiremos espacio para que los estados depresivos de la mente estén ahí y no reaccionaremos a ellos con alarma.
Tener valor en medio de la práctica de meditación significa que automáticamente allí habrá conciencia. Conciencia significa ser capaz de ver lo que está sucediendo. Si no mostramos valor en nuestra meditación, tampoco habrá conciencia alguna, porque instintivamente evitaremos nuestras experiencias meditativas.
Tan pronto como surja algo perturbador o incómodo - como un estado de ánimo depresivo, por ejemplo- le sacaremos el cuerpo. Tenemos que practicar consciencia con relación a las cosas que pensamos dañinas, así como respecto a las que estimamos inocuas. Gracias a mostrar coraje podremos estar concientes de lo que nos hemos permitido experimentar.
La conciencia no es un estado, sino un proceso: un “estar concientizando”. Todos los estados mentales que surgen en la mente también son procesos. Esta es algo importante de notar. Aún cuando usted se encuentre dentro de un ánimo depresivo, si está conciente, podrá ver que el ánimo varía. Si no está conciente, no habrá cambio, ni transmutación, ni movimiento.
Pero si está consciente, notará que permutaciones sutiles de cambios están teniendo lugar continuamente. Usted verá que la experiencia del humor depresivo en si mismo fluctúa. Normalmente asumimos que es la misma depresión, pero nunca es la misma. Siempre se presenta de manera diferente.
Esta clase de atención es una de las cosas que el budismo nos fomenta ejercitar a través de la práctica de la meditación, porque no darnos cuenta de las cosas es lo que nos lleva a solidificar nuestras experiencias. Cuando esa solidificación se lleva a cabo, nuestras mentes congelan las cosas de determinada manera y la conciencia es disipada instantáneamente. Ya no estamos en contacto con nuestros propios estados mentales.
Cuando estamos directamente en contacto con nuestro estado mental, podemos ver los tonos cambiantes de nuestro ánimo depresivo. Un signo de depresión es la postura de una persona. En meditación, nosotros ponemos atención a nuestra postura. No nos sentamos con los hombros caídos, viéndonos derrotados y consternados. Se dice que los hombros deben estar extendidos y el pecho hacia fuera, mostrando cierta clase de majestad y porte real. Esto tiene que ser incluido en la práctica de la conciencia.
La manera de estar en contacto con nuestro estado mental es simplemente poniendo atención a lo que estamos experimentando en el momento. Pero sucede que cuando algunos practicantes budistas hablan de “estar en el ahora”, con frecuencia piensan que “ahora” no tiene relevancia para con el pasado o el futuro. Esto no es cierto. La manera de experimentar el momento presente no es ignorando la relación que existe entre nuestra experiencia presente y de dónde esa experiencia ha venido o hacia dónde podría ir.
El pasado y el presente están representados en las experiencias que tenemos como seres humanos. Cualquier clase de experiencia que tengamos, las tenemos a causa del pasado. No podemos tener una experiencia que esté totalmente desconectada de nuestro pasado.
La razón por la que surge una experiencia en particular es, en primer lugar, debido a nuestro pasado. Esta es la realidad del karma. Nuestro actual estado mental es el producto de estados mentales previos y experiencias de vida previas.
En otras palabras, lo que nosotros estamos experimentando ahora es el fruto de lo que nosotros hemos experimentado en el pasado. Cuando, a través de la conciencia, ponemos atención a lo que estamos experimentando ahora, somos capaces de determinar nuestro karma futuro haciendo que este tome un curso diferente. Si no ponemos atención, nuestro karma futuro no será alterado.
Además del valor y la conciencia, necesitamos cultivar la alegría a fin de trabajar con la depresión. Alegría aquí, no significa euforia, lo cual es siempre una mala señal. Cuando nos estamos sintiendo realmente elevados, nos estrellamos realmente duro. En este contexto, alegría significa una sensación de bienestar físico y mental. Es decir, si tenemos buenas experiencias en meditación, no nos sentimos demasiado excitados, y si tenemos malas experiencias, no nos sentimos demasiado decaídos y desesperanzados.
Alegría, en tibetano, es llamada dga’ba que significa básicamente no ser como un yo-yo. Según las enseñanzas budistas, tanto en la euforia como en la depresión, no hay alegría real –simplemente estamos siendo barridos por nuestras corrientes emocionales. Cuando estamos felices somos tan felices que estamos completamente abrumados por eso, y cuando somos infelices, la emoción es tan fuerte que no podemos soportarla.
Alegría es más como estar en una balanza equilibrada. Esto no significa que no podamos sentirnos realmente inspirados y jubilosos algunas veces. Pero si tenemos una disposición jubilosa –una subyacente actitud de alegría mental - entonces no nos derrumbaremos completamente cuando las cosas no vayan como nos gusta, o perdernos en el otro extremo cuando las cosas vayan bien. Por el contrario, hay un sentido de equilibrio.
El hecho es, que no sabemos qué esperar: algunas veces las cosas serán maravillosas, y otras veces serán terribles, pero habiendo practicado meditación, habiendo tratado con nuestra depresión y otros estados de mente, allí, de manera subyacente, puede encontrare ese sentimiento de alegría. De modo que, según el dharma, tratar con nuestra situación presente es lo más importante. No deberíamos estar pensando siempre que las cosas deberían ser diferentes, que otra cosa debería suceder, basados en nuestros propios deseos. Si dejamos de hacer esto, experimentaremos alegría.
Junto con el valor, la conciencia y la alegría, necesitamos el amor y compasión a fin de trabajar con nuestra depresión. En el budismo, el amor y la compasión están emparentados con la forma en que nos vemos a nosotros mismos y a los demás. Cuando estamos deprimidos, no nos sentimos dignos de recibir amor, ni mucho menos de dar amor.
Nosotros no nos sentimos dignos de recibir el regalo de la compasión de los demás, y mucho menos capaces de dar el regalo de la compasión. Pero a través de la práctica de meditación en el amor y la compasión –llamada “entrenamiento de la mente” en el budismo- comenzamos a darnos cuenta de que tenemos algo que dar y que podemos hacerlo. Cuando ese sentimiento regresa, nos sentimos más conectados con los otros seres.
El regalo del amor o la compasión es el acto de darse a sí mismo. No tenemos que recibir algo a cambio al dar estos valiosos regalos. La simple existencia de los demás es lo que los hace a ellos dignos, porque sin los demás estaríamos solitarios, solos, seríamos seres incompletos y miserables. La riqueza de la vida sería mucho menos abundante si otros seres no formaran parte de nuestro mundo. En las enseñanzas encontramos que las personas que nos causan dificultades nos ayudan a crecer si somos capaces de tratar con ellos de manera apropiada.
Al practicar amor y compasión, junto con valor, conciencia y alegría mantenemos en la raya, lo que Winston Churchill llamó “su perro negro”. Esto no significa que nos desprenderemos de nuestra depresión de un día para otro, pero tampoco tenemos que hacerlo.
Los efectos negativos de la depresión disminuirán gradualmente y nuestra habilidad para hacer uso de la depresión en un estilo constructivo se incrementará. Si somos capaces de meditar y aprender a desarrollar valor, conciencia, alegría, amor y compasión, creceremos y la depresión se disipará. No tenemos que desprendernos de ella, la depresión se desgastará por si misma. Esto es importante. Si usted piensa en la depresión como enemigo y trata de conquistarla o vencerla, al menos desde el punto de vista budista, más le vale darse por vencido. Nuestra tarea en la meditación no es hacer eso, sino aprender las habilidades necesarias para tratar con cualquier cosa que estemos experimentando.