La renuncia
Autora: sin identificar
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Desde que encontré el dharma por primera vez, he llegado a la conclusión de que mis relaciones personales más íntimas -con mi esposo, con mis padres, mis hijos- han sido los más poderosos maestros. Mi experiencia es que las relaciones, no las palabras, constituyen la base del camino budista.
El Buda emprendió solo su propia búsqueda espiritual, habiendo abandonado a su familia y dejado atrás su mundo familiar. Se despojó de las trampas de la riqueza y los privilegios y siguió como un ser cualquiera, no como un príncipe con sus súbditos.
Habiendo escapado del capullo protector de la vida en la corte, el Buda reemplazó su viejo estilo de vida con uno nuevo, el del yogui vagabundo. Inició un período de estudio intensivo y rigurosa práctica, trabajando con una variedad de destacados maestros.
Al final, una vez completados sus estudios, el Buda se reconectó con su familia y sus amigos y estableció relaciones con muchas personas a través de la región, ambos, hombres y mujeres, poderosos y débiles, de todas las castas y clases. Había descubierto un camino intermedio, libre de apegos a identidades mundanas o espirituales, y desde esta apertura fundamental, enseñó y llegó a toda clase de gente a lo largo de su vida.
Escuché a Trungpa Rimpoché decir: “En cualquier enfoque no teísta de la práctica espiritual, para comenzar, usted tiene que renunciar a su vida familiar. Usted debe ir a un desierto, o a un monasterio, a una abadía o un convento. Usted tiene que ir a toda clase de lugares. Eso sugiere renunciar a su casa, renunciar a sus figuras paternales. Ese es el primer paso en el enfoque no teísta”.
Pero este paso de abandonar la casa y renunciar a las figuras paternales no significa rechazar a sus padres o evitar las relaciones. Abandonar la casa no significa simplemente reemplazar una casa por otra, o a un grupo de viejos amigos por unos nuevos. Es más bien acerca de abandonar nuestros apegos habituales y expectativas.
Muchas de nuestras relaciones están llenas de expectativas, deseos, temores ocultos y cantidad de asuntos que asumimos y no llegamos a aclarar.
Las posibilidades son infinitas.
Algunos de nosotros deseamos que nos cuiden; pareciera que estuviésemos en una continua búsqueda del padre perfecto. Queremos tener el control, andamos tras aquellos que podemos manejar. Algunos de nosotros nos sentimos vacíos, buscamos llenarnos de amigos para curar nuestra soledad, no queremos ser molestados ni complicarnos, queremos que nos dejen tranquilos. Quizás hemos sido heridos, de modo que no queremos involucrarnos y permitir que nos vuelvan a herir de nuevo.
A fin de poder aflojar el amarre a tales patrones, primero necesitamos verlos con claridad. Sucede que, al relacionarnos con un maestro, tratamos una estratagema tras otra con la esperanza de que algo de resultado. Pero encontramos que nada funciona, que una genuina relación no tiene que ver con estrategia ni con tratar de que algo suceda, ni con obtener aprobación o evitar la desaprobación.
Relacionarse con un maestro es algo provocativo porque expone nuestros propios patrones neuróticos y nos los devuelve cual espejo.
Usualmente, si dos personas se están relacionando ambos están contribuyendo con sus propias proyecciones y distorsiones y es muy difícil ver a través de eso pero cuando usted se relaciona con un maestro, sus propias distorsiones resaltan con gran claridad.
El maestro representa la apertura, la libertad y la sanidad como opuesto a la tendencia a protegernos a nosotros mismos, al temor y la fijación. Como tal, el maestro sirve para resaltar el contraste entre las relaciones amorosas comunes que nos entrampan y el amor que nos hace despojarnos de nosotros mismos en el camino al despertar.
Al abandonar nuestras proyecciones e ideas preconcebidas, nos encontramos en relaciones que son abiertas e inatrapables. Esto puede sentirse increíblemente fresco, increíblemente intimidante, o ambos a la vez. Se derrumba cualquier noción de que la relación deber ser de determinada manera según nuestros deseos, en lugar de ser como es.
Lo que queda es crudo y directo. Nos quedamos con nuestro corazón expuesto y ningún lugar en particular dónde ir. Hay muy poco a que aferrarse, ni una sólida sensación de quiénes somos ni de quién es la otra persona. No hay nada que tratar de averiguar.
Esta apertura es la casa a la que regresamos, y desde este campo abierto podemos ver a la gente y apreciarlos de una nueva manera.
El camino de abandonar la casa y examinar nuestros patrones, abandonarlos y regresar a un campo abierto es la mejor forma de relacionarnos con los demás, una que no involucra sufrimiento.
Sin embargo, a través de la relación maestro discípulo he descubierto que bajo cualquier relación está presente la experiencia de la apertura libre de apego y aversión, donde tales cuestionamientos son irrelevantes.