EL PODER DE LA PRÁCTICA DE VISUALIZACIÓN PARA TRASCENDER EGO Y PACIFICAR OBSTÁCULOS

El poder de la práctica de visualización

para trascender el ego y pacificar obstáculos

Eric Holm 

Traducción y edición: María Mercedes Márquez

Caracas, septiembre, 2008

Las enseñanzas del Buda son renombradas por sus efectivos métodos de entrenamiento meditativo. En el budismo vajrayana, muchos de estos métodos se basan en la visualización de formas de arquetípica sabiduría, comúnmente llamadas, deidades. Lejos de ser una degeneración del budismo como algunos observadores occidentales han pensado, las prácticas de visualización proceden de una perspectiva muy profunda, ya que, durante más de mil años, para generaciones de practicantes, tales prácticas han sido determinantes en la trascendencia del problema básico del ego, de las fijaciones emocionales y las rígidas percepciones.

Para aquellos que no están familiarizados con estas aparentemente extrañas prácticas, pudiesen surgir muchas preguntas: ¿De dónde vienen estas deidades? ¿Son seres, o formas simbólicas? ¿Cómo es que estas imágenes expresan inspiración y entrenamiento espiritual? Si la más elevada realización en el budismo es la vacuidad sin forma ¿de qué sirven entonces estas imágenes? ¿En qué difieren estas prácticas de la adoración de deidades en las tradiciones espirituales teístas?

La mente trabaja en símbolos

De hecho, la visualización no es algo ajeno a nosotros. Nuestra mente trabaja en imágenes y símbolos todo el tiempo. Muchas de nuestras diurnas ensoñaciones y memorias, inclusive nuestros pensamientos más fugaces surgen como imágenes. Nuestras aspiraciones interiores e ideales, así como nuestros pensamientos de figuras de autoridad, amantes y adversarios, todos puede que surjan en imágenes.

Sin embargo, existen importantes diferencias entre el proceso de visualización que se lleva a cabo en nuestros pensamientos habituales y la utilización de la visualización en la meditación. Primero que todo, a menos que nos hayamos entrenado a nosotros mismos en trabajar con nuestros pensamientos, nuestras visualizaciones corrientes, con su cantidad de asociaciones y transferencias, éstos serán mayormente involuntarios. 

De hecho, estas imágenes son el mismísimo médium de nuestro tormento emocional y confusas proyecciones. Segundo, la carga emocional asociada con estas imágenes por lo general no fluye libremente. Esta tiende a fijarse a uno u otro patrón emocional tales como deseo, depresión, celos o ansiedad.

Finalmente, por lo general no estamos concientes de que estas visualizaciones son nuestros propios pensamientos o proyecciones mentales.  Puede que no reconozcamos como es que nuestra imaginería subconsciente se mezcla con nuestras percepciones del momento para colorear la forma como vemos el mundo.  Así que en muchos casos la producción de imágenes de nuestra mente es una fuente de confusión y enredo en lugar de una fuente de apertura y claridad.

Lo que hace el vajrayana es explotar esta actividad de producción de imágenes de nuestra mente que ya se está llevando a cabo, y la convierte en un método efectivo. Debemos estar claros que los arquetipos de sabiduría visualizados en el vajrayana no son seres que existen exteriormente en la forma en que las tradiciones teístas presentan frecuentemente a las deidades.  Más bien, estas son manifestaciones simbólicas de la naturaleza búdica, del potencial para el despertar inherente en cada ser viviente.

Fijación y aferramiento: la creación de yo y otro

En la perspectiva budista, la raíz de toda negatividad tiene dos aspectos: por una parte, nuestra ignorancia respecto a la verdadera naturaleza de la vida, de la conciencia y el universo, y por otra, nuestros intentos por asir y solidificar aquello que es por naturaleza eternamente cambiante e inasible.

La base original del ser es vasta apertura e inteligencia básica espontáneamente presente, radiante.  Esto se refleja en la naturaleza búdica dentro de la corriente mental de cada ser viviente.  Ignorancia de esta luminosidad intrínseca y temor de su ilimitada apertura, resultan en un proceso de reducir, obscurecer y distorsionar la inteligencia básica.  Lo que resulta es la mente-cuerpo-y-mundo dualista con el que estamos familiarizados.

Este proceso, llamado “aferramiento al ego”, tiene también dos aspectos.  El primero es el asir y centralizar la experiencia alrededor del instintivo “Yo, mi y mío”.  El segundo lo constituye la constante fijación o la tendencia a dar por ciertos, significados solidificados y percepciones congeladas del universo. Aún cuando son descritos como dos aspectos, la creación de un ser y su ubicación en un universo congelado, son dos lados de una misma moneda.

La naturaleza búdica en nosotros representa un potencial tremendamente creativo, sin embargo, nuestro ser habitual está cegado y distorsionado por el proceso del ego del asir y fijar.  Esto resulta en una continua recreación de nuestro confuso ser, cargado de miedo, limitaciones y emociones conflictivas.

La naturaleza búdica: la base, el camino y el resultado

El término “naturaleza búdica” hace referencia a nuestra propia sabiduría y compasión innatas. Con frecuencia, nuestra naturaleza búdica emerge espontáneamente en actos de bondad, coraje y cuestionamientos, mientras que, en otros momentos, es oscurecida por nuestro aferramiento a pequeñas identidades, seguridades imaginarias, y fijaciones emocionales.

La naturaleza búdica también se manifiesta como una insatisfacción básica, como la búsqueda de profundo significado en la vida.  Esto es la naturaleza búdica manifestándose como la base, el potencial innato en cada uno, realizados o no.

También podemos hablar de naturaleza búdica como el camino. Como resultado del entrenamiento meditativo, de una forma constructiva de abordar la vida y de buena guía espiritual, comenzamos a aflojar nuestros pensamientos obsesivos y pequeñas identidades.

Experimentamos mayor apertura hacia nosotros mismos y el mundo. Esto proviene de aflojar una y otra vez los pensamientos egocéntricos y nuestras habituales historietas. Más bien, nos ubicamos en un genuino sentido de ser, en nuestra naturaleza búdica, la cual se dice que está compuesta de apertura, compasión e interiorización. Esta es nuestra verdadera naturaleza, por así decirlo.

Finalmente, está la naturaleza búdica como resultado, el estado de ser de aquellos que están totalmente realizados. Esto se manifiesta como las tres kayas, o cuerpos, del estado despierto. Estos son, el dharmakaya, sambhogakaya y nirmanakaya.

El dharmakaya, o “cuerpo de la naturaleza del dharma”, es el ser completamente liberado en el estado despierto.  Está más allá de la forma, más allá de la experiencia, más allá del tiempo relativo y del espacio.  Es el potencial creativo dentro y detrás de todo.

El sambhogakaya, o “cuerpo de completo gozo”, hace referencia a la incesante, espontánea emanación de compasión, la cual anhela liberar a todos los seres que viven en una conciencia aprisionada, temerosa y dualista.

Finalmente, a través del nirmanakaya, o “cuerpo de emanación”, el dharmakaya y el sambhogakaya son de hecho personificados, por ejemplo, en la presencia física de un maestro realizado o en la forma de los arquetipos de sabiduría.

La práctica vajrayana

En la perspectiva vajrayana, nuestra vida se levanta sobre un terreno que tiene dos aspectos: el terreno de nuestro confuso ser y también todo lo que lo constituye este tierno aspecto inquisitivo de la naturaleza búdica, que es algo muy poderoso, así que, en común con todas las tradiciones budistas, el vajrayana toma nuestro confuso ser sobre el camino, como algo que refinar y purificar, como algo que sacar a flote y reconocer. 

Las deidades de sabiduría que son visualizadas manifiestan la fuerza iluminadora de la naturaleza búdica que está presente en cada ser, y siendo así, nosotros aportamos al camino la sabiduría del resultado.

Cuando hacemos referencia a las deidades de sabiduría como simbólicas, no estamos diciendo que éstas son “meros símbolos”. Ellas son imágenes dinámicas que revelan la sabiduría, la compasión y la potencia de la naturaleza búdica, que las llena, de poder, son símbolos de un estado de ser que combina profunda conciencia despierta de cómo es que de hecho son las cosas, con el poder activo y el poder transformador de esa conciencia despierta.

Tal y como el Sutra del Corazón lo expone: “Forma no es otra cosa que vacuidad; vacuidad no es otra cosa que forma”. Las deidades Vajrayana expresan esta inseparabilidad de la vacuidad y su dinámica actividad.

Pero ¿cómo es que de hecho tales imágenes iluminan la interiorización de la vacuidad-forma en nuestras mentes, en vez de ser simplemente otra proyección mental o alguna fantasía neurótica?  Esta es una pregunta crucial que va directo al corazón de lo que trata la práctica de la visualización. La respuesta tiene dos aspectos: primero, las prácticas funcionan en esta forma porque están llenas de poder gracias a la transmisión directa del maestro, quien representa un linaje vivo de realizaciones.

Segundo, su efectividad depende de un entrenamiento preparatorio apropiado del estudiante-practicante. Algunas veces, las visualizaciones son dadas a estudiantes principiantes como objetos para alcanzar estabilización mental, y esto es enteramente válido. 

Sin embargo, como un todo, la visualización de deidades de sabiduría es una práctica avanzada que necesita ser comprendida en el contexto  del entrenamiento meditativo budista en general.

El desarrollo de la atención vigilante y la estabilidad

Para entender la práctica de la visualización, debemos comprender algo acerca de las etapas graduales de meditación. Solamente en esta forma podemos entender el estado mental de dónde surge el arquetipo de sabiduría de la meditación. En el dharma, nuestro recorrido meditativo comienza con domar  y pacificar la mente. El elemento crucial en esto es la atención vigilante.

Aún cuando las disciplinas ordinarias de la vida nos aportan un cierto foco mental, el paisaje interior de nuestra mente con frecuencia pasa desapercibido. Al mantener nuestra atención en nuestra respiración o cualquier otro objeto simple de focalización, nuestra mente se vuelve más precisa y nos damos cuenta del flujo de la actividad mental.  En la meditación que despierta la atención vigilante, nosotros nos damos cuenta de los pensamientos, de las emociones, de las proyecciones, esperanzas y temores que surgen y se disuelven en nuestra mente, sin juzgar ninguno de ellos como bueno o malo.

Por lo tanto, en el budismo, nuestra tarea inicial es la de reconocer nuestros pensamientos como simples pensamientos en lugar de realidades fundamentales, y hacernos amigos de la indómita cacofonía de fuerzas que constituye nuestro mundo interior.  Aceptamos todo tal cual surge, y lo dejamos ir. 

Acomodar este caos interior se convierte en una herramienta para domarlo.  Mantenernos en nuestro objeto de focalización y reconocer nuestras repetidas distracciones nos sirve para interrumpir el tren obsesivo de pensamientos y pre-ocupaciones, de modo que, con el tiempo, nosotros desarrollamos algo de paz interior y estabilidad.

El desarrollo de la compasión

El dharma del Buda, al igual que la mayoría de las tradiciones espirituales, hace énfasis en la importancia de la empatía y la compasión. Está el sufrimiento obvio de los seres en situaciones extremas, tales como los refugiados de guerras civiles, y cualquiera que sufra de pérdida, aflicción, enfermedades o pobreza. 

Sin embargo, una lucha y un nivel de sufrimiento más sutiles están presentes en toda nuestra vida, incluso entre gente que se encuentra en lo que podríamos llamar circunstancias afortunadas. La vida nos brinda constantes retos, ansiedades y decepciones, y el sufrimiento que nosotros experimentamos en nuestra propia vida puede reducir nuestra arrogancia e incrementar nuestra empatía. 

Así que la compasión surge, primero que todo, a partir de nuestras propias experiencias de sufrimiento y nuestra conciencia de las dificultades de los demás. En una segunda forma, la compasión surge de nuestra gratitud y afecto hacia aquellos cercanos a nosotros –nuestros padres, guías, amigos e hijos. 

Comenzando con este instinto universal de compasión, después podemos emprender en forma deliberada la meditación sobre la bondad amorosa y la gentileza, la cual remueve las actitudes posesivas y expande nuestra compasión más universalmente.

Tercero, la compasión surge como una cualidad inherente de la conciencia despierta.  Como tal, manifiesta calidez y comunicación hacia todos los seres y todas las cosas, sin historia, sin memoria, sin causa o razón.  Esta compasión ilimitada es un aspecto de las deidades vajrayana.

La conexión con un maestro espiritual

Fundamentalmente, nuestro desarrollo espiritual es nuestra propia responsabilidad. Sin embargo, establecer relación con un auténtico maestro(a) que represente un linaje de instrucción espiritual, aporta una ayuda ilimitada. Tal maestro(a) ha tenido que involucrarse en mucho entrenamiento y está conciente de las muchas desviaciones y calles ciegas en las cuales los practicantes espirituales se pueden meter, así como también las diversas formas en que ellos pueden resistir el proceso de despertar.

Un maestro(a) competente sabrá cómo instruir a los aspirantes etapa por etapa, según sus capacidades.  Pero la inspiración de tal maestro(a) va más allá de la guía y la instrucción. Un maestro(a) evolucionado también manifiesta un estado iluminado de ser y la atmósfera de una mente muy abierta, de compasión, desvelo y rectitud alrededor de tal maestro(a) es algo muy inspirador.

El ejemplo del maestro(a) no es un simple carisma en el sentido ordinario; es autenticidad de ser. De la presencia de tal persona, uno gana confianza en que el estado despierto no es simplemente un mito del pasado. 

Es real y puede ser realizado por la gente de la presente generación. Esto aporta confianza, un vistazo más profundo dentro de la naturaleza de nuestra mente, y una sensación de admiración, respeto y devoción.

La devoción en el vajrayana surge de la confianza en el dharma, agradecimiento por los beneficios que uno ha recibido y anhelo de realizar nuestra verdadera naturaleza, la cual es inseparable de la realización del maestro(a). 

Algunas veces la devoción es malinterpretada como el colocarse a sí mismo en una posición dependiente y tener al maestro(a) como una sabia figura paterna (o materna).  No hay duda de que la sabiduría y la visión en cuanto a asuntos espirituales del maestro(a), están más allá que los nuestros. 

Sin embargo, asumir esa posición de dependencia es un obstáculo que no tiene ningún valor para el desarrollo.  Ya sea en la propuesta budista básica de la liberación individual, en el camino de la acción compasiva del bodhisattva, o en la disciplina vajrayana, en lo que se insiste es en la confianza en nuestro propio potencial inherente, confianza en nuestra propia interiorización, y una valiente, inclusive heroica, actitud. 

Al mismo tiempo, la devoción a un auténtico maestro(a) permite a los estudiantes abrirse a sus temores y neurosis más elementales, y también descubrir su inmenso potencial. Es a través del ver con claridad y aceptar nuestro aferramiento egoísta, que podemos aprender a transformar la confusión en sabiduría. El ngondro, o las prácticas fundamentales del Vajrayana, ayudan a que este proceso de renuncia, de entrega, esté profundamente cimentado y sea verdadero.

Cambio de lealtad

El desarrollo de la conciencia despierta, de la compasión, y la relación con un genuino maestro(a) aporta un cierto cambio de lealtad en el practicante.  Comenzamos a darnos cuenta de que nuestras agresividades habituales, rechazos, indulgencias, celos, arrogancia, calumnias y muchos otros, constituyen la fuente de tan sólo confusión y sufrimiento. 

Gradualmente perdemos la fe en estas estrategias habituales. En ambos, tanto en nuestra mente como en nuestro comportamiento, comenzamos a cambiar nuestra lealtad hacia una forma mucho más saludable de ver y abordar las situaciones. Este cambio de lealtad es afilado por unas cuantas interiorizaciones adicionales.

Primero, comenzamos a darnos cuenta de que la vida humana tiene una preciada tarea, la cual consiste en abrirnos a las bases espirituales de la existencia.  Nuestra propia inquietud existencial, así como también nuestro encuentro con maestros realizados nos lo confirman.

Segundo, nos damos cuenta de que nuestra vida es impermanente, que sus condiciones están cambiando constantemente.  La vida es impredecible. Sin embargo, es cierto que eventualmente tendremos que dejar atrás esta vida y este cuerpo.  Al momento de la muerte, nuestro único recurso será el patrón de sentido común, de sensatez, de sanidad mental y apertura que hayamos desarrollado. 

Esta realización de la impermanencia pudiese acarrear cierto elemento de pánico y de ausencia de piso. Nos damos cuenta de que aún cuando existen seguridades temporales, nada en esta vida puede aportarnos la seguridad ulterior que tanto anhelamos. Todo esto trae consigo una cierta inmediatez y urgencia a nuestro camino. Más aún, podemos ver que mucha gente lleva la vida en una forma que está llamada a ser decepcionante a largo plazo.  No estando en sintonía con nuestra profunda naturaleza, sufrimos de vacío espiritual, y no importa cuántas diversiones busquemos, ese vacío permanece. 

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