¿Por qué meditar?
Matthieu Ricard
Enseñanzas inspiradas en su libro Why meditate.
Traducción, edición y Comentarios: María Mercedes Márquez
Enero, 2011
C. Las razones por las que los seres humanos se aproximan a la meditación son tan diversas como los seres mismos. Algunos llegan buscando tranquilidad interior, otros porque desean aprender cómo poder ayudarse a lidiar con sus emociones conflictivas, muchos porque han escuchado que relaja la tensión física y mental y disminuye el estrés cotidiano, algunos porque su médico se los ha recomendado como ayuda para recuperar el apetito, para bajar la tensión arterial, para dormir mejor…,en fin, son muy diversas las causas “aparentes” por las que llegamos al encuentro con la meditación.
Pero lo que queremos destacar en este momento no es tan sólo algo que pudiese ir dirigido a los que acaban de incorporarse sino por el contrario, a todos, incluso, a los que tienen tiempo practicando. La pregunta de por qué meditar debemos estar en capacidad de respondérnosla clara y honestamente a diario.
Se dice que si nuestra motivación al hacer algo es pequeña, nuestros logros también serán limitados. Que si nuestra motivación es amplia y generosa, nuestros logros serán inmensos.
Si meditamos pensando solamente en nuestro propio beneficio y bienestar, quizás logremos algo de eso, pero si abordamos la meditación con la intensión de que este beneficio del que vamos a disfrutar pueda contribuir a que nosotros lleguemos a estar en posibilidad de ayudar a otros a liberarse de sus sufrimientos, entonces, es muy probable que tengamos mucho éxito en nuestro camino.
La enseñanza de esta noche gira alrededor del tema de la meditación y nos brinda la posibilidad de verla y vernos a nosotros mismos en relación a ella desde muy diversos ángulos. Fue impartida por el lama de nacionalidad francesa Matthieu Ricard, personaje ya conocido mundialmente, alguien con muchos años de estudios, preparación tradicional dentro del linaje gelugpa y varios retiros en soledad; discípulo e intérprete de Su Santidad el Dalai Lama desde hace muchos años y escritor de gran éxito editorial.
Véase a usted mismo con honestidad, comienza diciendo Matthieu Ricard.
¿Dónde está usted en su vida?
¿Cuáles han sido sus prioridades hasta ahora y qué tiene pensado hacer con el tiempo que le queda?
Somos una mezcla de luz y sombra, de buenas cualidades y defectos. ¿Somos realmente lo mejor que podemos ser?
¿Debemos permanecer tal y como somos ahora?
De no ser así, ¿qué podemos hacer para mejorarnos? Estas son preguntas que bien vale la pena hacerse, particularmente si hemos llegado a la conclusión de que el cambio es tanto deseable como posible.
C. Matthieu Ricard habla inglés, el libro está escrito en inglés, así que no se trata de una traducción. El ha dicho “cambio”, y esto me ha hecho recordar una muy acertada observación de Pema Chodron que me señaló una diferencia tan sutil que no la había percibido hasta escucharla.
Quizás sea un asunto de semántica, de cómo nombramos las cosas, pero en todo caso, Pema Chodron dice que ella prefiere llamarle “transformación” en vez de “cambio”, porque cambio implica un cierto nivel de agresividad hacia nosotros mismos. Se traduce como que nos juzgamos y encontramos que hay algo en nosotros que no nos gusta y queremos ser diferentes, buscamos la forma de ser diferentes.
Como buena practicante budista, ella recomienda comenzar por la honesta mirada –así como lo ha hecho ahora Mathieu Ricard- luego seguir con la aceptación de lo que es, de las cosas como son, o al menos como las vemos actualmente, y a partir de esta aceptación de nuestra forma de ser, de nuestra personalidad, de nuestras tendencias habituales de comportamiento, proceder a “transformarlas”, con la ayuda de la meditación. Se dice que no podría existir la oscuridad si no existiera la luz, lo que significa que ya está dada en cada uno de nosotros la posibilidad de esa transformación que estamos emprendiendo al comenzar a meditar.
En nuestro mundo moderno, continúa diciendo Matthieu Ricard, nos consumimos de la mañana hasta la noche con incontables actividades. No nos queda mucho tiempo ni energía como para considerar las causas básicas de nuestra felicidad o sufrimiento. Imaginamos, de manera más o menos consciente, que si asumimos más actividades tendremos experiencias más intensas y por lo tanto nuestra sensación de insatisfacción se desvanecerá.
Pero la verdad es que muchos de nosotros continuamos sintiéndonos frustrados y deprimidos por nuestro estilo de vida contemporáneo. El propósito de la meditación es el de transformar la mente. No tiene que ser asociada con ninguna religión en particular. Cada uno de nosotros tiene una mente y cada uno de nosotros pueda trabajar en ella.
C. Creo recordar haber leído en alguna parte que principalmente a partir de la Era Industrial, el ser humano cometió una gran equivocación que cambió el curso de la historia. Comenzó a pensar que la mejor forma de aprovechar el tiempo era haciendo muchas cosas en el menor tiempo posible. Pero la vida no debemos vivirla en función de productividad –como si fuésemos unas máquinas porque no somos máquinas- sino en función de la calidad de lo que hacemos con esta vida humana que tenemos, es decir, tomando en cuenta tanto nuestro desarrollo espiritual, como físico e intelectual.
Matthieu Ricard dice que la verdadera pregunta no es si el cambio es deseable; la pregunta es si es posible cambiar. Algunas personas pudiesen pensar que no pueden cambiar porque sus emociones aflictivas están tan íntimamente asociadas con sus mentes que es imposible liberarse de ellas sin destruir parte de sí mismos.
Es cierto que en general el carácter de una persona no cambia mucho a través del curso de su vida. Si pudiésemos estudiar el mismo grupo de gente cada cierto tiempo, rara vez encontraríamos que las personas bravas se han vuelto pacientes, que las perturbadas han encontrado paz interior, o que los pretenciosos han aprendido humildad.
Pero tan raros como puedan parecer esos cambios, algunas personas sí cambian, lo que demuestra que el cambio es posible. El punto es que nuestros estilos negativos de carácter tienden a persistir si no hacemos nada por cambiar el estado de las cosas.
Ningún cambio ocurre si simplemente dejamos que nuestras tendencias habituales y patrones automáticos de pensamiento se perpetúen e incluso se refuercen a sí mismos, pensamiento tras pensamiento, día tras día, año tras año. Pero esas tendencias y patrones pueden ser retados. La agresividad, la codicia, los celos y otros venenos mentales son incuestionablemente parte de nosotros, ¿pero acaso son ellos aspectos intrínsecos, inalienables? No necesariamente.
Por ejemplo, un vaso de agua pudiese contener cianuro que pudiese matarnos inmediatamente.
Pero la misma agua pudiese más bien estar mezclada con medicina curativa. En ambos casos, H20, la fórmula química del agua misma, permanece sin cambiar; en sí misma, nunca ha sido ni venenosa ni medicinal.
Los diferentes estados del agua son temporales y dependen de circunstancias cambiantes. De igual modo, nuestras emociones, estado de ánimo y mal muestras de mal carácter son simplemente elementos temporales y circunstanciales de nuestra naturaleza.
Esta cualidad temporal y circunstancial se ve claramente cuando nos damos cuenta de que la principal cualidad de la consciencia es simplemente saber. Así como el agua en el ejemplo anterior, saber o darse cuenta no es ni malo ni bueno en sí mismo. Si miramos detrás de la corriente turbulenta de pensamientos y emociones, este aspecto fundamental de la consciencia siempre está allí.
La consciencia hace posible que podamos percibir fenómenos de todo tipo. El budismo describe esta cualidad cognitiva básica o fundamental como luminosa, porque ilumina tanto el mundo exterior a través de nuestras percepciones y el mundo interior de las sensaciones, emociones, razonamientos, memoria, esperanza y miedo.
Aun cuando esta facultad cognitiva subyace a cada evento mental, no es afectada por ninguno de ellos. Un rayo de luz puede brillar sobre un rostro desfigurado por la rabia o sobre una cara sonriente; puede brillar sobre una joya o sobre un montón de basura, pero la luz en sí misma no es ni mezquina ni amorosa; ni sucia ni limpia.
El entender que la naturaleza esencial de la consciencia es neutral nos deja ver que es posible cambiar nuestro universo mental. Nosotros podemos transformar el contenido de nuestros pensamientos y experiencias. El trasfondo neutral y luminoso de nuestra consciencia nos provee del espacio que necesitamos para observar los eventos mentales en lugar de estar a su servicio. Ya tenemos en nosotros el espacio que necesitamos para crear las condiciones necesarias para transformar estos eventos mentales.
No tenemos alternativa respecto a lo que ya tenemos, pero podemos aspirar a transformarnos a nosotros mismos. Tal aspiración le brinda a la mente una sensación de dirección, pero no es suficiente con simplemente desearlo. Debemos encontrar una forma de poner en práctica lo que deseamos hacer. No nos parece nada extraño pasar años aprendiendo a caminar, a leer y a escribir o adquirir habilidades profesionales.
Pasamos horas haciendo ejercicios físicos para que nuestros cuerpos estén en forma. Algunas veces invertimos gran cantidad de energía física pedaleando en una bicicleta fija.
Para llevar a cabo tales objetivos se requiere de un mínimo de interés o entusiasmo. Este interés viendo de creer que estos esfuerzos a la larga van a producir beneficios. Trabajar con la mente sigue la misma lógica.
¿Cómo puede cambiar sin el más mínimo esfuerzo, simplemente por desearlo? Eso no tiene más sentido que esperar aprender a tocar una sonata de Mozart simplemente dándole al piano de vez en cuando. Ponemos mucho esfuerzo en tratar de mejorar las condiciones externas de nuestras vidas, pero al final es siempre la mente la que crea nuestra experiencia del mundo y traduce esta experiencia en bienestar o sufrimiento.
Si transformamos nuestra forma de percibir las cosas, transformamos la calidad de nuestras vidas. Es esta clase de transformación la que nos aporta el entrenamiento mental conocido como meditación.
Meditación es una práctica que hace posible cultivar y desarrollar ciertas cualidades humanas básicas y positivas, de la misma manera como otras formas de entrenamiento hacen posible tocar un instrumento musical o adquirir cualquier otra habilidad.
Entre diversas palabras asiáticas que se traducen como “meditación” en inglés tenemos bhavana del sánscrito, la cual quiere decir “cultivar”, y su equivalente tibetano, gom, significa “familiarizarse”. La meditación nos ayuda a familiarizarnos con una forma clara y acertada de ver las cosas y a cultivar cualidades beneficiosas que permanecen dormidas en nosotros a menos que hagamos el esfuerzo por sacarlas a flote.
De modo que comencemos por preguntarnos a nosotros mismos ¿Qué es lo que realmente quiero de la vida? ¿Estoy contento con mantenerme simplemente improvisando día a día? ¿Voy a ignorar la vaga sensación de descontento que siempre siento en el fondo, cuando, al mismo tiempo, ando deseando bienestar y realización?
Nos hemos acostumbrado a pensar que nuestros conflictos son inevitables y que tenemos que aguantar los inconvenientes que nos han traído a lo largo de nuestras vidas. Damos por sentado nuestros propios aspectos disfuncionales, sin darnos cuenta de que es posible romper el círculo vicioso de los agotadores patrones de comportamiento.
Desde un punto de vista budista, el texto tradicional dice que cada ser tiene el potencial para la iluminación, que eso es tan cierto como que cada semilla de ajonjolí tiene aceite. A pesar de esto, para utilizar otra comparación tradicional, andamos por ahí confundidos como un pordiosero que es simultáneamente rico y pobre porque ignora que hay un tesoro enterrado bajo el piso de su rancho.
La meta del camino budista es llegar a poseer esta riqueza nuestra que hemos descuidado, la cual puede llenar nuestras vidas del más profundo significado. El objeto de la meditación es la mente. Por el momento, es simultáneamente confusa, agitada, rebelde y sujeta a innumerables patrones condicionados y automáticos.
El objetivo de la meditación no es cerrar la mente o anestesiarla, sino liberarla, volverla lúcida y equilibrada. De acuerdo al budismo, la mente no es una entidad sino más bien una corriente dinámica de experiencias, una sucesión de momentos de consciencia. Con frecuencia, estas experiencias están marcadas por la confusión y el sufrimiento, pero también podemos vivirlas en un estado espacioso de claridad y libertad interior.
Todos sabemos, -como nos lo recuerda el maestro tibetano contemporáneo Jigme Khyentse Rimpoche-, que “nosotros no necesitamos entrenar nuestras mentes para mejorar nuestra habilidad para ponernos bravos o sentirnos celosos. No necesitamos un acelerador de rabia o un amplificador de arrogancia.” Entrenar nuestras mentes es crucial si queremos refinar y afilar nuestra atención; desarrollar equilibrio emocional, paz interior, sabiduría y cultivar dedicarlo al beneficio de otros.
Tenemos en nosotros el potencial para desarrollar estas cualidades, pero estas no se desarrollarán por sí mismas o simplemente porque queremos que sea así. Ellas requieren de entrenamiento y todo entrenamiento requiere de perseverancia y entusiasmo.
Galileo descubrió los anillos de Saturno después de haber diseñado un telescopio suficientemente brillante y poderoso y haberlo colocado sobre un soporte estable. Su descubrimiento no habría sido posible si su instrumento hubiese sido inadecuado o si lo hubiese sostenido con una mano temblorosa.
De igual modo, si queremos observar los sutiles mecanismos de nuestro funcionamiento mental y tener un efecto sobre ellos, necesitamos absolutamente, refinar nuestros poderes para mirar hacia nuestro interior. A fin de hacer eso, nuestra atención debe ser altamente afilada de modo que se vuelva estable y clara.
Sólo entonces podremos observar cómo funciona la mente y percibe el mundo, y podremos entender la forma en la que los pensamientos se multiplican por asociación. Finalmente, podremos continuar refinando la percepción de la mente hasta llegar al punto donde podemos ver el más fundamental estado de nuestra consciencia, un estado perfectamente lúcido y despierto que siempre está presente, incluso en la ausencia de la cadena ordinaria de pensamientos.
Algunas veces, ciertos practicantes de meditación son acusados de estar demasiado enfocados en sí mismos, por regodearse en una introspección egocéntrica y dejar de interesarse en los demás. Pero no podemos ver como egoísta un proceso cuya meta es la de erradicar la obsesión del yo y cultivar el altruismo. Esto sería como culpabilizar a un futuro médico por pasar años estudiando medicina antes de comenzar a practicarla.
Hay varios clichés en circulación acerca de la meditación. Permítanme señalar inmediatamente que meditación no es un intento por crear una mente en blanco bloqueando los pensamientos –algo que de todos modos es imposible de hacer-.
Tampoco consiste en involucrar la mente en una cognición sin fin con el propósito de analizar el pasado o anticipar el futuro. Tampoco es un simple proceso de relajación en el cual los conflictos interiores son temporalmente suspendidos en un vago y amorfo estado de consciencia. No tiene sentido reposar en un estado de confusión interior.
Por supuesto que hay un elemento de relajación en la meditación, éste se encuentra conectado con el alivio que viene de aflojar o abandonar las esperanzas y los temores, con los apegos y los afanes del ego que nunca deja de alimentar nuestros conflictos internos.
La forma en la que lidiamos con los pensamientos en la meditación no es bloqueándolos ni alimentándolos indefinidamente, sino permitiendo que surjan y se disuelvan en ellos mismos de manera natural en el campo de la consciencia. De esta manera no toman nuestras mentes. Más allá de eso, la meditación consiste en cultivar formas de ser que no estén sujetas a los patrones habituales de pensamiento.
Por lo general comienza con análisis y luego continúa con contemplación y transformación interior. Ser libre es ser dueños de nosotros mismos. No es un asunto de hacer lo primero que nos venga a la mente, sino más bien de liberarnos de los condicionamientos y aflicciones que dominan y oscurecen nuestras mentes.
Es tratar de tomar nuestra vida en nuestras propias manos en lugar de abandonarla a las tendencias creadas por el hábito y la confusión mental. En lugar de soltar las amarras y simplemente permitir que el bote vaya a la deriva dondequiera que sople el viento, ser libre significa marcar curso hacia un destino seleccionado –el destino que sabemos es el más beneficioso para nosotros y para los demás.
La meditación no es, como algunas personas piensan, una forma de escapar de la realidad. Por el contrario, su objetivo es hacernos ver la realidad tal cual es, justo en el mero sitio de nuestra experiencia, desenmascarar las profundas causas de nuestro sufrimiento y dispersar la confusión mental.
Desarrollamos una clase de comprensión que surge a partir de una perspectiva más clara de la realidad. Para alcanzar esta comprensión, meditamos por ejemplo en la interdependencia de todo fenómeno, en su carácter transitorio y en la no existencia del ego que percibimos como una entidad sólida e independiente.
Las meditaciones en estos temas están basadas en la experiencia de generaciones de meditadores, quienes han dedicado sus vidas a observar los automáticos y mecánicos patrones de pensamiento y la naturaleza de la consciencia. Posteriormente ellos enseñaron métodos empíricos para desarrollar claridad mental, alerta, liberación interior, amor altruista y compasión.
Sin embargo, nosotros no podemos simplemente depender de sus palabras para liberarnos de sufrimiento. Debemos descubrir por nosotros mismos el valor de los métodos que estas sabias personas enseñaron y confirmar por nosotros mismos las conclusiones a las que ellos llegaron.
Esto no es un proceso puramente intelectual. Se necesita un largo estudio de nuestra propia experiencia para redescubrir sus respuestas e integrarlas en nosotros a niveles muy profundos. Este proceso requiere determinación, entusiasmo y perseverancia. Requiere de lo que Shantideva llamaba “la alegría de involucrarse en asuntos virtuosos.”
De modo que comenzamos observando y comprendiendo cómo se multiplican los pensamientos por asociación uno con otro y crean todo un mundo de emociones, de alegrías y sufrimiento. Luego penetramos la pantalla de pensamientos y atisbamos el componente fundamental de la consciencia: la facultad cognitiva primordial de la cual surgen todos los pensamientos.
Para llevar a cabo esta labor debemos comenzar por calmar nuestra mente turbulenta. Nuestra mente se comporta como un mono cautivo quien, en su agitación, se vuelve más y más enredado en sus propios comportamientos. De sus primeros pensamientos, surgen las emociones, y luego los estados de ánimo y comportamientos, y finalmente los hábitos y las tendencias del carácter.
Lo que surge espontáneamente no necesariamente produce buenos resultados, no más que el tirar semillas al viento produce buenas cosechas. De modo que tenemos que comportarnos como buenos agricultores quienes preparan sus campos antes de lanzar sus semillas.
Para nosotros, esto significa la labor más importante, lograr liberación a través de la maestría de nuestra mente.
Si consideramos que el beneficio potencial de la meditación es proporcionarnos una nueva experiencia del mundo cada momento de nuestras vidas, entonces no parece excesivo pasar al menos veinte minutos al día tratando de conocer mejor nuestra mente y entrenándola hacia esta clase de apertura.
La fruición de la meditación puede ser descrita como una forma óptima de ser, o como genuina felicidad. Esta verdadera y duradera felicidad es la profunda sensación de haber realizado todo el potencial de sabiduría y realización que tenemos en nosotros. Trabajar hacia esta clase de logro es una aventura que bien vale la pena emprender.
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