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Emociones destructivas

Sábado 27 de enero de 2021

Enseñanzas virtuales inspiradas en extractos del libro del Dr. Daniel Goleman titulado Emociones Destructivas

Traducción, edición y Comentarios: María Mercedes Márquez

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¡Tashi Delek queridos amigos y compañeros del dharma!

Bienvenidos todos a este nuevo curso que resume o sintetiza, parte del encuentro entre el Dalai Lama y un grupo de científicos en torno al tema de la comprensión y superación de las emociones destructivas.

1.

Sesión de meditación

Vamos a comenzar con una sesión de meditación.

Dejemos que la mente repose, tranquila durante unos minutos sin interferencia por nuestra parte. No tenemos que hacer nada. Sólo dejarla tranquila.

Nos sentamos cómodamente, enderezamos la columna y colocamos las manos sobre el regazo, con la palma de la mano izquierda volteada hacia arriba; luego, la mano derecha sobre la izquierda, también con la palma hacia arriba y la punta de ambos pulgares apenas tocándose.

Muy relajadas las manos, los brazos, los hombros.

Nos centramos en la intención de hacer la práctica lo mejor que podamos, regocijándonos en la sincera motivación de estar haciéndola para que esta contribuya tanto a nuestro beneficio como al beneficio de otros sin excepción.

Sesión de 20 minutos.   Sonar el cuenco al inicio y al final.

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2.

La ilusión de “yo”

Todas las emociones básicas están íntimamente asociadas a la noción de “yo”, comienza diciendo el Dalai Lama. Si imaginamos por un momento que nos acercamos a alguien y le decimos: “¿Sería usted tan amable de enfadarse?”, todos estaremos de acuerdo en que es muy probable que nadie acepte la invitación exceptuando tal vez a los actores consumados que sean capaces de imitar a voluntad el enfado durante un período de tiempo relativamente corto. 

Pero si, por el contrario, nos acercamos a alguien y le decimos: “Eres un sinvergüenza y un ser detestable”, es muy probable que no tarde en enojarse.  Esa diferencia se debe a que, en este último caso, hemos apuntado directamente al “yo”. 

De un modo u otro, todas las emociones parecen derivarse de la noción de “yo”, por lo que, si queremos trabajarlas, deberemos investigar esta noción en profundidad.

¿Acaso resiste el menor análisis como entidad verdaderamente existente?

El budismo posee un enfoque filosófico y práctico muy profundo para investigar lo ilusorio de “yo”, ese nombre que asignamos a una mera corriente o flujo que se halla en continua transformación. 

No podemos ubicar al “yo” en ningún lugar del cuerpo y tampoco podemos concluir que ocupe la totalidad de éste.  Tal vez pensemos que la conciencia sea “yo”, pero no debemos olvidar que ésta también es un flujo en continua transformación.  El pensamiento pasado ya se ha ido, y el futuro todavía no se ha presentado.

¿Cómo podría existir “yo” alguno a mitad de camino entre algo que ya se ha ido y algo que todavía no ha llegado?   Y, puesto que “yo” no puede ser identificado con la mente ni con el cuerpo ni con ambos conjuntamente ni tampoco como algo distinto de ellos, es evidente que no existe nada que pueda justificar la conclusión de que exista “yo” que, en suma, no es más que el nombre que asignamos a un flujo, como llamamos a un río Ganges o Mississippi. 

Eso es todo.

Pero, cuando nos aferramos a ese nombre, cuando pensamos que existe un bote en el río y consideramos la noción de “yo” como algo realmente existente que deba ser protegido y complacido, aparecen la atracción y la repulsión o rechazo y, con ellas, todos los problemas, las cinco emociones aflictivas, las veinte secundarias… y, a la postre, las ochenta y cuatro mil emociones.

3.

Los tres niveles de la conciencia

La siguiente pregunta que tendremos que hacernos es: ¿Son estas emociones negativas inherentes a la naturaleza básica de la mente? Para responder a esta pregunta, deberemos diferenciar muy claramente los tres niveles diferentes de conciencia de los que habla el budismo (burdo, sutil y muy sutil).

En el nivel burdo de conciencia –que se corresponde con el funcionamiento del cerebro y con la interacción entre el cuerpo y el entorno- tenemos toda clase de emociones. 

El nivel sutil, por su parte -que se corresponde con la noción de “yo” y con la facultad introspectiva con la que la mente examina su propia naturaleza-, se refiere también a la corriente mental que encierra las tendencias y las pautas habituales.

El nivel muy sutil constituye el aspecto más fundamental de la conciencia, la facultad cognitiva misma, la conciencia o cognición pura sin objeto particular en el que concentrarse.  Se trata obviamente de un nivel de conciencia que suele pasar inadvertido a menos que nos sometamos a un entrenamiento contemplativo.

Cuando hablamos de distintos niveles de conciencia, no estamos hablando de tres corrientes que discurran paralelamente, sino, más bien, de un océano que posee diferentes niveles de profundidad. 

En este sentido, las emociones tienen que ver con los niveles burdo y sutil, pero no afectan al nivel más sutil y pueden compararse a las olas en la superficie del océano, mientras que, por su parte, la naturaleza fundamental de la mente se hallaría representada por la profundidad del océano.

En ocasiones, el nivel muy sutil se denomina “luminoso”, aunque hay que señalar que con ello no se quiere decir que emita algún tipo de luz.  El adjetivo luminoso se refiere simplemente a la facultad básica de cobrar conciencia, sin teñido alguno de conceptos o emociones.  Cuando esta conciencia básica –a la que a veces se llama “naturaleza última de la mente”- se actualiza de manera plena y directa sin velo de ningún tipo, también se la considera la naturaleza de la budeidad.

4.

La liberación de las emociones destructivas

El siguiente paso consiste en determinar si podemos liberarnos por completo de las emociones destructivas. Digamos, para comenzar que tal cosa sólo es posible si las emociones negativas no son inherentes a la naturaleza última de la mente.  Si las emociones negativas como el odio fueran intrínsecas al aspecto más sutil de la mente, se hallarían presentes en todo momento, en cuyo caso descubriríamos, en la profundidad de la conciencia, el odio, el deseo, la envidia, el orgullo, etcétera.

Basta, sin embargo, con echar un vistazo a nuestra experiencia ordinaria para darnos cuenta de que las emociones negativas son intermitentes.  Por su parte, las personas adiestradas en la contemplación nos dicen que, en la medida en que van realizando los aspectos más profundos, fundamentales y luminosos de la conciencia, no encuentran ninguna emoción negativa en el nivel más sutil.  Parece pues, que se trata de un estado ajeno a todas las emociones negativas despojado de toda negatividad.

Aunque la inmensa mayoría de las personas experimente emociones negativas en diferentes momentos, ello no significa que tales emociones sean inherentes a la naturaleza de la mente. Por más que ocultemos, por ejemplo, cien piezas de oro en un rincón polvoriento y acaben cubriéndose de suciedad, su naturaleza seguirá siendo la misma. 

La experiencia contemplativa del budismo le lleva a afirmar que las emociones destructivas no están inmersas en la naturaleza básica de la conciencia, sino que surgen en función de condiciones, hábitos y tendencias muy diversas que se expresan en el ámbito más exterior de conciencia.

Esto abre la posibilidad de trabajar con esas emociones transitorias y con las tendencias que las alimentan.  Si las emociones destructivas fueran inherentes a la mente, no habría modo alguno de liberarse de ellas.  Sería como pretender blanquear un pedazo de carbón, una tarea completamente imposible por más que nos esforzásemos.  

Reconocer la posibilidad de liberarnos constituye el punto de partida del camino de la transformación interior.  Y es que uno siempre puede ir más allá de las nubes y descubrir que detrás de ellas, el cielo está despejado y siempre resplandece el sol.

Para descubrir si las emociones destructivas forman parte de la naturaleza esencial de la mente debemos examinarlas muy atentamente.  Consideremos, por ejemplo, el caso de la ira.  Un fuerte acceso de cólera parece irresistible e inevitable.  En tal situación somos impotentes para dejar de sentirnos furiosos, como si no tuviéramos más alternativa que experimentarlo.

Pero ello es así porque en realidad no observamos la naturaleza misma del enfado.  ¿Qué es el enfado? 

Cuando observamos en la distancia un gran nubarrón de verano, parece tan denso que nada pudiera atravesarlo, pero cuando nos adentramos en él no encontramos nada firma a lo que asirnos, salvo aire y vapor.  Y a pesar de todo ello, sin embargo, no deja de oscurecer la luz del sol. Lo mismo ocurre con el caso del enfado. 

El abordaje clásico de la práctica budista para que el meditador investigue directamente esa emoción consiste en preguntarse, si la ira es cómo un militar; cómo un fuego abrasador, o cómo una piedra pesada. ¿Lleva alguna arma en la mano? 

¿Podemos ubicarla en algún lugar, en el pecho, el corazón o en la cabeza?  ¿Tiene forma o color?  La experiencia demuestra que, cuanto más observamos la ira, más tiende a desaparecer de nuestra mirada, como la escarcha que se derrite al sol de la mañana.  Y es que cuando se la observa directamente, pierde toda su fuerza.

Entonces descubrimos que el enojo no es lo que en origen parecía, sino un agregado de eventos muy diferentes.  En el mismo núcleo de la ira, por ejemplo, existe una claridad y un resplandor que todavía no ha asumido un aspecto negativo.  Lo mismo podríamos decir con respecto a la faceta más profunda de todas las demás emociones destructivas.

Es así como vemos que las cualidades negativas de las emociones no son algo intrínseco a ellas.  El aferramiento asociado a las propias tendencias es el que provoca una reacción en cadena en la que el pensamiento inicial acaba convirtiéndose en ira, odio o animadversión.  Pero el enojo, en sí mismo, no es algo sólido, es decir, no es una cualidad que pertenezca a la naturaleza esencial de la mente.

5.

El antídoto universal

Este punto nos conduce directamente al modo de relacionarnos con las emociones negativas, no sólo a través de la observación, sino desde el punto de vista de la transformación interior

En la medida en que las emociones negativas se adueñan poco a poco de la mente, acaban transformándose en estados de ánimo, y a la postre, en rasgos temperamentales.  De allí que debamos comenzar trabajando con las emociones, algo que podemos hacer de modos y niveles diferentes, que bien podríamos subdividir en principiante, intermedio y avanzado.

El primer modo de evitar las consecuencias negativas de las emociones destructivas que aportan infelicidad tanto a los demás como a nosotros mismos consiste en la utilización de antídotos. 

Cada emoción posee su propio antídoto. Como anteriormente señalamos, no podemos experimentar al mismo tiempo amor y odio hacia el mismo objeto.  Por ello decimos que el amor es el antídoto directo del odio. 

Asimismo, uno puede contemplar los aspectos desagradables de un objeto de deseo compulsivo y tratar de hacer una valoración más objetiva.  En lo que respecta a la ignorancia o falta de discernimiento, debemos tratar de perfeccionar nuestra comprensión de lo que hay que conseguir y evitar.  En el caso de la envidia, uno debe tratar de alegrarse de las cualidades ajenas y en cuanto al orgullo, apreciar los logros de los demás, abrir los ojos a nuestros propios defectos y cultivar la humildad. 

Este proceso sugiere la existencia de tantos antídotos como emociones negativas.  En el siguiente paso –el nivel intermedio- debemos ver si existe un antídoto común a todas ellas.  Este antídoto sólo puede encontrarse en la meditación, en la investigación de la naturaleza última de las emociones negativas, en cuyo caso descubrimos que todas ellas carecen de solidez intrínseca, en perfecta consonancia con lo que el budismo denomina vacuidad.  No es que súbitamente se desvanezcan en la nada, sino que sólo se revelan más insubstanciales de lo que a simple vista parecían. Este proceso permite desarticular la aparente solidez de las emociones negativas. 

Este antídoto, la realización de su vacía naturaleza, actúa sobre todas las emociones ya que, aunque se manifiesten de formas muy diversas, todas ellas carecen de existencia independiente.

El último modo, que es también el más arriesgado, no consiste en neutralizar las emociones ni en descubrir su vacía naturaleza, sino en transformarlas y utilizarlas como catalizadores para sustraernos de su influencia.  Es como alguien que cae al mar y se sirve del agua para alcanzar a nado la orilla.

En ocasiones, estos métodos se comparan a las tres formas diferentes de tratar una planta venenosa.  Una alternativa consiste en arrancar cuidadosamente la planta, lo que se asemejaría al uso de antídotos.  La segunda opción sería la de echar agua hirviendo sobre la planta, lo que se compara con la meditación en la vacuidad. 

La tercera alternativa es la del pavo real, que según cuenta la tradición tibetana, es capaz de digerir la planta y alimentarse directamente del veneno.  Pero de ese modo no sólo no se envenena –como ocurre a los otros animales que pueden llegar incluso a morir- sino que acaba engalanando aún más su plumaje.  Esta tercera opción se corresponde con el uso y transformación de las emociones para fortalecer la propia práctica espiritual. 

Pero debemos advertir, sin embargo, que se trata de un método peligroso que sólo funciona con los pavos reales y que acarrea serios problemas a los demás animales. 

En los tres casos citados, el resultado es idéntico ya que nos conduce al mismo objetivo de zafarnos del dominio de las emociones negativas y de avanzar hacia la libertad.  Carece de todo sentido preguntarse cuál es el método más elevado de todos ellos, puesto que cuando uno tiene que abrir una puerta, poco importa que la llave sea de hierro, de plata o de oro.  Hablando en términos prácticos, el mejor de los métodos de transformación interior es el que mejor funciona para un determinado individuo y, en consecuencia, será el que esa persona deberá aplicar.

Recordemos, sin embargo, que el último método, por más tentador que pueda parecernos, es tan peligroso como pretender coger una joya de la parte superior de la cabeza de una serpiente. Y es que, si al tratar de usar las emociones como catalizadores uno no logra transformarlas, seguirá experimentándolas en su forma ordinaria y acabará todavía más esclavizado que antes.

6.

¿Antes, durante o después?

¿Cuándo debemos afrontarlas, después que aparezcan, en el mismo momento, o acaso antes de que lo hagan?

La primera forma de intervención, es decir, después de que hayan aparecido, se denomina el abordaje del principiante porque, hablando en términos generales, uno sólo se da cuenta de los aspectos negativos o destructivos de algunas emociones después de haberlos experimentado. 

En tal caso, utilizamos la razón para investigar sus consecuencias y ver, por ejemplo, que un súbito ataque de ira puede llevarnos a percibir a otra persona como alguien completamente negativo, lo que genera mucho sufrimiento en los demás y tampoco provoca nuestra felicidad. 

De este modo, podemos distinguir las emociones que aportan felicidad de las que ocasionan pesar.  Entonces tendremos claro que la próxima vez que se presenten esas emociones, será mejor no darles rienda suelta. Cuando uno ha logrado una cierta experiencia en esta práctica, el siguiente paso consiste en abordar las emociones en el mismo momento en que se presentan. 

En este caso, el asunto crucial consiste en liberarnos de la emoción en el mismo momento en que aparece en la mente, de modo que no desencadene una secuencia de pensamientos que nos obliguen a actuar y a dañar, por ejemplo, a los demás. 

Para ello deberemos contemplar fijamente el pensamiento que acaba de aparecer y trata de determinar -como decíamos antes- su forma, su color, su ubicación, etcétera, hasta poner de manifiesto la vacuidad que constituye su auténtica naturaleza. 

Este tipo de práctica permite que los pensamientos y las emociones vengan y vayan sin necesidad de que sigan generando un conjunto de pensamientos, como el pájaro que surca el cielo sin dejar estela alguna, o como el dibujo hecho en el agua que se desvanece en el mismo momento en que nuestro dedo acaba de esbozarlo.

Obviamente, esto exige una práctica sostenida, pero con el debido entrenamiento, acaba convirtiéndose en una respuesta perfectamente natural.  Recordemos que el término tibetano para referirse a la meditación significa “familiarización”.  Es así como, gracias a la práctica, uno acaba familiarizándose con el ir y venir de los pensamientos. 

Cuando uno ha desarrollado la suficiente destreza puede dar el último paso ya que, aún antes de que aparezca una emoción, estamos en condiciones de sustraernos a su poder esclavizante.  Este paso tiene que ver con el grado de realización del practicante, se trata de un estado de transformación en el que las emociones se despojan de su poder destructivo.

Veamos un ejemplo muy sencillo.  Si tenemos el estómago lleno de gases será difícil –y hasta doloroso- reprimirlos, pero tampoco parece lo más apropiado soltarlos en cualquier circunstancia.  Ni la represión ni su contrario constituyen, pues, una buena solución.

Por lo tanto, será mejor curar el problema de modo que no nos veamos atrapados en la disyuntiva de sufrir un dolor de estómago o de liberar un gas inoportuno.

Las emociones recuerdan un poco esa situación.  Con la práctica, llega un momento en el que la amabilidad acaba impregnando la mente del practicante y se convierte en una especie de segunda naturaleza, de modo que el odio desaparece de la corriente mental y resulta imposible dañar voluntariamente a nadie. 

Cuando el odio no se presenta, no hay nada que deba ser reprimido.  Ésta es una prueba del efecto de la práctica espiritual.

7.

La plenitud profunda

Tal vez alguien crea que de liberarse de todas las emociones se tornará tan torpe e insensible como un leño, pero eso es absolutamente falso.  La mente libre es transparente y cristalina.  El sabio que está por completo en paz y libre de las emociones destructivas tiene una gran sensibilidad y preocupación por la felicidad y el sufrimiento de los demás. 

Según se dice, la persona distraída y confusa no siente ni un pelo en la palma de su mano, pero el sabio, muy al contrario, tiene una extraordinaria sensibilidad y compasión que le permiten darse cuenta del sufrimiento ajeno y de la ley de causa y efecto.

Hay quienes creen que el hecho de no expresar las emociones podría provocar estados de ánimo poco saludables, pero las emociones pueden expresarse de muy diferentes maneras. 

La ira, por ejemplo, puede manifestarse sin la necesidad de irrumpir en un ataque de rabia e insultos, sino afrontándola de manera inteligente. 

Ciertamente no tenemos que reprimir las emociones, pero podemos encauzarlas de manera más adecuada e inteligente, utilizándolas para comprender la naturaleza de nuestra mente y observando cómo desaparecen por sí solas sin sembrar más semillas para su posterior reaparición.

Así es como se evitan, en primer lugar, las consecuencias dañinas del odio y a largo plazo, se dejan de sembrar las causas para su posterior reaparición.

¿Es posible desembarazarse completamente de las emociones negativas?  La respuesta a esta pregunta tiene que ver con la sabiduría y la libertad. 

Si consideramos que las emociones destructivas restringen nuestra libertad interior y obstaculizan nuestra capacidad de juicio, el hecho de liberarnos de ellas disminuirá su fuerza y nos permitirá disfrutar de una mayor libertad y felicidad.

Es importante que podamos distinguir lo que es placer y lo que es felicidad.  Desde nuestra perspectiva budista, la felicidad tiene que ver con una sensación profunda de plenitud que va acompañada de una sensación de paz y de un gran número de cualidades positivas como el altruismo, por ejemplo. 

El placer, por el contrario, depende del lugar, de las condiciones y del objeto de disfrute.  El placer está sujeto al cambio y es algo de lo que en ocasiones puede disfrutarse, mientras que en otras no. 

Tal vez, algo que resulta placentero en un determinado momento, termine, en otro, provocando la indiferencia y posteriormente, el desagrado y el sufrimiento.  Como la vela que desaparece al arder, el placer se agota en su mismo disfrute. 

La sensación profunda de plenitud, por el contrario, no depende del tiempo, la ubicación o de los objetos.  Es un estado mental que cuanto más se experimenta, más se desarrolla. 

Se trata de algo muy diferente al placer.  Lo que pretendemos al tratar de liberarnos de la influencia de las emociones destructivas es el tipo de estabilidad, claridad y satisfacción interna a la que nos referimos como felicidad.

Dedicación del mérito